NOTAS PARA EL RETIRO.
Curso 2018 - 2019
Estas son las notas para los retiros. Notas que hemos ido publicando a lo largo del curso pasado.
Son para poder ser usadas por cualquier persona o grupo en sus retiros.
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3 de septiembre de 2019
17 de mayo de 2019
Retiros, Retiros 18-19
La Iglesia, madre y maestra
NOTAS PARA EL RETIRO
Mayo 2019
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,25-27). La maternidad de María, no sólo sobre Jesús, sino sobre toda la Iglesia, ha sido reconocida por la misma invocando pasajes como el de la traditio en la crucifixión. Si Judas es modelo de una mala entrega del Señor, María es modelo de la entrega buena. Desde aquella hora, la entrega de Jesús a la Iglesia en María, se convierte en el principio de que aquella misma asuma la maternidad y la enseñanza propias de la mujer.
Sin duda que la contemplación de este pasaje atraviesa la pura temporalidad: en la entrega a la Iglesia de María como madre ya se anuncia la entrega de la Iglesia como madre a cada uno de nosotros. Su maternidad está en germen en esa entrega que manifiesta además cómo aprende el cristiano a seguir a su Señor: por medio de la cruz. En ningún otro sitio la enseñanza es tan honda y la maternidad tan viva como al pie de la cruz. Por eso, cuando el cristiano quiere entender su relación con la Iglesia, no puede hacerlo sin estas dos cualidades y sin esta condición: Así, nosotros podemos preguntarnos:
¿Me dejo enseñar junto a la cruz? ¿Acepto como enseñanza el misterio de la cruz del Señor? ¿Entiendo las enseñanzas de la Iglesia como una forma de vincularme con Cristo y con su madre, o dudo? ¿Recuerdo en las dificultades que el Señor “aprendió, siendo Hijo, a obedecer”?
Ya en el siglo II, encontramos un testimonio en Eusebio que se refiere a la Iglesia como “nuestra madre virginal”. Infinidad de testimonios se refieren así a María. En la liturgia hispánica encontramos un texto precioso que establece ese mismo paralelismo y que nos sirve para el retiro de hoy; en el prefacio de la misa de Navidad dice así: “María engendró la salvación de los pueblos, la Iglesia a los pueblos. Aquella llevó en su vientre a la vida, ésta el bautismo. En los miembros de aquella Cristo tomo carne, en las aguas de ésta nos revestimos de Cristo. Por aquella el que ya existía nació, por ésta el que se había perdido ha sido encontrado. En aquella el redentor de los pueblos recibió la vida, en ésta los pueblos reciben la vida. Por aquella vino el que iba a quitar los pecados, por ésta ha quitado los pecados por los que vino. Por aquella nos lloró, por ésta nos ha curado. En aquella se hizo niño, en ésta gigante. Allí hubo llanto, aquí triunfo. Por aquella se manifestó como criatura, por ésta ha subyugado a los reinos. A aquella le encantó la alegría del niño, a ésta la enamora la fidelidad del esposo”.
En ese juego de poner en paralelo a la Virgen María y a la Iglesia, encontramos suficientes comparaciones como para este retiro: la capacidad de engendrar por la acción de Dios en una y otra, por el vientre y la fuente bautismal, para la salvación. La maternidad de la Iglesia, por tanto, queda iluminada por la de María: ella ha engendrado al Salvador, la Iglesia nos lo da hoy y, por tanto, nos hace partícipes de su salvación. Esta salvación se realiza, además, por la encarnación del Hijo. La dinámica de la encarnación nos muestra la forma en la que nosotros, hoy, acogemos lo que Él hizo: Él se hizo pequeño, y se manifiesta su grandeza.
¿Cómo vivo mi ser en la Iglesia? ¿Contemplo la experiencia de Jesús y María para elegir su forma de servir, siempre como camino de abajamiento y humildad? ¿Vivo mis responsabilidades en la Iglesia con más motivo como causa de “hacerme pequeño”? ¿Me fío del cuidado que la Iglesia ejerce conmigo, como madre providente?
El cuidado de María es maternal porque ella da al Hijo de Dios todo lo necesario para nacer, para hacerse hombre, para propiciar una madurez humana; el cuidado de la Iglesia es maternal porque ella proporciona, no solamente la vida divina, sino también el don del Espíritu para crecer siempre por ese camino de santificación. Así, el prefacio, al recordar cómo Dios Padre ha adornado a María para ser Madre de Dios con todo tipo de virtudes, también advierte de estos dones de santificación que el mismo Cristo, el Esposo, ha dejado en la Iglesia, para que ella pueda ser considerada madre también por darlos a sus hijos, los cristianos: “El esposo, es decir Cristo, ha dado a su esposa, la Iglesia, el don las aguas vivas, para que se lavase en ellas una sola vez para agradarle. Le ha dado el óleo de júbilo, como oloroso ungüento de crisma con que ungirse. La ha llamado a sentarse a su mesa, la ha alimentado con flor de harina, la ha saciado con el vino agradable. La ha vestido con el manto de justicia, y con ropajes dorados por las diversas virtudes. Ha entregado su vida por ella, y el que ha de reinar vencedor le ha otorgado como dote los despojos de la muerte que asumió y a la que venció. Él mismo se ha dado a ella como alimento, bebida y vestido; le ha prometido que se le dará como reino eterno y le ha ofrecido como recompensa sentarla a su derecha como reina”.
Todo esto es un misterio a contemplar: a veces buscamos ir demasiado rápido a nuestra vida, sin pararnos primeros en el marco con el que Dios la ha preparado, y ese marco es un marco familiar, donde experimentar el calor de la maternidad y del magisterio, de ser cuidados con la palabra y el gesto en la liturgia, con la palabra y el criterio de la Tradición eclesial. En la Iglesia Cristo ha dejado todo lo necesario para que podamos vivir la vida en ella como camino de santidad. Ciertamente, no todo en ella es santidad, sino que la santidad se va haciendo en ella, de una forma misteriosa, pues en ella vemos cada día la debilidad de los hijos engendrados a la fe. Para poder valorar bien estas debilidades que nos vienen a la mente, que nos hieren el corazón, que nos ponen en duda lo mejor de nuestra casa, tenemos que tener presente el ámbito tan rico de amor y de dones que Cristo ha previsto:
¿Agradezco el cuidado de los sacramentos, el don del Espíritu como fruto pascual de la entrega amorosa de Cristo por mí? ¿Valoro cuándo la Iglesia administra con cuidado y rectitud, como hace una buena madre, los dones –sacramentales- que se le han entregado, o busco sólo mi propio beneficio? ¿Me dejo cuidar, me dejo formar, cuando el Señor busca tocar mi corazón por la fe de la Iglesia?
Ver cómo Cristo ha adornado a la Iglesia, como la ha preparado para mí, no debe dejar lugar a dudas, cuando las cosas se me hacen más difíciles, en medio de tremendas dudas o paradojas. A veces, cuanto más necesitamos el bien, más razones nos aparecen para dudar, cuanto más nos estamos esforzando por el crecimiento del Reino de Dios, en nuestro grupo, en nuestra parroquia... menos frutos captamos.
Entonces, en medio de la contradicción, la Iglesia tiene que aparecer desde su fundamento para serenarnos y vencer nuestras resistencias. Así, el Señor “ha concedido a la Iglesia cuanto había concedido a su Madre: ser fecunda, sin ser violada; dar a luz, permaneciendo intacta, a él una vez, a los demás siempre; recostarse como esposa en el tálamo de la belleza y multiplicar los hijos en el seno amoroso; ser prolífica por sus hijos sin haberse manchado por la concupiscencia”. Ciertamente, Dios provee, cuidad de nosotros, sus hijos, y lo hace por medio de nuestra madre, que es la Iglesia, madre con debilidades, pero con todo lo necesario para que podamos crecer en ella con confianza y alegría.
Dios concede a la Iglesia, en todas las circunstancias, lo que esta necesita. Y tenemos una garantía de que hace así: lo ha hecho en María. Todo lo que Dios ha dado a María era un anuncio de lo que iba a conceder a la Iglesia, de lo que iba a poner a nuestra disposición. Incluso cuando me cuesta verlo, cuando la debilidad del pecado oscurece el poder de Dios, la belleza en los dones con los que Dios ha revestido a María, está también adornando a la Madre Iglesia. Así, el mismo adorno hace de ella no sólo madre, sino también maestra, que nos enseña hasta dónde llega, y cómo, el poder de Dios. Por eso la Iglesia acoge siempre, porque en la debilidad encuentra el adorno bello de la acción divina, y recuerda las palabras del Señor: “Conmigo lo hicisteis”. El amor a la Iglesia, entonces, refleja el amor con el que Dios la ha preparado, y ayuda al creyente a dar un paso adelante en su relación con Dios, descubriendo la necesidad del agradecimiento para poder vivir en la Iglesia, para poder sentir con la Iglesia, para poder entregarse a la manera de la Iglesia... y de María.
¿Qué he recibido de la Iglesia? ¿Quién se ha entregado a mí, ha dispuesto para mí lo mejor que ha sabido, que ha podido, tantas veces? ¿Dónde he ido a encontrar, de la forma más insospechada, el consuelo y el alimento necesario en ella? ¿En qué situaciones me cuesta más creer, más hacerme fuerte en ella, y cómo venzo mis reticencias? ¿Pido el don de la fe y el de la caridad para aceptar sus debilidades, pero a la vez buscar cómo mejorarla, agradecido por todo lo que me da?
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- viernes, mayo 17, 2019
Mayo 2019
La Iglesia, madre y maestra
“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,25-27). La maternidad de María, no sólo sobre Jesús, sino sobre toda la Iglesia, ha sido reconocida por la misma invocando pasajes como el de la traditio en la crucifixión. Si Judas es modelo de una mala entrega del Señor, María es modelo de la entrega buena. Desde aquella hora, la entrega de Jesús a la Iglesia en María, se convierte en el principio de que aquella misma asuma la maternidad y la enseñanza propias de la mujer.
Sin duda que la contemplación de este pasaje atraviesa la pura temporalidad: en la entrega a la Iglesia de María como madre ya se anuncia la entrega de la Iglesia como madre a cada uno de nosotros. Su maternidad está en germen en esa entrega que manifiesta además cómo aprende el cristiano a seguir a su Señor: por medio de la cruz. En ningún otro sitio la enseñanza es tan honda y la maternidad tan viva como al pie de la cruz. Por eso, cuando el cristiano quiere entender su relación con la Iglesia, no puede hacerlo sin estas dos cualidades y sin esta condición: Así, nosotros podemos preguntarnos:
¿Me dejo enseñar junto a la cruz? ¿Acepto como enseñanza el misterio de la cruz del Señor? ¿Entiendo las enseñanzas de la Iglesia como una forma de vincularme con Cristo y con su madre, o dudo? ¿Recuerdo en las dificultades que el Señor “aprendió, siendo Hijo, a obedecer”?
Ya en el siglo II, encontramos un testimonio en Eusebio que se refiere a la Iglesia como “nuestra madre virginal”. Infinidad de testimonios se refieren así a María. En la liturgia hispánica encontramos un texto precioso que establece ese mismo paralelismo y que nos sirve para el retiro de hoy; en el prefacio de la misa de Navidad dice así: “María engendró la salvación de los pueblos, la Iglesia a los pueblos. Aquella llevó en su vientre a la vida, ésta el bautismo. En los miembros de aquella Cristo tomo carne, en las aguas de ésta nos revestimos de Cristo. Por aquella el que ya existía nació, por ésta el que se había perdido ha sido encontrado. En aquella el redentor de los pueblos recibió la vida, en ésta los pueblos reciben la vida. Por aquella vino el que iba a quitar los pecados, por ésta ha quitado los pecados por los que vino. Por aquella nos lloró, por ésta nos ha curado. En aquella se hizo niño, en ésta gigante. Allí hubo llanto, aquí triunfo. Por aquella se manifestó como criatura, por ésta ha subyugado a los reinos. A aquella le encantó la alegría del niño, a ésta la enamora la fidelidad del esposo”.
En ese juego de poner en paralelo a la Virgen María y a la Iglesia, encontramos suficientes comparaciones como para este retiro: la capacidad de engendrar por la acción de Dios en una y otra, por el vientre y la fuente bautismal, para la salvación. La maternidad de la Iglesia, por tanto, queda iluminada por la de María: ella ha engendrado al Salvador, la Iglesia nos lo da hoy y, por tanto, nos hace partícipes de su salvación. Esta salvación se realiza, además, por la encarnación del Hijo. La dinámica de la encarnación nos muestra la forma en la que nosotros, hoy, acogemos lo que Él hizo: Él se hizo pequeño, y se manifiesta su grandeza.
¿Cómo vivo mi ser en la Iglesia? ¿Contemplo la experiencia de Jesús y María para elegir su forma de servir, siempre como camino de abajamiento y humildad? ¿Vivo mis responsabilidades en la Iglesia con más motivo como causa de “hacerme pequeño”? ¿Me fío del cuidado que la Iglesia ejerce conmigo, como madre providente?
El cuidado de María es maternal porque ella da al Hijo de Dios todo lo necesario para nacer, para hacerse hombre, para propiciar una madurez humana; el cuidado de la Iglesia es maternal porque ella proporciona, no solamente la vida divina, sino también el don del Espíritu para crecer siempre por ese camino de santificación. Así, el prefacio, al recordar cómo Dios Padre ha adornado a María para ser Madre de Dios con todo tipo de virtudes, también advierte de estos dones de santificación que el mismo Cristo, el Esposo, ha dejado en la Iglesia, para que ella pueda ser considerada madre también por darlos a sus hijos, los cristianos: “El esposo, es decir Cristo, ha dado a su esposa, la Iglesia, el don las aguas vivas, para que se lavase en ellas una sola vez para agradarle. Le ha dado el óleo de júbilo, como oloroso ungüento de crisma con que ungirse. La ha llamado a sentarse a su mesa, la ha alimentado con flor de harina, la ha saciado con el vino agradable. La ha vestido con el manto de justicia, y con ropajes dorados por las diversas virtudes. Ha entregado su vida por ella, y el que ha de reinar vencedor le ha otorgado como dote los despojos de la muerte que asumió y a la que venció. Él mismo se ha dado a ella como alimento, bebida y vestido; le ha prometido que se le dará como reino eterno y le ha ofrecido como recompensa sentarla a su derecha como reina”.
Todo esto es un misterio a contemplar: a veces buscamos ir demasiado rápido a nuestra vida, sin pararnos primeros en el marco con el que Dios la ha preparado, y ese marco es un marco familiar, donde experimentar el calor de la maternidad y del magisterio, de ser cuidados con la palabra y el gesto en la liturgia, con la palabra y el criterio de la Tradición eclesial. En la Iglesia Cristo ha dejado todo lo necesario para que podamos vivir la vida en ella como camino de santidad. Ciertamente, no todo en ella es santidad, sino que la santidad se va haciendo en ella, de una forma misteriosa, pues en ella vemos cada día la debilidad de los hijos engendrados a la fe. Para poder valorar bien estas debilidades que nos vienen a la mente, que nos hieren el corazón, que nos ponen en duda lo mejor de nuestra casa, tenemos que tener presente el ámbito tan rico de amor y de dones que Cristo ha previsto:
¿Agradezco el cuidado de los sacramentos, el don del Espíritu como fruto pascual de la entrega amorosa de Cristo por mí? ¿Valoro cuándo la Iglesia administra con cuidado y rectitud, como hace una buena madre, los dones –sacramentales- que se le han entregado, o busco sólo mi propio beneficio? ¿Me dejo cuidar, me dejo formar, cuando el Señor busca tocar mi corazón por la fe de la Iglesia?
Ver cómo Cristo ha adornado a la Iglesia, como la ha preparado para mí, no debe dejar lugar a dudas, cuando las cosas se me hacen más difíciles, en medio de tremendas dudas o paradojas. A veces, cuanto más necesitamos el bien, más razones nos aparecen para dudar, cuanto más nos estamos esforzando por el crecimiento del Reino de Dios, en nuestro grupo, en nuestra parroquia... menos frutos captamos.
Entonces, en medio de la contradicción, la Iglesia tiene que aparecer desde su fundamento para serenarnos y vencer nuestras resistencias. Así, el Señor “ha concedido a la Iglesia cuanto había concedido a su Madre: ser fecunda, sin ser violada; dar a luz, permaneciendo intacta, a él una vez, a los demás siempre; recostarse como esposa en el tálamo de la belleza y multiplicar los hijos en el seno amoroso; ser prolífica por sus hijos sin haberse manchado por la concupiscencia”. Ciertamente, Dios provee, cuidad de nosotros, sus hijos, y lo hace por medio de nuestra madre, que es la Iglesia, madre con debilidades, pero con todo lo necesario para que podamos crecer en ella con confianza y alegría.
Dios concede a la Iglesia, en todas las circunstancias, lo que esta necesita. Y tenemos una garantía de que hace así: lo ha hecho en María. Todo lo que Dios ha dado a María era un anuncio de lo que iba a conceder a la Iglesia, de lo que iba a poner a nuestra disposición. Incluso cuando me cuesta verlo, cuando la debilidad del pecado oscurece el poder de Dios, la belleza en los dones con los que Dios ha revestido a María, está también adornando a la Madre Iglesia. Así, el mismo adorno hace de ella no sólo madre, sino también maestra, que nos enseña hasta dónde llega, y cómo, el poder de Dios. Por eso la Iglesia acoge siempre, porque en la debilidad encuentra el adorno bello de la acción divina, y recuerda las palabras del Señor: “Conmigo lo hicisteis”. El amor a la Iglesia, entonces, refleja el amor con el que Dios la ha preparado, y ayuda al creyente a dar un paso adelante en su relación con Dios, descubriendo la necesidad del agradecimiento para poder vivir en la Iglesia, para poder sentir con la Iglesia, para poder entregarse a la manera de la Iglesia... y de María.
¿Qué he recibido de la Iglesia? ¿Quién se ha entregado a mí, ha dispuesto para mí lo mejor que ha sabido, que ha podido, tantas veces? ¿Dónde he ido a encontrar, de la forma más insospechada, el consuelo y el alimento necesario en ella? ¿En qué situaciones me cuesta más creer, más hacerme fuerte en ella, y cómo venzo mis reticencias? ¿Pido el don de la fe y el de la caridad para aceptar sus debilidades, pero a la vez buscar cómo mejorarla, agradecido por todo lo que me da?
9 de abril de 2019
Retiros 18-19
Tentaciones con respecto a la Iglesia
NOTAS PARA EL RETIRO
Abril 2019
Henri de Lubac dedica un capítulo entero de su Meditación sobre la Iglesia, el octavo, a exponer una serie de actitudes que pueden hacer que el mismo cristiano encuentre dificultades cada vez mayores para seguir a Jesús en la Iglesia. Básicamente, ninguna de todas las que emplea ha perdido actualidad, todas siguen sucediendo hoy, no muy lejos de nosotros... quizás en nosotros mismos. Por eso, este retiro quiere hacer crecer en nosotros el amor a la Iglesia, un amor que no está en función de lo bien que hacemos las cosas, en función de la buena respuesta a las dificultades que plantea la sociedad hoy, etc.
Si vamos al principio, podemos ser conscientes de algo que enmarca nuestra reflexión: es Cristo el que elige a los Doce para iniciar la Iglesia, Cristo que sabe lo que hay en el corazón de cada uno. De ellos, de nosotros mismos, de los que vengan... Cristo no es un irresponsable, sino que mira como lo hace el Padre, sabe que el que ofrece la santidad a los hombres es Él, que la santidad no sale de nosotros sino de la fuente, que es Dios, el Santo. A nosotros nos toca acoger, recibir, contemplar, si queremos después poder comunicar el Reino de Dios y su justicia.
Puede ser bonito comenzar leyendo Mc 3, 13-19, la llamada de los Doce. Jesús elige a los Doce y les confía una misión inmensa a pesar de sus debilidades, contando con sus debilidades. Une su voluntad a la del Padre, y en esa comunión llama a los suyos. Para esa misma comunión llama a los suyos. Es evidente que el misterio de la Iglesia, que no es una asociación puramente humana ni nacida de la voluntad de los hombres, sino de Dios, solamente se podrá afrontar y acoger en la medida en que uno recuerde esta misteriosa llamada:
¿Reflexiono sobre las cosas que suceden en la Iglesia, las buenas y las malas, desde esta perspectiva del misterio de Dios? ¿Reconozco que estar en la Iglesia parte de una llamada, llamada de Dios hacia mí, hacia cualquiera de nosotros, inmerecida, siempre gratuita, para todos gratuita? ¿Cómo afronto lo que me gusta y lo que no de la Iglesia de la que formo parte? ¿Lo veo en ejemplos concretos?
En Cesarea de Filipo, allí donde Pedro acababa de reconocer que Jesús era el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 13-20), el misterio del Dios hecho hombre que llama a los hombres a una comunión con Él, es el lugar donde, justo a continuación, el Señor tiene que corregir a Pedro por negarle el camino de la cruz. Esta es una tentación habitual en los cristianos: Reducir la causa de la Iglesia a la propia, como si unirme al grupo de Jesús significara que de pronto todas mis ideas, mis pensamientos, gustos y razones quedaran canonizadas, fueran perfectas, a seguir por todos. Es el peligro de querer sumar la Iglesia a mi causa, con la seguridad de que mi causa es la que ha de ser en la Iglesia.
Pedro, que tiene una visión sensata de Jesús y su camino, no tiene una visión del misterio de salvación y la forma de realizarse este, por medio de la muerte y resurrección, del misterio pascual. Pedro, que busca el bien de todo su grupo, y el bien de su maestro, no duda en corregirle para que comprenda que su camino de dolor es impropio, equivocado. Permanece oculto a Pedro, con esa visión reducida, el camino de abajamiento comenzado por Cristo en la encarnación y que le llevará a la cruz. O el misterio de la Iglesia abre constantemente nuestro entendimiento, nuestra visión de la fe y de Jesucristo, o nuestro esquema de Dios y de la religión no alcanzará a poder afrontar las desgracias y humillaciones que la Iglesia sufre por sus miembros y por el pecado.
Ciertamente, no se trata de cerrar los ojos a las debilidades, a las insuficientes decisiones, fuerzas, etc, que vemos y que, a menudo, son reales, ni tampoco se trata de no sufrir por todas esas deficiencias. No se trata de ponerse una venda en los ojos que tape cierta realidad de lo que la Iglesia es y hace. Se trata de mirar todo ello desde la realidad de la humanodivinidad de la Iglesia, fundada por el Dios hecho hombre, fundada para hacer Dios a los hombres. En un camino en el que el único sitio propio desde el que mirar la realidad de la Iglesia es poniéndose, como Cristo le dice a Pedro, tras Él y creyendo. A partir de ahí se toman las decisiones correctas.
Esto es muy importante, porque la tentación es la distancia: ponerse aparte, como si uno fuera de la Iglesia, pero una cosa diferente. “Estos son los que se equivocan, yo soy quien se da cuenta de las cosas”. Nada más lejos, el Señor se da cuenta: sólo contemplándole a Él se acierta a discernir. En el discernimiento a la luz de Jesucristo, el hombre aprende a reaccionar, a responder en función de la gracia y la justicia, del amor y del perdón, del camino hacia arriba y de la ayuda del Señor. A veces, nuestra causa no es la causa de la Iglesia, y eso ha de ser discernido con sabios criterios iluminados por la gracia del Señor.
Gran cantidad de santos han padecido en su vida por causa de un Papa, un obispo, unos hermanos en la congregación, una comunidad, en general, que no les ha sabido comprender, y, sin embargo, estos han sabido aceptar, desde la humillación y la fe profunda, las diversas desgracias que les han sobrevenido: ¿cómo ha sido posible? Han amado más a la Iglesia que a ellos mismos, han confiado más en la Iglesia que en ellos mismos, y aún en el error, han sabido permanecer en la verdad de Dios.
¿Tengo la tentación de ser yo el que ilumine a la Iglesia, al obispo, al párroco, a los catequistas, al coro, a mi grupo de revisión de vida, sobre cómo han de hacer las cosas? ¿Lo hago desde la sabia reflexión o desde la humilde colaboración? ¿Discierno, no sólo para saber si decir o no, sino también para aprender a recibir las respuestas? ¿Me desmarco del grupo, de la parroquia, de la diócesis, cuando yo no veo lo que se dice?
Complementa bien con esta otra tentación que de Lubac expone en su ensayo: la tentación de la crítica. Vivimos nuestra vida con un afán indispensable de lucidez. “Se podía haber vendido ese perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres” (cfr. Jn 12). El riesgo de un poco de luz es pensar que ya somos los que la tenemos toda y siempre. Es por eso que Jesús tiene que reconducir el signo para que no se malinterprete: “Déjala, lo guardaba para mi sepultura”.
Comprender la Iglesia como un camino de inteligencia al margen del amor verdadero es una equivocación también habitual. Siendo lo blanco, blanco, y lo negro, negro, todos estamos llamados a hacer un camino de conversión en nuestra vida cristiana que vaya iluminando lo que sabemos y lo que no, lo que vivimos y lo que no, que siempre ha de ser un camino de humildad, de seguimiento realista y sincero del Maestro.
Cuando la Iglesia es humilde en sus hijos, se hace más atrayente que cuando en ellos domina el afán demasiado humano de ser respetados. En ese estado de lucidez en el que a veces nos encontramos los cristianos, todo se convierte en materia de ataque, de denigración. Nuestra interpretación suele ser peyorativa, dejándonos llevar por la cuesta por la que suavemente, bajo apariencia de luz, nos hemos deslizado, en la que la soberbia, o una cierta verdad, se convierte en anzuelo por el que caer en la mentira, en la falta de amor. Es el peligro de entender la obediencia como una recomendación para los que no saben, de la que los que saben están exentos: ciertamente, es justo al revés, cuanto mayor es el conocimiento, la profundidad en lo que vemos y vivimos, más necesaria se hace una concreta obediencia, como han enseñado los santos en la Iglesia.
La propuesta de Judas es interesada, como dice el evangelio, porque no tiene en cuenta el misterio pascual en el que Cristo se está sumergiendo: como Pedro, tampoco ha sido capaz de ver que ese misterio de abajamiento ha de realizarse, ha de anunciarse. Ha preferido una visión más superficial, sin entender que el camino de verdad se realiza siempre acogiendo el misterio pascual, por la muerte y resurrección, es decir, que no consiste en hacer cosas, tampoco en saber cosas, sino en entrar con Cristo en un misterio de comunión en el que somos discípulos: es el Señor el que nos conduce en la Iglesia, a través del pecado y la debilidad, hasta la gloria pascual.
¿Cómo afronto lo que sé y vivo en la Iglesia, como fuente de comunión o de división? ¿Sé sacrificar mis intenciones y visiones cuando así se me pide o lo requieren las circunstancias? ¿Discierno mis verdades con el Señor y la Iglesia, y acepto contrastar mi visión de las cosas? ¿Acepto con fe ser guiado, ser enseñado, ser corregido, sólo si no tengo razón, o acepto, como Cristo, un camino de humillación y abajamiento, siendo Él la misma razón?
La vida en la Iglesia siempre nos tiene en una contradicción constante. Pero las paradojas y antinomias en la misma no nos han de conducir al alejamiento, sino a la verdadera fe y a la comunión en la Iglesia. Por eso, conviene volver constantemente a nuestra llamada a la fe, a nuestra entrada en la Iglesia por pura gratuidad, a nuestro seguir a Cristo iluminados con su luz. Así, lejos de afrontar estos tiempos con la tentación de alejarnos de la Iglesia, podremos fortalecer en ella nuestra confianza en la llamada del Señor, que no ha buscado nuestra felicidad por libre, a nuestra manera, sino en la Iglesia y por la Pascua.
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- martes, abril 09, 2019
Abril 2019
Tentaciones con respecto a la Iglesia
Henri de Lubac dedica un capítulo entero de su Meditación sobre la Iglesia, el octavo, a exponer una serie de actitudes que pueden hacer que el mismo cristiano encuentre dificultades cada vez mayores para seguir a Jesús en la Iglesia. Básicamente, ninguna de todas las que emplea ha perdido actualidad, todas siguen sucediendo hoy, no muy lejos de nosotros... quizás en nosotros mismos. Por eso, este retiro quiere hacer crecer en nosotros el amor a la Iglesia, un amor que no está en función de lo bien que hacemos las cosas, en función de la buena respuesta a las dificultades que plantea la sociedad hoy, etc.
Si vamos al principio, podemos ser conscientes de algo que enmarca nuestra reflexión: es Cristo el que elige a los Doce para iniciar la Iglesia, Cristo que sabe lo que hay en el corazón de cada uno. De ellos, de nosotros mismos, de los que vengan... Cristo no es un irresponsable, sino que mira como lo hace el Padre, sabe que el que ofrece la santidad a los hombres es Él, que la santidad no sale de nosotros sino de la fuente, que es Dios, el Santo. A nosotros nos toca acoger, recibir, contemplar, si queremos después poder comunicar el Reino de Dios y su justicia.
Puede ser bonito comenzar leyendo Mc 3, 13-19, la llamada de los Doce. Jesús elige a los Doce y les confía una misión inmensa a pesar de sus debilidades, contando con sus debilidades. Une su voluntad a la del Padre, y en esa comunión llama a los suyos. Para esa misma comunión llama a los suyos. Es evidente que el misterio de la Iglesia, que no es una asociación puramente humana ni nacida de la voluntad de los hombres, sino de Dios, solamente se podrá afrontar y acoger en la medida en que uno recuerde esta misteriosa llamada:
¿Reflexiono sobre las cosas que suceden en la Iglesia, las buenas y las malas, desde esta perspectiva del misterio de Dios? ¿Reconozco que estar en la Iglesia parte de una llamada, llamada de Dios hacia mí, hacia cualquiera de nosotros, inmerecida, siempre gratuita, para todos gratuita? ¿Cómo afronto lo que me gusta y lo que no de la Iglesia de la que formo parte? ¿Lo veo en ejemplos concretos?
En Cesarea de Filipo, allí donde Pedro acababa de reconocer que Jesús era el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 13-20), el misterio del Dios hecho hombre que llama a los hombres a una comunión con Él, es el lugar donde, justo a continuación, el Señor tiene que corregir a Pedro por negarle el camino de la cruz. Esta es una tentación habitual en los cristianos: Reducir la causa de la Iglesia a la propia, como si unirme al grupo de Jesús significara que de pronto todas mis ideas, mis pensamientos, gustos y razones quedaran canonizadas, fueran perfectas, a seguir por todos. Es el peligro de querer sumar la Iglesia a mi causa, con la seguridad de que mi causa es la que ha de ser en la Iglesia.
Pedro, que tiene una visión sensata de Jesús y su camino, no tiene una visión del misterio de salvación y la forma de realizarse este, por medio de la muerte y resurrección, del misterio pascual. Pedro, que busca el bien de todo su grupo, y el bien de su maestro, no duda en corregirle para que comprenda que su camino de dolor es impropio, equivocado. Permanece oculto a Pedro, con esa visión reducida, el camino de abajamiento comenzado por Cristo en la encarnación y que le llevará a la cruz. O el misterio de la Iglesia abre constantemente nuestro entendimiento, nuestra visión de la fe y de Jesucristo, o nuestro esquema de Dios y de la religión no alcanzará a poder afrontar las desgracias y humillaciones que la Iglesia sufre por sus miembros y por el pecado.
Ciertamente, no se trata de cerrar los ojos a las debilidades, a las insuficientes decisiones, fuerzas, etc, que vemos y que, a menudo, son reales, ni tampoco se trata de no sufrir por todas esas deficiencias. No se trata de ponerse una venda en los ojos que tape cierta realidad de lo que la Iglesia es y hace. Se trata de mirar todo ello desde la realidad de la humanodivinidad de la Iglesia, fundada por el Dios hecho hombre, fundada para hacer Dios a los hombres. En un camino en el que el único sitio propio desde el que mirar la realidad de la Iglesia es poniéndose, como Cristo le dice a Pedro, tras Él y creyendo. A partir de ahí se toman las decisiones correctas.
Esto es muy importante, porque la tentación es la distancia: ponerse aparte, como si uno fuera de la Iglesia, pero una cosa diferente. “Estos son los que se equivocan, yo soy quien se da cuenta de las cosas”. Nada más lejos, el Señor se da cuenta: sólo contemplándole a Él se acierta a discernir. En el discernimiento a la luz de Jesucristo, el hombre aprende a reaccionar, a responder en función de la gracia y la justicia, del amor y del perdón, del camino hacia arriba y de la ayuda del Señor. A veces, nuestra causa no es la causa de la Iglesia, y eso ha de ser discernido con sabios criterios iluminados por la gracia del Señor.
Gran cantidad de santos han padecido en su vida por causa de un Papa, un obispo, unos hermanos en la congregación, una comunidad, en general, que no les ha sabido comprender, y, sin embargo, estos han sabido aceptar, desde la humillación y la fe profunda, las diversas desgracias que les han sobrevenido: ¿cómo ha sido posible? Han amado más a la Iglesia que a ellos mismos, han confiado más en la Iglesia que en ellos mismos, y aún en el error, han sabido permanecer en la verdad de Dios.
¿Tengo la tentación de ser yo el que ilumine a la Iglesia, al obispo, al párroco, a los catequistas, al coro, a mi grupo de revisión de vida, sobre cómo han de hacer las cosas? ¿Lo hago desde la sabia reflexión o desde la humilde colaboración? ¿Discierno, no sólo para saber si decir o no, sino también para aprender a recibir las respuestas? ¿Me desmarco del grupo, de la parroquia, de la diócesis, cuando yo no veo lo que se dice?
Complementa bien con esta otra tentación que de Lubac expone en su ensayo: la tentación de la crítica. Vivimos nuestra vida con un afán indispensable de lucidez. “Se podía haber vendido ese perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres” (cfr. Jn 12). El riesgo de un poco de luz es pensar que ya somos los que la tenemos toda y siempre. Es por eso que Jesús tiene que reconducir el signo para que no se malinterprete: “Déjala, lo guardaba para mi sepultura”.
Comprender la Iglesia como un camino de inteligencia al margen del amor verdadero es una equivocación también habitual. Siendo lo blanco, blanco, y lo negro, negro, todos estamos llamados a hacer un camino de conversión en nuestra vida cristiana que vaya iluminando lo que sabemos y lo que no, lo que vivimos y lo que no, que siempre ha de ser un camino de humildad, de seguimiento realista y sincero del Maestro.
Cuando la Iglesia es humilde en sus hijos, se hace más atrayente que cuando en ellos domina el afán demasiado humano de ser respetados. En ese estado de lucidez en el que a veces nos encontramos los cristianos, todo se convierte en materia de ataque, de denigración. Nuestra interpretación suele ser peyorativa, dejándonos llevar por la cuesta por la que suavemente, bajo apariencia de luz, nos hemos deslizado, en la que la soberbia, o una cierta verdad, se convierte en anzuelo por el que caer en la mentira, en la falta de amor. Es el peligro de entender la obediencia como una recomendación para los que no saben, de la que los que saben están exentos: ciertamente, es justo al revés, cuanto mayor es el conocimiento, la profundidad en lo que vemos y vivimos, más necesaria se hace una concreta obediencia, como han enseñado los santos en la Iglesia.
La propuesta de Judas es interesada, como dice el evangelio, porque no tiene en cuenta el misterio pascual en el que Cristo se está sumergiendo: como Pedro, tampoco ha sido capaz de ver que ese misterio de abajamiento ha de realizarse, ha de anunciarse. Ha preferido una visión más superficial, sin entender que el camino de verdad se realiza siempre acogiendo el misterio pascual, por la muerte y resurrección, es decir, que no consiste en hacer cosas, tampoco en saber cosas, sino en entrar con Cristo en un misterio de comunión en el que somos discípulos: es el Señor el que nos conduce en la Iglesia, a través del pecado y la debilidad, hasta la gloria pascual.
¿Cómo afronto lo que sé y vivo en la Iglesia, como fuente de comunión o de división? ¿Sé sacrificar mis intenciones y visiones cuando así se me pide o lo requieren las circunstancias? ¿Discierno mis verdades con el Señor y la Iglesia, y acepto contrastar mi visión de las cosas? ¿Acepto con fe ser guiado, ser enseñado, ser corregido, sólo si no tengo razón, o acepto, como Cristo, un camino de humillación y abajamiento, siendo Él la misma razón?
La vida en la Iglesia siempre nos tiene en una contradicción constante. Pero las paradojas y antinomias en la misma no nos han de conducir al alejamiento, sino a la verdadera fe y a la comunión en la Iglesia. Por eso, conviene volver constantemente a nuestra llamada a la fe, a nuestra entrada en la Iglesia por pura gratuidad, a nuestro seguir a Cristo iluminados con su luz. Así, lejos de afrontar estos tiempos con la tentación de alejarnos de la Iglesia, podremos fortalecer en ella nuestra confianza en la llamada del Señor, que no ha buscado nuestra felicidad por libre, a nuestra manera, sino en la Iglesia y por la Pascua.
4 de marzo de 2019
Retiros, Retiros 18-19
Estar en el mundo sin ser del mundo
NOTAS PARA EL RETIRO
Marzo 2019
En la oración sacerdotal que Jesús realiza en el capítulo 17 del evangelio según san Juan realiza una afirmación sobre el ser de los discípulos que conviene tener presente en todo momento de nuestra existencia creyente: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17, 16-18). Esa elección para no ser del mundo se ha dado en nosotros en el bautismo donde, por el don del agua y el Espíritu se nos han abierto las puertas a una vida nueva en un mundo nuevo, ya iniciado, aún no presente en su plenitud.
Es algo extraño hablar así para nosotros, que contemplamos este mundo en que vivimos cada momento y lo consideramos nuestro lugar propio, donde nos suceden tantas experiencias diferentes, algunas decepcionantes, otras totalmente poderosas. Sin embargo, la palabra de Jesús sostiene nuestra visión de todo. Nos hace superar las cosas tal y como aquí las vivimos, y afrontar de modo distinto nuestro ser y hacer. Al haber sido hechos ciudadanos del cielo, parte del Reino de Dios, siempre lo primero para nosotros será buscar “el Reino de Dios y su justicia” (cfr. Mt 6, 33). Esto es muy conflictivo, en muchos sentidos. Vamos a ver algunos de ellos.
Al ser ese Reino algo invisible, que está presente en nuestros corazones, muchas veces podemos pensar que por no poner lo primero el Reino de Dios, no pasa nada. Podemos pensar que no tiene efectos inmediatos no elegir a Dios. Y así, vamos retrasando el lugar de Dios en nuestras decisiones, en nuestros gustos, en nuestros criterios... “no pasa nada”. San Juan Pablo II hablaba en Ecclesia in Europa de una “apostasía silenciosa” en nuestro mundo, en el que hemos ido diciendo que no a Dios y a su prioridad, al Reino y su justicia, por otras cosas o criterios aparentemente mucho más urgentes. En muchas ocasiones, por evitar una complicación, una explicación, una burla, podemos pensar que no hay problema en elegir según quiero yo, según quiere mi familia, según hacen los colegas del trabajo...
¿Me he descubierto diciéndome a mí mismo “no pasa nada” en ocasiones, quizás con demasiada frecuencia? ¿He compartido mi opinión o mi decisión con alguien con autoridad para contrastarme y corregirme si era oportuno? ¿O, al contrario, he sabido buscar quien apoyara mi decisión en caso de duda? ¿Veo el peligro de la comodidad, de hacer las cosas a mi manera, de hacerme del mundo sin serlo?
No podemos pensar que estamos en nuestro hábitat adecuado, no podemos pensar que nuestra existencia aquí será, entonces, un camino de rosas. Al contrario, siempre vamos a encontrar dificultades, pues este mundo no quiere que seamos lo que estamos llamados a ser, no está hecho para nosotros, sino para los que son de este mundo, para nosotros está hecho otro mundo, que no es este. Por lo tanto, lo primero a tener en cuenta siempre es que este mundo no nos encaja como un guante: si lo vivo así, sin tensión, sin una tirantez que le viene de más allá, es que me he acomodado, me he hecho a lo que no es. Uno puede adaptarse, vivir lo mejor posible, pero nunca estar perfectamente adaptado, ni pretender que así suceda.
La imperfección es un recuerdo de lo que esperamos, de hacia dónde vamos. Un signo, un sacramento del más allá, de nuestra verdadera casa. Y, sin embargo, y he aquí el misterio, este mundo en el que vivimos, no nos quita nuestras fuerzas, no puede acabar con nosotros a las primeras de cambio: aquí es donde tenemos que demostrar lo que somos, y ser santificados. Aquí entregaremos la vida, aquí nos tocará morir, pero como el Señor, entregando la vida voluntariamente. Es decir, poniéndola en acto. Este mundo es la ocasión para utilizar nuestras capacidades cristianas, las propias de sacerdotes, profetas y reyes. Y cuando se usan, se perfeccionan, crecen, nos realizan. Aquí nos difuminamos cuando actuamos como ciudadanos de este mundo. Podemos preguntarnos:
¿en qué me gusta este mundo y me cuesta separarme de sus costumbres, sus ritmos o modas? ¿dónde me siento más débil? ¿dónde o con quién me veo menos cristiano? Y, al contrario, ¿en qué situaciones veo que saco lo mejor de mi fe? ¿dónde me habla Dios en la conciencia para que manifieste lo que soy, porque mis acciones son dudosas?
La presencia de los laicos en medio de este mundo busca impregnarlo de la santidad de Dios, busca que, en las circunstancias y ambientes de todo el mundo, de la vida ordinaria, puedan abrirse “ventanas” que comuniquen con Dios. Cada laico es como una de esas ventanas que transparenta la luz de Dios en las acciones del día a día: por lo que elige, por lo que espera, por cómo afronta las situaciones, no es él mismo, sino Dios, el que se hace visible.
La tarea de santificar la vida se hace así, con la ofrenda de cada vida, de cada decisión, en la que se busca la alabanza divina, la gloria de Dios. Hacer santas las cosas de cada día, las tareas, las risas, los contratiempos, lo que queramos, es posible porque, con el don del Espíritu, podemos entregar a Dios, sacerdotalmente, no algo vivido, que es poco, sino toda la vida. Y así, en lo que para los demás es hacer cosas, para nosotros es alabar a Dios. A veces, ser sacerdote no es complejo, es iluminar nuestras decisiones para que sean incienso agradable a Dios, que cuanto más se consume, más lo recuerda, más lo hace presente.
¿Advierto la diferencia entre mi perspectiva cristiana y la de los que me rodean? ¿Me hace querer contagiarme de la suya, o me alegra ofrecerles una humilde posibilidad de preguntarse y acercarse a Dios? ¿Busco ofrecer mi vida a Dios por Él mismo, por ofrecérsela en los momentos alegres o difíciles, o esperando un intercambio por algo más? ¿Soy capaz de transformar, desde la humildad y la fe, un pensamiento o deseo soberbio en uno constructivo y agradable a Dios?
Uno de esos ámbitos en los que, actualmente, el cristiano vive un claro contraste con el mundo, es el de la justicia, de lo que es o nos parece justo, de lo que el mundo considera derecho o deber... el pecado introduce un desorden en el corazón y la mente de los hombres, en su capacidad de deseo y de elección, y la injusticia aparece constantemente a nuestro alrededor.
Por el contrario, el don de profecía recibido en el bautismo por acción del Espíritu Santo, nos pone constantemente ante la necesidad de defender la verdad de las cosas: “la Iglesia no sólo comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más profundos” (GS 40). La luz de Cristo, profética, reveladora, infunde seguridad y valentía en el cristiano para dar testimonio en el mundo de la verdad de Dios, y así contribuye al bien común.
¿Me dejo llevar por lo que todos dicen o hacen? ¿Me veo valiente para dar un testimonio discordante con los que todos creen, y defenderlo desde los argumentos y con caridad? ¿Soy consciente de la importancia que tiene una buena formación para ello? ¿Distingo, tal y como enseña GS 28, entre el error y el errado?.
Por último, podemos fijarnos también en la función regia del laico en medio del mundo: consiste esta en un testimonio del amor de Dios, en la vivencia del primer y el segundo mandamiento como vínculo entre los hombres y elemento de unión entre los que conviven en una sociedad. Nuestras relaciones no están dominadas por la desconfianza, por el interés o por la tolerancia, sino por el amor: Un amor que alcanza, no sólo a los amigos, a los familiares, a los que nos caen bien, sino que alcanza a todos, a los que no conocemos e incluso a los que nos atacan y ofenden también.
Ese no es un amor propio de este mundo, sino que tiene su fundamento en la gracia que Dios nos concede en los sacramentos, gracia que en nosotros se transforma en un trato de caridad, no por actitud o por empeño, sino por acción divina. De ese amor fuimos revestidos en el bautismo, y no podemos renunciar a obrar según ese amor. Sin ese amor, dejamos de ser nosotros mismos, el hombre no encuentra un amor mayor, el amor de Dios, y no cree en Él, sino que se conforma con amarse a sí mismo y buscar su propia comodidad, en valorar sus propios aciertos y los daños que sufre por encima de todo lo demás, de las necesidades del prójimo o de la exigencia del perdón.
¿Amo como me interesa, como lo hace el mundo, o me niego a mí mismo sin mirar nada a cambio? ¿Vivo mi relación con los demás como algo interesado, para que me aplaudan, me entretengan, me den la razón, o experimento un amor de Dios paciente, que siempre disculpa y espera? ¿Busco con mi trato de caridad acercar el Reino de Dios al prójimo, soy capaz de reconocer mis errores justo por amor de Dios?
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- lunes, marzo 04, 2019
Marzo 2019
Estar en el mundo sin ser del mundo
En la oración sacerdotal que Jesús realiza en el capítulo 17 del evangelio según san Juan realiza una afirmación sobre el ser de los discípulos que conviene tener presente en todo momento de nuestra existencia creyente: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo” (Jn 17, 16-18). Esa elección para no ser del mundo se ha dado en nosotros en el bautismo donde, por el don del agua y el Espíritu se nos han abierto las puertas a una vida nueva en un mundo nuevo, ya iniciado, aún no presente en su plenitud.
Es algo extraño hablar así para nosotros, que contemplamos este mundo en que vivimos cada momento y lo consideramos nuestro lugar propio, donde nos suceden tantas experiencias diferentes, algunas decepcionantes, otras totalmente poderosas. Sin embargo, la palabra de Jesús sostiene nuestra visión de todo. Nos hace superar las cosas tal y como aquí las vivimos, y afrontar de modo distinto nuestro ser y hacer. Al haber sido hechos ciudadanos del cielo, parte del Reino de Dios, siempre lo primero para nosotros será buscar “el Reino de Dios y su justicia” (cfr. Mt 6, 33). Esto es muy conflictivo, en muchos sentidos. Vamos a ver algunos de ellos.
Al ser ese Reino algo invisible, que está presente en nuestros corazones, muchas veces podemos pensar que por no poner lo primero el Reino de Dios, no pasa nada. Podemos pensar que no tiene efectos inmediatos no elegir a Dios. Y así, vamos retrasando el lugar de Dios en nuestras decisiones, en nuestros gustos, en nuestros criterios... “no pasa nada”. San Juan Pablo II hablaba en Ecclesia in Europa de una “apostasía silenciosa” en nuestro mundo, en el que hemos ido diciendo que no a Dios y a su prioridad, al Reino y su justicia, por otras cosas o criterios aparentemente mucho más urgentes. En muchas ocasiones, por evitar una complicación, una explicación, una burla, podemos pensar que no hay problema en elegir según quiero yo, según quiere mi familia, según hacen los colegas del trabajo...
¿Me he descubierto diciéndome a mí mismo “no pasa nada” en ocasiones, quizás con demasiada frecuencia? ¿He compartido mi opinión o mi decisión con alguien con autoridad para contrastarme y corregirme si era oportuno? ¿O, al contrario, he sabido buscar quien apoyara mi decisión en caso de duda? ¿Veo el peligro de la comodidad, de hacer las cosas a mi manera, de hacerme del mundo sin serlo?
No podemos pensar que estamos en nuestro hábitat adecuado, no podemos pensar que nuestra existencia aquí será, entonces, un camino de rosas. Al contrario, siempre vamos a encontrar dificultades, pues este mundo no quiere que seamos lo que estamos llamados a ser, no está hecho para nosotros, sino para los que son de este mundo, para nosotros está hecho otro mundo, que no es este. Por lo tanto, lo primero a tener en cuenta siempre es que este mundo no nos encaja como un guante: si lo vivo así, sin tensión, sin una tirantez que le viene de más allá, es que me he acomodado, me he hecho a lo que no es. Uno puede adaptarse, vivir lo mejor posible, pero nunca estar perfectamente adaptado, ni pretender que así suceda.
La imperfección es un recuerdo de lo que esperamos, de hacia dónde vamos. Un signo, un sacramento del más allá, de nuestra verdadera casa. Y, sin embargo, y he aquí el misterio, este mundo en el que vivimos, no nos quita nuestras fuerzas, no puede acabar con nosotros a las primeras de cambio: aquí es donde tenemos que demostrar lo que somos, y ser santificados. Aquí entregaremos la vida, aquí nos tocará morir, pero como el Señor, entregando la vida voluntariamente. Es decir, poniéndola en acto. Este mundo es la ocasión para utilizar nuestras capacidades cristianas, las propias de sacerdotes, profetas y reyes. Y cuando se usan, se perfeccionan, crecen, nos realizan. Aquí nos difuminamos cuando actuamos como ciudadanos de este mundo. Podemos preguntarnos:
¿en qué me gusta este mundo y me cuesta separarme de sus costumbres, sus ritmos o modas? ¿dónde me siento más débil? ¿dónde o con quién me veo menos cristiano? Y, al contrario, ¿en qué situaciones veo que saco lo mejor de mi fe? ¿dónde me habla Dios en la conciencia para que manifieste lo que soy, porque mis acciones son dudosas?
La presencia de los laicos en medio de este mundo busca impregnarlo de la santidad de Dios, busca que, en las circunstancias y ambientes de todo el mundo, de la vida ordinaria, puedan abrirse “ventanas” que comuniquen con Dios. Cada laico es como una de esas ventanas que transparenta la luz de Dios en las acciones del día a día: por lo que elige, por lo que espera, por cómo afronta las situaciones, no es él mismo, sino Dios, el que se hace visible.
La tarea de santificar la vida se hace así, con la ofrenda de cada vida, de cada decisión, en la que se busca la alabanza divina, la gloria de Dios. Hacer santas las cosas de cada día, las tareas, las risas, los contratiempos, lo que queramos, es posible porque, con el don del Espíritu, podemos entregar a Dios, sacerdotalmente, no algo vivido, que es poco, sino toda la vida. Y así, en lo que para los demás es hacer cosas, para nosotros es alabar a Dios. A veces, ser sacerdote no es complejo, es iluminar nuestras decisiones para que sean incienso agradable a Dios, que cuanto más se consume, más lo recuerda, más lo hace presente.
¿Advierto la diferencia entre mi perspectiva cristiana y la de los que me rodean? ¿Me hace querer contagiarme de la suya, o me alegra ofrecerles una humilde posibilidad de preguntarse y acercarse a Dios? ¿Busco ofrecer mi vida a Dios por Él mismo, por ofrecérsela en los momentos alegres o difíciles, o esperando un intercambio por algo más? ¿Soy capaz de transformar, desde la humildad y la fe, un pensamiento o deseo soberbio en uno constructivo y agradable a Dios?
Uno de esos ámbitos en los que, actualmente, el cristiano vive un claro contraste con el mundo, es el de la justicia, de lo que es o nos parece justo, de lo que el mundo considera derecho o deber... el pecado introduce un desorden en el corazón y la mente de los hombres, en su capacidad de deseo y de elección, y la injusticia aparece constantemente a nuestro alrededor.
Por el contrario, el don de profecía recibido en el bautismo por acción del Espíritu Santo, nos pone constantemente ante la necesidad de defender la verdad de las cosas: “la Iglesia no sólo comunica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho más profundos” (GS 40). La luz de Cristo, profética, reveladora, infunde seguridad y valentía en el cristiano para dar testimonio en el mundo de la verdad de Dios, y así contribuye al bien común.
¿Me dejo llevar por lo que todos dicen o hacen? ¿Me veo valiente para dar un testimonio discordante con los que todos creen, y defenderlo desde los argumentos y con caridad? ¿Soy consciente de la importancia que tiene una buena formación para ello? ¿Distingo, tal y como enseña GS 28, entre el error y el errado?.
Por último, podemos fijarnos también en la función regia del laico en medio del mundo: consiste esta en un testimonio del amor de Dios, en la vivencia del primer y el segundo mandamiento como vínculo entre los hombres y elemento de unión entre los que conviven en una sociedad. Nuestras relaciones no están dominadas por la desconfianza, por el interés o por la tolerancia, sino por el amor: Un amor que alcanza, no sólo a los amigos, a los familiares, a los que nos caen bien, sino que alcanza a todos, a los que no conocemos e incluso a los que nos atacan y ofenden también.
Ese no es un amor propio de este mundo, sino que tiene su fundamento en la gracia que Dios nos concede en los sacramentos, gracia que en nosotros se transforma en un trato de caridad, no por actitud o por empeño, sino por acción divina. De ese amor fuimos revestidos en el bautismo, y no podemos renunciar a obrar según ese amor. Sin ese amor, dejamos de ser nosotros mismos, el hombre no encuentra un amor mayor, el amor de Dios, y no cree en Él, sino que se conforma con amarse a sí mismo y buscar su propia comodidad, en valorar sus propios aciertos y los daños que sufre por encima de todo lo demás, de las necesidades del prójimo o de la exigencia del perdón.
¿Amo como me interesa, como lo hace el mundo, o me niego a mí mismo sin mirar nada a cambio? ¿Vivo mi relación con los demás como algo interesado, para que me aplaudan, me entretengan, me den la razón, o experimento un amor de Dios paciente, que siempre disculpa y espera? ¿Busco con mi trato de caridad acercar el Reino de Dios al prójimo, soy capaz de reconocer mis errores justo por amor de Dios?
3 de febrero de 2019
Retiros, Retiros 18-19
La misión de la Iglesia
NOTAS PARA EL RETIRO
Febrero 2019
Te pedimos, Dios todopoderoso, que tu Iglesia sea siempre un pueblo santo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para que manifieste el misterio de tu santidad y de tu unidad al mundo y lo lleve a la perfección de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
La liturgia de la Iglesia reza de esta manera, consciente de que su misión en el mundo le ha sido dada por la santa Trinidad, que es además quien la sostiene. La Iglesia, con su acción evangelizadora, refleja visiblemente el amor y la acción de la Trinidad, de tal manera que quien quiera acercarse a la Iglesia, atraída por su palabra o su sacramentalidad, se encuentre con la santidad de Dios. Para entender cómo es la acción evangelizadora de esta, nos fijaremos en los números 2-5 de Lumen Gentium, donde el Concilio explica cómo se lleva a cabo esta misión y qué nos dice sobre Dios y sobre nosotros; más aún, qué nos dice hoy, en este momento de nuestra vida, sobre nuestra misión en la Iglesia.
LG 2 expresa la acción del Padre en la misión. Allí encontramos cómo el querer de Dios conlleva de inmediato el hacer de Dios. Por eso, Dios es quien dispone los auxilios necesarios para la salvación. Es un Padre que ve las necesidades de sus hijos, desde Adán al más pequeño de nosotros, y busca darnos su vida. Dios es providente, Dios es firme en su decisión, y no se retrae ante las dificultades o cambia de planes. Nuestra disposición ha de ser siempre la misma, siempre dar a conocer el evangelio. Esa disposición se manifiesta en nuestras decisiones, propias de quien quiere hablar, con su vida, del evangelio. No basta decirlo en mi grupo, o en mi oración, o a mi confesor: en mis palabras, en mi forma de tratar, se debe ver claramente mi determinación por la obra de Dios.
Para ello es necesaria una valiente humildad, que es la actitud propia de quien se sabe llamado por Dios a la misión no por méritos propios, sino por puro don, que lo hace capaz de decir aquello que es proféticamente oportuno en cada momento, y caminar siempre mirando hacia adelante. Así, se reconocerá en nosotros el hacer del Padre, que no se echa atrás. Está convencido de la misión. Yo tengo que vivir con ese mismo convencimiento de la misión, sabiendo que cualquier circunstancia que me toque vivir es una oportunidad de mostrar el amor providente y fiable de Dios, que nos invita e invita a otros a acercarse a Él.
¿Relaciono con Dios cualquier circunstancia que me sucede? ¿Sé de la presencia del Padre en mi vida? ¿Intento permanecer siempre a su vista, o le escondo ciertas cosas, ciertos temas? ¿Afronto las cosas de la vida, y lo hago desde la perspectiva divina? ¿Hago las cosas a mi manera o intento escuchar y obedecer a lo que el Padre espera de mí para bien de la misión?
En LG 3 se explica la misión del Hijo: esta tarea evangelizadora del Hijo tiene un destino concreto, que es hacer que los que crean en su Palabra sean hijos en el Hijo. Hacernos sus hijos es la forma de darnos en derecho parte en lo que es del Padre. Darnos la gracia divina, el ser de Dios, es posible si somos sus hijos. Es Jesucristo el que, con amor de hermano, no se avergüenza de nosotros, que dice Hebreos, sino que nos hace tomar parte en el don de Dios. Esta referencia de ser hijos en el Hijo es necesario para saber en qué consiste la misión: no hacemos amigos, compañeros, colegas, no es un negocio nuestro la Iglesia ni la evangelización, no es para nuestro beneficio particular, para nuestro grupo, sino para que el Padre tenga nuevos hijos a los que hacer partícipes de su heredad.
Para ello, es necesario conducir a los que anunciamos la fe hacia los sacramentos. La vida sacramental nos pone en contacto con la fuente de la gracia, pero además nos introduce en el misterio de la cruz, de tal forma que cuando nos toca vivir -¡tantas veces en el día a día!- el misterio del dolor, del sufrimiento, de la injusticia o la soledad, nos sabemos unidos al Hijo y preparados para recibir el don del Padre. Así, la tarea de anunciar el evangelio no es inventar un club muy divertido, no es invitar a otros a cosas muy entretenidas y a una vida sin complicaciones. Al contrario, anunciamos a Cristo, muerto y resucitado. Y con Él, anunciamos nuestra vida de muerte y resurrección. No puede haber engaño o disimulo en nuestro anuncio. El Dios que es todo amor se ha revelado por el misterio de la cruz.
¿Disfruto de los dones de los hijos de Dios? ¿Agradezco al Padre su voluntad de compartir su ser conmigo, me reconozco como hijo de Dios en las dificultades de la vida, o ando buscando siempre otros consuelos, otras alegrías que dulcifiquen los sinsabores de la misión? ¿Qué me alegra cuando anuncio el evangelio, la de gente que me escucha, o haber participado en la misión del Hijo? ¿Cómo afecta a mi fe esta tarea?
El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, centra la mirada de la Iglesia en LG 4. El Espíritu enviado para santificarnos, para estar en Dios. Fue enviado como consumación de la obra del Hijo, como principio de los bienes eternos que se nos han prometido. Es necesario, si queremos estar con Dios, si queremos vivir en la casa santa donde vive el Santo de Dios, ser santificados antes. No se puede entrar de cualquier manera, no se puede vivir en el fuego sin ser quemados por Él, salvo que seamos fuego. Eso hace el Espíritu. Por eso, el ardor es una cualidad propia de quien quiere vivir en la casa de Dios. Necesitamos que se note en nosotros la pasión por Cristo. La pasión no es una pose. Una pose se descubre en el pecado y nos deja en evidencia. La pasión es una mirada que busca constantemente la voluntad de Dios, sin excusas, sin atajos.
La acción del Espíritu en nosotros queda clara en LG 4, de manera que es fácil deducir si nosotros estamos llenos del Espíritu y si estamos participando apropiadamente en su misión: “Guía la Iglesia a toda la verdad, la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos”. Cada una de estas acciones del Espíritu, realizada por nosotros, es transparentar la acción divina. Por el contrario, cuando no las reconocemos, le estamos bloqueando. La acción del Espíritu, la acción evangelizadora, rejuvenecen la Iglesia, no por una cuestión de edad, sino porque suponen que le dejamos hacer, que no le ponemos trabas, ni “peros”, ni dudamos. Trabajamos, nos esforzamos, nos cansamos, pero tenemos la fuerza del joven que sabe que puede todo, no por sí mismo, sino por la fuerza de Dios.
¿Me veo inspirado para no preferir otras cosas sino estar en la casa de Dios, prefiero elegir lo que me conduzca hacia su casa? ¿Busco la verdad, siempre con la caridad, o me alegro solo de lo mío, sin tener en cuenta la unidad, la comunión? ¿Reconozco y discierno la acción del Espíritu en la Iglesia, o me dejo llevar por lo aparente, por lo llamativo? ¿Busco mi eficacia en la acción de Dios o en mi propia imaginación, en mi arte? En la parroquia, ¿voy a lo mío, con superioridad, o me confío al cuidado del Espíritu en la unidad del bien?
Por último, la Iglesia: aceptar la misión tan grande de este plan de Dios, que quiere a todos en su casa, comienza por reconocer la pequeñez de la Iglesia, nuestra propia pequeñez. Desde la pequeñez de un buen gesto con un amigo, de una palabra a un compañero de trabajo, un silencio ante quien quiere discutir… desde lo poco se construye una inmensa tarea, no desde lo grande y llamativo. He ahí la importancia de la fe para poder ser evangelizador. Ser enviados a la misión supone aceptar una pequeña tarea y afrontarla como si se tratara de un gran tesoro que uno tiene que gestionar, con ilusión, con una feliz mirada.
A veces nos pasa que hacer las cosas de Dios o como Dios quiere nos parece poca cosa. Queremos ser grandes, ser reconocidos en nuestro acierto, convertir con facilidad. Nada más lejos del ser de la Iglesia, del ser de Dios mismo. Nuestra esperanza está puesta en la segunda venida de Cristo. Allí se desvelará lo que hemos sembrado ahora. Aquí no tenemos nada terminado, ni la evangelización, ni la formación, ni la vida sacramental, ni la tarea de la conversión. Por eso, el cristiano que quiera participar en la misión de la Trinidad y transparentar algo divino, debe comenzar por aceptar su propia pequeñez y dejar obrar a Dios.
¿Vivo la misión del cristiano como un reto personal o como una colaboración que Dios me pide? ¿Hablo bien de la Iglesia con mi vida y con mis palabras, facilitando descubrir a otros cómo es Dios, cómo los busca? ¿Me pongo a disposición de la Iglesia para participar en su misión como ella necesite, o soy yo quien decido en cada momento lo que hago y lo que no? ¿Acepto el ser de Dios y su misteriosa forma de comunicarse, me reconozco unido a Él en el progreso y en las dificultades de la Iglesia?.
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- domingo, febrero 03, 2019
Febrero 2019
La misión de la Iglesia
Te pedimos, Dios todopoderoso, que tu Iglesia sea siempre un pueblo santo reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para que manifieste el misterio de tu santidad y de tu unidad al mundo y lo lleve a la perfección de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
La liturgia de la Iglesia reza de esta manera, consciente de que su misión en el mundo le ha sido dada por la santa Trinidad, que es además quien la sostiene. La Iglesia, con su acción evangelizadora, refleja visiblemente el amor y la acción de la Trinidad, de tal manera que quien quiera acercarse a la Iglesia, atraída por su palabra o su sacramentalidad, se encuentre con la santidad de Dios. Para entender cómo es la acción evangelizadora de esta, nos fijaremos en los números 2-5 de Lumen Gentium, donde el Concilio explica cómo se lleva a cabo esta misión y qué nos dice sobre Dios y sobre nosotros; más aún, qué nos dice hoy, en este momento de nuestra vida, sobre nuestra misión en la Iglesia.
LG 2 expresa la acción del Padre en la misión. Allí encontramos cómo el querer de Dios conlleva de inmediato el hacer de Dios. Por eso, Dios es quien dispone los auxilios necesarios para la salvación. Es un Padre que ve las necesidades de sus hijos, desde Adán al más pequeño de nosotros, y busca darnos su vida. Dios es providente, Dios es firme en su decisión, y no se retrae ante las dificultades o cambia de planes. Nuestra disposición ha de ser siempre la misma, siempre dar a conocer el evangelio. Esa disposición se manifiesta en nuestras decisiones, propias de quien quiere hablar, con su vida, del evangelio. No basta decirlo en mi grupo, o en mi oración, o a mi confesor: en mis palabras, en mi forma de tratar, se debe ver claramente mi determinación por la obra de Dios.
Para ello es necesaria una valiente humildad, que es la actitud propia de quien se sabe llamado por Dios a la misión no por méritos propios, sino por puro don, que lo hace capaz de decir aquello que es proféticamente oportuno en cada momento, y caminar siempre mirando hacia adelante. Así, se reconocerá en nosotros el hacer del Padre, que no se echa atrás. Está convencido de la misión. Yo tengo que vivir con ese mismo convencimiento de la misión, sabiendo que cualquier circunstancia que me toque vivir es una oportunidad de mostrar el amor providente y fiable de Dios, que nos invita e invita a otros a acercarse a Él.
¿Relaciono con Dios cualquier circunstancia que me sucede? ¿Sé de la presencia del Padre en mi vida? ¿Intento permanecer siempre a su vista, o le escondo ciertas cosas, ciertos temas? ¿Afronto las cosas de la vida, y lo hago desde la perspectiva divina? ¿Hago las cosas a mi manera o intento escuchar y obedecer a lo que el Padre espera de mí para bien de la misión?
En LG 3 se explica la misión del Hijo: esta tarea evangelizadora del Hijo tiene un destino concreto, que es hacer que los que crean en su Palabra sean hijos en el Hijo. Hacernos sus hijos es la forma de darnos en derecho parte en lo que es del Padre. Darnos la gracia divina, el ser de Dios, es posible si somos sus hijos. Es Jesucristo el que, con amor de hermano, no se avergüenza de nosotros, que dice Hebreos, sino que nos hace tomar parte en el don de Dios. Esta referencia de ser hijos en el Hijo es necesario para saber en qué consiste la misión: no hacemos amigos, compañeros, colegas, no es un negocio nuestro la Iglesia ni la evangelización, no es para nuestro beneficio particular, para nuestro grupo, sino para que el Padre tenga nuevos hijos a los que hacer partícipes de su heredad.
Para ello, es necesario conducir a los que anunciamos la fe hacia los sacramentos. La vida sacramental nos pone en contacto con la fuente de la gracia, pero además nos introduce en el misterio de la cruz, de tal forma que cuando nos toca vivir -¡tantas veces en el día a día!- el misterio del dolor, del sufrimiento, de la injusticia o la soledad, nos sabemos unidos al Hijo y preparados para recibir el don del Padre. Así, la tarea de anunciar el evangelio no es inventar un club muy divertido, no es invitar a otros a cosas muy entretenidas y a una vida sin complicaciones. Al contrario, anunciamos a Cristo, muerto y resucitado. Y con Él, anunciamos nuestra vida de muerte y resurrección. No puede haber engaño o disimulo en nuestro anuncio. El Dios que es todo amor se ha revelado por el misterio de la cruz.
¿Disfruto de los dones de los hijos de Dios? ¿Agradezco al Padre su voluntad de compartir su ser conmigo, me reconozco como hijo de Dios en las dificultades de la vida, o ando buscando siempre otros consuelos, otras alegrías que dulcifiquen los sinsabores de la misión? ¿Qué me alegra cuando anuncio el evangelio, la de gente que me escucha, o haber participado en la misión del Hijo? ¿Cómo afecta a mi fe esta tarea?
El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, centra la mirada de la Iglesia en LG 4. El Espíritu enviado para santificarnos, para estar en Dios. Fue enviado como consumación de la obra del Hijo, como principio de los bienes eternos que se nos han prometido. Es necesario, si queremos estar con Dios, si queremos vivir en la casa santa donde vive el Santo de Dios, ser santificados antes. No se puede entrar de cualquier manera, no se puede vivir en el fuego sin ser quemados por Él, salvo que seamos fuego. Eso hace el Espíritu. Por eso, el ardor es una cualidad propia de quien quiere vivir en la casa de Dios. Necesitamos que se note en nosotros la pasión por Cristo. La pasión no es una pose. Una pose se descubre en el pecado y nos deja en evidencia. La pasión es una mirada que busca constantemente la voluntad de Dios, sin excusas, sin atajos.
La acción del Espíritu en nosotros queda clara en LG 4, de manera que es fácil deducir si nosotros estamos llenos del Espíritu y si estamos participando apropiadamente en su misión: “Guía la Iglesia a toda la verdad, la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos”. Cada una de estas acciones del Espíritu, realizada por nosotros, es transparentar la acción divina. Por el contrario, cuando no las reconocemos, le estamos bloqueando. La acción del Espíritu, la acción evangelizadora, rejuvenecen la Iglesia, no por una cuestión de edad, sino porque suponen que le dejamos hacer, que no le ponemos trabas, ni “peros”, ni dudamos. Trabajamos, nos esforzamos, nos cansamos, pero tenemos la fuerza del joven que sabe que puede todo, no por sí mismo, sino por la fuerza de Dios.
¿Me veo inspirado para no preferir otras cosas sino estar en la casa de Dios, prefiero elegir lo que me conduzca hacia su casa? ¿Busco la verdad, siempre con la caridad, o me alegro solo de lo mío, sin tener en cuenta la unidad, la comunión? ¿Reconozco y discierno la acción del Espíritu en la Iglesia, o me dejo llevar por lo aparente, por lo llamativo? ¿Busco mi eficacia en la acción de Dios o en mi propia imaginación, en mi arte? En la parroquia, ¿voy a lo mío, con superioridad, o me confío al cuidado del Espíritu en la unidad del bien?
Por último, la Iglesia: aceptar la misión tan grande de este plan de Dios, que quiere a todos en su casa, comienza por reconocer la pequeñez de la Iglesia, nuestra propia pequeñez. Desde la pequeñez de un buen gesto con un amigo, de una palabra a un compañero de trabajo, un silencio ante quien quiere discutir… desde lo poco se construye una inmensa tarea, no desde lo grande y llamativo. He ahí la importancia de la fe para poder ser evangelizador. Ser enviados a la misión supone aceptar una pequeña tarea y afrontarla como si se tratara de un gran tesoro que uno tiene que gestionar, con ilusión, con una feliz mirada.
A veces nos pasa que hacer las cosas de Dios o como Dios quiere nos parece poca cosa. Queremos ser grandes, ser reconocidos en nuestro acierto, convertir con facilidad. Nada más lejos del ser de la Iglesia, del ser de Dios mismo. Nuestra esperanza está puesta en la segunda venida de Cristo. Allí se desvelará lo que hemos sembrado ahora. Aquí no tenemos nada terminado, ni la evangelización, ni la formación, ni la vida sacramental, ni la tarea de la conversión. Por eso, el cristiano que quiera participar en la misión de la Trinidad y transparentar algo divino, debe comenzar por aceptar su propia pequeñez y dejar obrar a Dios.
¿Vivo la misión del cristiano como un reto personal o como una colaboración que Dios me pide? ¿Hablo bien de la Iglesia con mi vida y con mis palabras, facilitando descubrir a otros cómo es Dios, cómo los busca? ¿Me pongo a disposición de la Iglesia para participar en su misión como ella necesite, o soy yo quien decido en cada momento lo que hago y lo que no? ¿Acepto el ser de Dios y su misteriosa forma de comunicarse, me reconozco unido a Él en el progreso y en las dificultades de la Iglesia?.
9 de enero de 2019
Retiros, Retiros 18-19
Sentido de Iglesia
NOTAS PARA EL RETIRO
Enero 2019
Uno de los elementos cruciales a la hora de poder seguir a Jesucristo en la vida es la relación que se establece con su cuerpo, con la Iglesia. Entender bien esa relación nos hará crecer ante cualquier circunstancia que nos suceda, mientras que una relación equivocada puede hacer mucho daño incluso en las horas más felices de seguimiento del Señor. Por eso, el sentido de Iglesia permite al creyente afrontar la vida como cristiano, y hacerlo con la certeza de estar fortaleciendo el vínculo con el Señor y con aquellos que Él ha elegido como hermanos suyos.
En la Acción Católica, este don es un carisma propio: es lógico que sea así, en una asociación en la que los laicos buscan, organizadamente, de la mano de sus pastores, vivir el Reino en medio del mundo. Lo es porque este sentido de Iglesia sitúa la prioridad del seguimiento no tanto en la individualidad de la persona, como en el Cuerpo al que uno pertenece. Desde aquellos primeros discípulos que, en el evangelio de Juan, como hemos escuchado estos días pasados en los evangelios de Navidad, le preguntan al Maestro dónde vive, podemos entender que la relación que le proponen él la lleva al ámbito de la convivencia, de su ser social, de un cristianismo vivido en comunión.
Esto es muy interesante porque, en la vida de la Iglesia, tenemos la tentación constante de, aun con buena voluntad, hacer girar las cosas alrededor de nosotros mismos… y no es así, en la Iglesia no hago porque primero yo lo decido, sino que hago primero porque he recibido una llamada a ello. En la vida de la Iglesia, la prioridad es eclesial, porque yo me entiendo desde esa relación. Los discípulos de Jesús pueden entrar en su casa y ver donde vive no porque ellos pregunten, sino porque Él les invita a ir y quedarse, que es lo mismo que decir que Dios se revela no porque el hombre lo haya encontrado, sino porque Él se ha acercado a nosotros. La prioridad es una llamada: por eso, yo no decido dar catequesis, llevar el coro, hacer las cuentas de la parroquia como algo mío, sino porque la Iglesia así me lo ha ofrecido. Igualmente, yo no soy quien decido cómo cree, cómo celebra, o cómo vive el cristiano su vida: es siempre Cristo el que ilumina y, como buen pastor, propone, por medio de la Iglesia, cómo hacer. Así, la importancia de vivir formado, de seguir aprendiendo, de trabajar el corazón como órgano que busca la comunión, se acrecienta en la medida en la que lo hace mi compromiso eclesial. El sentido de Iglesia me guía para ordenar mi fe, y para reconocerla cuando se plantea adecuadamente o cuando no.
¿Reconozco la prioridad de Dios en mi vida en la Iglesia, en mi participación concreta en la parroquia? ¿O creo que nace de mi corazón generoso? ¿Creo que mi actitud es una respuesta a una llamada de Dios o a un tiempo que me sobra, o no? ¿Veo la delicadeza y el interés de Dios, que me llama y sabe a qué, para cada día o para siempre?
Por eso, si tomamos Juan 1 como referencia, veremos que el Maestro, el Hijo de Dios, tiene su casa, y que en esa casa celeste que abandona para hacerse carne, es donde quiere invitarnos a vivir a nosotros, a partir de una comunión preciosa con Él aquí, en nuestra vida, en la Iglesia. Puede ser una bonita experiencia profundizar en el retiro con el hecho de haber sido invitados a vivir en la Iglesia, a formar parte de ella, de su ser y de su hacer, a vivir en la Iglesia no como una estancia sin más, sino como una estancia en la que compartir la vida y la llamada que hemos recibido, que un día alguien nos ofreció –o que tantas veces nos es ofrecida-, en la Iglesia.
De hecho, esta es la experiencia propia de lo que somos nosotros, los hijos de Dios. Entrar en la Iglesia es entrar en nuestra casa, vivir en ella es vivir en nuestro hábitat natural, en el lugar para el que estamos hechos, en el que nos podemos mover libremente pues, como dice el Padre al hijo mayor en la parábola del hijo pródigo, “todo lo mío es tuyo”. Al formar parte de la Iglesia, Dios pone a nuestro alcance todo lo suyo, hasta los más elevados bienes y los más deseados. Todo lo que hay en esta casa está a nuestra disposición: podemos dirigirnos al Padre, al Hijo, a la Madre, a los Santos… Dice Henri de Lubac para explicar este ser en la Iglesia que “podemos servirnos de la inteligencia de Santo Tomás de Aquino, del brazo de san Miguel, y del corazón de Juana de Arco y de Catalina de Siena… El heroísmo de los misioneros, la inspiración de los doctores, la generosidad de los mártires, el genio de los artistas, la oración inflamada de las clarisas y de las carmelitas, es como si fuésemos nosotros, ¡es nosotros!”.
¿Me siento en casa en la Iglesia? ¿En casa, no solamente por lo que se me ofrece, o por lo que se me cuida, sino también por cómo se me plantea crecer, avanzar, confiar…? ¿Advierto las comodidades, pero también las exigencias? ¿Vivo en esta casa, con la mirada puesta en la celeste?
Es cierto que en la vida de la Iglesia encontramos infinidad de antinomias, por las que no debemos pasar como si nada: tenemos que ver en qué nos fortalecen y en qué nos hacen dudar, cuales nos ayudan y cuales nos desaniman. Nos hablan de la santidad, pero no hacen más que saltar escándalos en la Iglesia, por no hablar de mis propios pecados; confesamos unidad, pero vamos cada uno a lo nuestro; tenemos que anunciar a los pobres, pero nos vence la tentación del éxito, la fama o el dinero; nos decimos peregrinos, pero no perdemos de vista comodidades que desearíamos en nuestro grupo o en nuestra parroquia. En ellas descubro, entonces, el sentido y el misterio de lo que es la Iglesia. En ellas descubro que el ser Iglesia no se acepta por mi iniciativa, ni por mi razón o mi cálculo, ni por mis grandes capacidades o aciertos, sino por aquel que la empezó, pues el fundamento de la Iglesia es también el fundamento de mi decisión, Jesucristo.
Así, puedo realizar el camino para pasar de las dudas a la fe, de la experiencia de separarme un poco, a la comunión; esta certeza hace decir a Pablo VI en Ecclesiam Suam: “Si logramos despertar en nosotros mismos y educar en los fieles, con profunda y vigilante pedagogía, este fortificante sentido de la Iglesia, muchas antinomias que hoy fatigan el pensamiento de los estudiosos de la eclesiología —cómo, por ejemplo, la Iglesia es visible y a la vez espiritual, cómo es libre y al mismo tiempo disciplinada, cómo es comunitaria y jerárquica, cómo siendo ya santa, siempre está en vías de santificación, cómo es contemplativa y activa, y así en otras cosas— serán prácticamente dominadas y resueltas en la experiencia, iluminada por la doctrina, por la realidad viviente de la Iglesia misma; pero, sobre todo, logrará ella un resultado, muy importante, el de una magnífica espiritualidad, alimentada por la piadosa lectura de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, y con cuanto contribuye a suscitar en ella esa conciencia. Nos referimos a la catequesis cuidadosa y sistemática, a la participación en la admirable escuela de palabras, de signos y de divinas efusiones que es la sagrada liturgia, a la meditación silenciosa y ardiente de las verdades divinas y, finalmente, a la entrega generosa a la oración contemplativa”.
¿Las experiencias de cada día en la Iglesia, me fortalecen en mi ser Iglesia, no a pesar de las cosas, sino como parte de mi propio ser? ¿Reconozco la necesidad de profundizar en la naturaleza propia de la Iglesia, por sus relaciones, para afianzar mi fe y mis razones para creer? ¿Reacciono serenamente a las dificultades en la Iglesia, o lo llevo a un nivel personal donde es más difícil creer?
Y es que, así llegamos a otro punto a meditar en este sentido de Iglesia: no podemos ser cristianos sin la Iglesia, pero entendiendo bien a esta. La Iglesia no es una casa de habitaciones individuales, donde yo tengo la mía y nadie me molesta o me afecta, donde yo hago sin más. El riesgo de primar lo individual desvirtúa el ser de la Iglesia, mientras que el sentido de Iglesia fortalece la colectividad, el ser parte de un cuerpo. La casa del Señor es la casa de todos, en la que necesito a todos, no en la que los otros me importunan: todos necesitamos estar aquí y nos necesitamos aquí.
El sentido de Iglesia se enfrenta a las tentaciones del individualismo o del emotivismo, en nuestro grupo, en nuestras actividades, en la liturgia. No estoy aquí porque sienta algo, porque haya vivido algo sólo para mí, o a pesar de otros. El Señor nos llama a un misterio de comunión. El sentido de Iglesia hace que yo, o mi grupo, o mi asociación, o mi centro, nunca vayan al margen de la parroquia, de la Iglesia, se aíslen o se planteen objetivos al margen del resto.
¿Vivo la celebración eclesial como puerta abierta a todos, o donde otros me estorban, mejor que no estén? ¿Pongo por encima lo que siento de lo que creo? ¿Me sé agarrar, ante esa tentación, a la objetividad de la fe y la enseñanza de la Iglesia, o me dejo llevar por la comodidad de lo sentimental o lo privado? ¿Qué valoro más: lo que me toca el corazón, o lo que la Iglesia me enseña y ofrece? ¿Me dejo guiar por ese sentido de Iglesia para guiar a otros, o lo aparco para ganar a otros a mi causa?.
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- miércoles, enero 09, 2019
Enero 2019
Sentido de Iglesia
Uno de los elementos cruciales a la hora de poder seguir a Jesucristo en la vida es la relación que se establece con su cuerpo, con la Iglesia. Entender bien esa relación nos hará crecer ante cualquier circunstancia que nos suceda, mientras que una relación equivocada puede hacer mucho daño incluso en las horas más felices de seguimiento del Señor. Por eso, el sentido de Iglesia permite al creyente afrontar la vida como cristiano, y hacerlo con la certeza de estar fortaleciendo el vínculo con el Señor y con aquellos que Él ha elegido como hermanos suyos.
En la Acción Católica, este don es un carisma propio: es lógico que sea así, en una asociación en la que los laicos buscan, organizadamente, de la mano de sus pastores, vivir el Reino en medio del mundo. Lo es porque este sentido de Iglesia sitúa la prioridad del seguimiento no tanto en la individualidad de la persona, como en el Cuerpo al que uno pertenece. Desde aquellos primeros discípulos que, en el evangelio de Juan, como hemos escuchado estos días pasados en los evangelios de Navidad, le preguntan al Maestro dónde vive, podemos entender que la relación que le proponen él la lleva al ámbito de la convivencia, de su ser social, de un cristianismo vivido en comunión.
Esto es muy interesante porque, en la vida de la Iglesia, tenemos la tentación constante de, aun con buena voluntad, hacer girar las cosas alrededor de nosotros mismos… y no es así, en la Iglesia no hago porque primero yo lo decido, sino que hago primero porque he recibido una llamada a ello. En la vida de la Iglesia, la prioridad es eclesial, porque yo me entiendo desde esa relación. Los discípulos de Jesús pueden entrar en su casa y ver donde vive no porque ellos pregunten, sino porque Él les invita a ir y quedarse, que es lo mismo que decir que Dios se revela no porque el hombre lo haya encontrado, sino porque Él se ha acercado a nosotros. La prioridad es una llamada: por eso, yo no decido dar catequesis, llevar el coro, hacer las cuentas de la parroquia como algo mío, sino porque la Iglesia así me lo ha ofrecido. Igualmente, yo no soy quien decido cómo cree, cómo celebra, o cómo vive el cristiano su vida: es siempre Cristo el que ilumina y, como buen pastor, propone, por medio de la Iglesia, cómo hacer. Así, la importancia de vivir formado, de seguir aprendiendo, de trabajar el corazón como órgano que busca la comunión, se acrecienta en la medida en la que lo hace mi compromiso eclesial. El sentido de Iglesia me guía para ordenar mi fe, y para reconocerla cuando se plantea adecuadamente o cuando no.
¿Reconozco la prioridad de Dios en mi vida en la Iglesia, en mi participación concreta en la parroquia? ¿O creo que nace de mi corazón generoso? ¿Creo que mi actitud es una respuesta a una llamada de Dios o a un tiempo que me sobra, o no? ¿Veo la delicadeza y el interés de Dios, que me llama y sabe a qué, para cada día o para siempre?
Por eso, si tomamos Juan 1 como referencia, veremos que el Maestro, el Hijo de Dios, tiene su casa, y que en esa casa celeste que abandona para hacerse carne, es donde quiere invitarnos a vivir a nosotros, a partir de una comunión preciosa con Él aquí, en nuestra vida, en la Iglesia. Puede ser una bonita experiencia profundizar en el retiro con el hecho de haber sido invitados a vivir en la Iglesia, a formar parte de ella, de su ser y de su hacer, a vivir en la Iglesia no como una estancia sin más, sino como una estancia en la que compartir la vida y la llamada que hemos recibido, que un día alguien nos ofreció –o que tantas veces nos es ofrecida-, en la Iglesia.
De hecho, esta es la experiencia propia de lo que somos nosotros, los hijos de Dios. Entrar en la Iglesia es entrar en nuestra casa, vivir en ella es vivir en nuestro hábitat natural, en el lugar para el que estamos hechos, en el que nos podemos mover libremente pues, como dice el Padre al hijo mayor en la parábola del hijo pródigo, “todo lo mío es tuyo”. Al formar parte de la Iglesia, Dios pone a nuestro alcance todo lo suyo, hasta los más elevados bienes y los más deseados. Todo lo que hay en esta casa está a nuestra disposición: podemos dirigirnos al Padre, al Hijo, a la Madre, a los Santos… Dice Henri de Lubac para explicar este ser en la Iglesia que “podemos servirnos de la inteligencia de Santo Tomás de Aquino, del brazo de san Miguel, y del corazón de Juana de Arco y de Catalina de Siena… El heroísmo de los misioneros, la inspiración de los doctores, la generosidad de los mártires, el genio de los artistas, la oración inflamada de las clarisas y de las carmelitas, es como si fuésemos nosotros, ¡es nosotros!”.
¿Me siento en casa en la Iglesia? ¿En casa, no solamente por lo que se me ofrece, o por lo que se me cuida, sino también por cómo se me plantea crecer, avanzar, confiar…? ¿Advierto las comodidades, pero también las exigencias? ¿Vivo en esta casa, con la mirada puesta en la celeste?
Es cierto que en la vida de la Iglesia encontramos infinidad de antinomias, por las que no debemos pasar como si nada: tenemos que ver en qué nos fortalecen y en qué nos hacen dudar, cuales nos ayudan y cuales nos desaniman. Nos hablan de la santidad, pero no hacen más que saltar escándalos en la Iglesia, por no hablar de mis propios pecados; confesamos unidad, pero vamos cada uno a lo nuestro; tenemos que anunciar a los pobres, pero nos vence la tentación del éxito, la fama o el dinero; nos decimos peregrinos, pero no perdemos de vista comodidades que desearíamos en nuestro grupo o en nuestra parroquia. En ellas descubro, entonces, el sentido y el misterio de lo que es la Iglesia. En ellas descubro que el ser Iglesia no se acepta por mi iniciativa, ni por mi razón o mi cálculo, ni por mis grandes capacidades o aciertos, sino por aquel que la empezó, pues el fundamento de la Iglesia es también el fundamento de mi decisión, Jesucristo.
Así, puedo realizar el camino para pasar de las dudas a la fe, de la experiencia de separarme un poco, a la comunión; esta certeza hace decir a Pablo VI en Ecclesiam Suam: “Si logramos despertar en nosotros mismos y educar en los fieles, con profunda y vigilante pedagogía, este fortificante sentido de la Iglesia, muchas antinomias que hoy fatigan el pensamiento de los estudiosos de la eclesiología —cómo, por ejemplo, la Iglesia es visible y a la vez espiritual, cómo es libre y al mismo tiempo disciplinada, cómo es comunitaria y jerárquica, cómo siendo ya santa, siempre está en vías de santificación, cómo es contemplativa y activa, y así en otras cosas— serán prácticamente dominadas y resueltas en la experiencia, iluminada por la doctrina, por la realidad viviente de la Iglesia misma; pero, sobre todo, logrará ella un resultado, muy importante, el de una magnífica espiritualidad, alimentada por la piadosa lectura de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, y con cuanto contribuye a suscitar en ella esa conciencia. Nos referimos a la catequesis cuidadosa y sistemática, a la participación en la admirable escuela de palabras, de signos y de divinas efusiones que es la sagrada liturgia, a la meditación silenciosa y ardiente de las verdades divinas y, finalmente, a la entrega generosa a la oración contemplativa”.
¿Las experiencias de cada día en la Iglesia, me fortalecen en mi ser Iglesia, no a pesar de las cosas, sino como parte de mi propio ser? ¿Reconozco la necesidad de profundizar en la naturaleza propia de la Iglesia, por sus relaciones, para afianzar mi fe y mis razones para creer? ¿Reacciono serenamente a las dificultades en la Iglesia, o lo llevo a un nivel personal donde es más difícil creer?
Y es que, así llegamos a otro punto a meditar en este sentido de Iglesia: no podemos ser cristianos sin la Iglesia, pero entendiendo bien a esta. La Iglesia no es una casa de habitaciones individuales, donde yo tengo la mía y nadie me molesta o me afecta, donde yo hago sin más. El riesgo de primar lo individual desvirtúa el ser de la Iglesia, mientras que el sentido de Iglesia fortalece la colectividad, el ser parte de un cuerpo. La casa del Señor es la casa de todos, en la que necesito a todos, no en la que los otros me importunan: todos necesitamos estar aquí y nos necesitamos aquí.
El sentido de Iglesia se enfrenta a las tentaciones del individualismo o del emotivismo, en nuestro grupo, en nuestras actividades, en la liturgia. No estoy aquí porque sienta algo, porque haya vivido algo sólo para mí, o a pesar de otros. El Señor nos llama a un misterio de comunión. El sentido de Iglesia hace que yo, o mi grupo, o mi asociación, o mi centro, nunca vayan al margen de la parroquia, de la Iglesia, se aíslen o se planteen objetivos al margen del resto.
¿Vivo la celebración eclesial como puerta abierta a todos, o donde otros me estorban, mejor que no estén? ¿Pongo por encima lo que siento de lo que creo? ¿Me sé agarrar, ante esa tentación, a la objetividad de la fe y la enseñanza de la Iglesia, o me dejo llevar por la comodidad de lo sentimental o lo privado? ¿Qué valoro más: lo que me toca el corazón, o lo que la Iglesia me enseña y ofrece? ¿Me dejo guiar por ese sentido de Iglesia para guiar a otros, o lo aparco para ganar a otros a mi causa?.
2 de diciembre de 2018
Retiros, Retiros 18-19
La llamada universal a la santidad
NOTAS PARA EL RETIRO
Diciembre 2018
Hace sólo unos meses que el Papa Francisco ha publicado, para toda la Iglesia, una exhortación, Gaudete et Exsultate, con la que vuelve a poner en el centro de la vida de la Iglesia la llamada a la santidad: “Sed santos pues vuestro Dios es santo”. A partir de aquí, pretendemos acercarnos con el retiro de este mes a una revisión de aquellos aspectos que, aparecidos en la exhortación, son considerados principales para la vivencia de la santidad que ya se nos ha dado, para que germinen.
Lógicamente, el punto de partida en una reflexión sobre la santidad ha de ser nuestro bautismo. En el bautismo recibimos el don del Espíritu Santo, que nos santifica, nos hace santos, transformándonos a la manera de Dios. Dice el Papa: “Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida” (GE 15). A Dios hay que dejarle hacer, porque así nos ha constituido, nos ha hecho criaturas nuevas, por el bautismo. Aprender a dejar hacer a Dios en nuestra vida es necesario para poder vivir una vida santa. Ante la tentación de querer llevarle por donde nosotros queremos, por donde más nos apetece o como más nos gusta que salgan las cosas, para nosotros es esencial, en un camino de santidad, reconocer que Dios va haciendo nuestra vida, nos parezca exitosa o de fracaso en fracaso: Él nos va construyendo, y así tenemos que aceptar que cambie nuestros criterios y gustos por los suyos.
Precisamente por eso, y también en relación con el bautismo, dice el Papa: “No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica»” (GE 174). Esto significa que la cruz de Cristo, con la que fuimos configurados en el bautismo, no es solamente un signo, sino que es una decisión constante en nuestra vida. El cristiano que busca la santidad no busca triunfar, busca la cruz de Cristo; no busca su propia voluntad, sino la de Cristo en la cruz; no busca que los demás le agradezcan, aplaudan, busquen… sino la soledad y obediencia de la cruz. Esto se hace especialmente duro en muchas circunstancias: solo la gracia del Espíritu Santo capacita para aceptarlo, para vivirlo, para no buscar escapatorias piadosas y disfrazarlas de vida santa.
¿Hago memoria frecuente de mi bautismo? ¿Qué peso tiene la memoria de mi bautismo en mis decisiones? ¿Aparece en el horizonte de mis decisiones, de mis renuncias, de mis aceptaciones, la santidad? ¿Voy al encuentro del Señor que viene buscando decisiones propias de esa santidad?
La fuente de la vida cristiana, de una vida santa, es sacramental: el don de Dios. Recibimos sobre todo dos sacramentos a los que nos acercamos ahora, la penitencia y la eucaristía. Esta, sin ir más lejos, tiene que permitir al creyente hacer experiencia de formar parte de una comunidad, y desde ella, sentirse llamado a la misión. “Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera” (GE 142). La santidad no se vive al margen de la comunidad: en la propia esencia de la eucaristía está el vincular con la comunidad cristiana, su carácter eclesial, el deseo de que todos formen parte de esa unidad, de ese Cuerpo, de sentirnos bien en la Iglesia, no al margen de otros, o especial frente a otros, o más o menos digno que otros. Solamente desde la entraña misma de la comunidad se entiende el querer contar lo que se vive: sin ese ser en la Iglesia, en la comunidad, la misión es un mandato externo, una impostura fugaz.
Para que esta experiencia se entienda bien, no al margen de Dios, como un grupo de gente que se reúne sin más, sino convocados por el Señor, uno tiene que escuchar la Palabra de Dios: es la diferencia entre una vivencia de la fe en la que se revive la llamada bautismal, o una vivencia sin historia, casual, propia del momento. La escucha del a Palabra nos sitúa en la lógica del don, propia de la santidad; sin esa Palabra, la santidad es un deseo ideal pero subjetivo. Pero la Palabra de Dios nos anima, nos consuela, nos fortalece, nos descubre nuestra debilidad, y nos acerca al sacramento de la penitencia, donde mostrando ante Dios lo que Él ya ve, Él nos concede el perdón que trae: ser reconciliados por Cristo en la Iglesia, en la celebración eclesial, es experimentar la muerte y resurrección, es entrar en su misterio salvador. Es una experiencia necesaria, que bien vivida ayuda a crecer en la santidad de Dios.
¿Qué lugar tiene la Palabra de Dios en mi vida? ¿Acepto dedicarle un tiempo, o me parece tiempo secundario, que no tengo, que no hace falta? El peligro con respecto a los dones de Dios es pensar que sin ellos no pasa nada: justo eso es lo que pasa si nos falta, nada. Aunque creamos que sí: ¿Vivo eucaristía y penitencia desde la Palabra de Dios? ¿Me intereso por aprender más sobre estos sacramentos y vivirlos en el seno de la Iglesia?
Este sería el siguiente punto a mirar: la santidad es un don de Dios a su Iglesia. Al entrar a formar parte del Cuerpo de Cristo, recibimos de ese don que nos transforma. No hay santidad que nos aleje de la Iglesia, que nos tiente a ir al margen de los otros cristianos, pecadores, por otro lado, como yo. Por eso dice el Papa: “Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos. La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado»” (GE 140.142). El cristiano que desea ser santo entiende su participación en las diversas actividades no como una carga que la Iglesia me pone, no como un cambio por poder hacer luego lo que yo quiera.
Lo mismo sucede con nuestras relaciones eclesiales: son consecuencia de mi ser en el Cuerpo. No nacen de querer ser importante o ser reconocido por otros. Jesús les dice a los discípulos claramente en el evangelio que “el que quiera ser el primero de todos, sea el último de todos y el servidor de todos”. La santidad pasa también, entonces, por querer ser miembro del Cuerpo de Cristo y que, en lo que yo haga, no se me vea a mí, sino a mí en el Cuerpo de Cristo. Nuestras relaciones, entonces, no buscan realzarnos, darnos importancia, ser tenidos en cuenta, sino aportar al bien del Cuerpo, a veces a la vista, a veces escondidos. La individualidad y sus fines se oponen a la santidad y los suyos, por este ser eclesial de la santidad.
¿Qué actividades desempeño en el servicio a la Iglesia? ¿Quién las ha decidido o quién me las ha propuesto? ¿Las llevo con gusto? ¿Sería capaz de cederlas hoy mismo a otro compañero, si así mi párroco, mi obispo, me lo pidieran? ¿Agradezco la compañía de la Iglesia, o busco distanciarme de los que no son como yo, de los que no me apoyan, de los que me parecen peores?
Por último, podemos echar un vistazo a algunas de esas actitudes que el Papa señala como necesarias para llevar a cabo ese camino de santidad: es necesario transitar por ellas, pues si no pasamos por ellas, habremos equivocado el final y también la dirección. La paciencia, aguante y mansedumbre de las que habla el Papa son actitudes sin las que el cristiano difícilmente puede afrontar y aceptar el misterio de la cruz, pues Cristo mismo, ante la Pasión, ha mostrado el amor por los hombres así, como paciencia, aguante y mansedumbre. Esa capacidad para no desanimarse ante lo que se revuelve, ante el mal que nos rodea, ni volviéndonos sarcásticos ni vanidosos, sino pobres, confiados en la fuerza y el poder de Dios, se convierte en un arma poderosa: pone en comunión con Dios y deja actuar al Espíritu Santo ampliamente en nuestras respuestas, en nuestras decisiones… conviene ver cómo afrontamos las contrariedades de la vida, en la familia, en la Iglesia, en el lugar de trabajo.
Para que esa mansedumbre sea verdadera y no sea producto de una actitud pusilánime, de perfil bajo, se debe ver acompañada de otras dos actitudes que dice el Papa: la alegría, pues uno sabe en quién mantiene la confianza en todo momento, y la valentía, pues nuestra suerte, ni en el éxito ni en el fracaso, deja de estar en manos del Señor. Él nos guía, por el Espíritu recibido en el bautismo.
¿Examino mi actitud ante los reveses de cada día? ¿Puedo asemejar mi actitud a la de Cristo? ¿Recuerdo aquello de que “el grano de trigo da fruto abundante cuando cae en tierra y muere”? ¿Espero en el Señor? ¿Aprendo a esperar en el Señor? ¿Espero implicándome más, o lavándome las manos ante las situaciones injustas de la vida?.
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- domingo, diciembre 02, 2018
Diciembre 2018
La llamada universal a la santidad
Hace sólo unos meses que el Papa Francisco ha publicado, para toda la Iglesia, una exhortación, Gaudete et Exsultate, con la que vuelve a poner en el centro de la vida de la Iglesia la llamada a la santidad: “Sed santos pues vuestro Dios es santo”. A partir de aquí, pretendemos acercarnos con el retiro de este mes a una revisión de aquellos aspectos que, aparecidos en la exhortación, son considerados principales para la vivencia de la santidad que ya se nos ha dado, para que germinen.
Lógicamente, el punto de partida en una reflexión sobre la santidad ha de ser nuestro bautismo. En el bautismo recibimos el don del Espíritu Santo, que nos santifica, nos hace santos, transformándonos a la manera de Dios. Dice el Papa: “Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida” (GE 15). A Dios hay que dejarle hacer, porque así nos ha constituido, nos ha hecho criaturas nuevas, por el bautismo. Aprender a dejar hacer a Dios en nuestra vida es necesario para poder vivir una vida santa. Ante la tentación de querer llevarle por donde nosotros queremos, por donde más nos apetece o como más nos gusta que salgan las cosas, para nosotros es esencial, en un camino de santidad, reconocer que Dios va haciendo nuestra vida, nos parezca exitosa o de fracaso en fracaso: Él nos va construyendo, y así tenemos que aceptar que cambie nuestros criterios y gustos por los suyos.
Precisamente por eso, y también en relación con el bautismo, dice el Papa: “No se discierne para descubrir qué más le podemos sacar a esta vida, sino para reconocer cómo podemos cumplir mejor esa misión que se nos ha confiado en el Bautismo, y eso implica estar dispuestos a renuncias hasta darlo todo. Porque la felicidad es paradójica y nos regala las mejores experiencias cuando aceptamos esa lógica misteriosa que no es de este mundo, como decía san Buenaventura refiriéndose a la cruz: «Esta es nuestra lógica»” (GE 174). Esto significa que la cruz de Cristo, con la que fuimos configurados en el bautismo, no es solamente un signo, sino que es una decisión constante en nuestra vida. El cristiano que busca la santidad no busca triunfar, busca la cruz de Cristo; no busca su propia voluntad, sino la de Cristo en la cruz; no busca que los demás le agradezcan, aplaudan, busquen… sino la soledad y obediencia de la cruz. Esto se hace especialmente duro en muchas circunstancias: solo la gracia del Espíritu Santo capacita para aceptarlo, para vivirlo, para no buscar escapatorias piadosas y disfrazarlas de vida santa.
¿Hago memoria frecuente de mi bautismo? ¿Qué peso tiene la memoria de mi bautismo en mis decisiones? ¿Aparece en el horizonte de mis decisiones, de mis renuncias, de mis aceptaciones, la santidad? ¿Voy al encuentro del Señor que viene buscando decisiones propias de esa santidad?
La fuente de la vida cristiana, de una vida santa, es sacramental: el don de Dios. Recibimos sobre todo dos sacramentos a los que nos acercamos ahora, la penitencia y la eucaristía. Esta, sin ir más lejos, tiene que permitir al creyente hacer experiencia de formar parte de una comunidad, y desde ella, sentirse llamado a la misión. “Compartir la Palabra y celebrar juntos la Eucaristía nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera” (GE 142). La santidad no se vive al margen de la comunidad: en la propia esencia de la eucaristía está el vincular con la comunidad cristiana, su carácter eclesial, el deseo de que todos formen parte de esa unidad, de ese Cuerpo, de sentirnos bien en la Iglesia, no al margen de otros, o especial frente a otros, o más o menos digno que otros. Solamente desde la entraña misma de la comunidad se entiende el querer contar lo que se vive: sin ese ser en la Iglesia, en la comunidad, la misión es un mandato externo, una impostura fugaz.
Para que esta experiencia se entienda bien, no al margen de Dios, como un grupo de gente que se reúne sin más, sino convocados por el Señor, uno tiene que escuchar la Palabra de Dios: es la diferencia entre una vivencia de la fe en la que se revive la llamada bautismal, o una vivencia sin historia, casual, propia del momento. La escucha del a Palabra nos sitúa en la lógica del don, propia de la santidad; sin esa Palabra, la santidad es un deseo ideal pero subjetivo. Pero la Palabra de Dios nos anima, nos consuela, nos fortalece, nos descubre nuestra debilidad, y nos acerca al sacramento de la penitencia, donde mostrando ante Dios lo que Él ya ve, Él nos concede el perdón que trae: ser reconciliados por Cristo en la Iglesia, en la celebración eclesial, es experimentar la muerte y resurrección, es entrar en su misterio salvador. Es una experiencia necesaria, que bien vivida ayuda a crecer en la santidad de Dios.
¿Qué lugar tiene la Palabra de Dios en mi vida? ¿Acepto dedicarle un tiempo, o me parece tiempo secundario, que no tengo, que no hace falta? El peligro con respecto a los dones de Dios es pensar que sin ellos no pasa nada: justo eso es lo que pasa si nos falta, nada. Aunque creamos que sí: ¿Vivo eucaristía y penitencia desde la Palabra de Dios? ¿Me intereso por aprender más sobre estos sacramentos y vivirlos en el seno de la Iglesia?
Este sería el siguiente punto a mirar: la santidad es un don de Dios a su Iglesia. Al entrar a formar parte del Cuerpo de Cristo, recibimos de ese don que nos transforma. No hay santidad que nos aleje de la Iglesia, que nos tiente a ir al margen de los otros cristianos, pecadores, por otro lado, como yo. Por eso dice el Papa: “Es muy difícil luchar contra la propia concupiscencia y contra las asechanzas y tentaciones del demonio y del mundo egoísta si estamos aislados. Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad, la claridad interior, y sucumbimos. La comunidad está llamada a crear ese «espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado»” (GE 140.142). El cristiano que desea ser santo entiende su participación en las diversas actividades no como una carga que la Iglesia me pone, no como un cambio por poder hacer luego lo que yo quiera.
Lo mismo sucede con nuestras relaciones eclesiales: son consecuencia de mi ser en el Cuerpo. No nacen de querer ser importante o ser reconocido por otros. Jesús les dice a los discípulos claramente en el evangelio que “el que quiera ser el primero de todos, sea el último de todos y el servidor de todos”. La santidad pasa también, entonces, por querer ser miembro del Cuerpo de Cristo y que, en lo que yo haga, no se me vea a mí, sino a mí en el Cuerpo de Cristo. Nuestras relaciones, entonces, no buscan realzarnos, darnos importancia, ser tenidos en cuenta, sino aportar al bien del Cuerpo, a veces a la vista, a veces escondidos. La individualidad y sus fines se oponen a la santidad y los suyos, por este ser eclesial de la santidad.
¿Qué actividades desempeño en el servicio a la Iglesia? ¿Quién las ha decidido o quién me las ha propuesto? ¿Las llevo con gusto? ¿Sería capaz de cederlas hoy mismo a otro compañero, si así mi párroco, mi obispo, me lo pidieran? ¿Agradezco la compañía de la Iglesia, o busco distanciarme de los que no son como yo, de los que no me apoyan, de los que me parecen peores?
Por último, podemos echar un vistazo a algunas de esas actitudes que el Papa señala como necesarias para llevar a cabo ese camino de santidad: es necesario transitar por ellas, pues si no pasamos por ellas, habremos equivocado el final y también la dirección. La paciencia, aguante y mansedumbre de las que habla el Papa son actitudes sin las que el cristiano difícilmente puede afrontar y aceptar el misterio de la cruz, pues Cristo mismo, ante la Pasión, ha mostrado el amor por los hombres así, como paciencia, aguante y mansedumbre. Esa capacidad para no desanimarse ante lo que se revuelve, ante el mal que nos rodea, ni volviéndonos sarcásticos ni vanidosos, sino pobres, confiados en la fuerza y el poder de Dios, se convierte en un arma poderosa: pone en comunión con Dios y deja actuar al Espíritu Santo ampliamente en nuestras respuestas, en nuestras decisiones… conviene ver cómo afrontamos las contrariedades de la vida, en la familia, en la Iglesia, en el lugar de trabajo.
Para que esa mansedumbre sea verdadera y no sea producto de una actitud pusilánime, de perfil bajo, se debe ver acompañada de otras dos actitudes que dice el Papa: la alegría, pues uno sabe en quién mantiene la confianza en todo momento, y la valentía, pues nuestra suerte, ni en el éxito ni en el fracaso, deja de estar en manos del Señor. Él nos guía, por el Espíritu recibido en el bautismo.
¿Examino mi actitud ante los reveses de cada día? ¿Puedo asemejar mi actitud a la de Cristo? ¿Recuerdo aquello de que “el grano de trigo da fruto abundante cuando cae en tierra y muere”? ¿Espero en el Señor? ¿Aprendo a esperar en el Señor? ¿Espero implicándome más, o lavándome las manos ante las situaciones injustas de la vida?.
4 de noviembre de 2018
Retiros, Retiros 18-19
La Iglesia como sacramento
NOTAS PARA EL RETIRO
Noviembre 2018
Desde aquel primer domingo junto al resucitado, en el que los dos de Emaús comprendieron que la eucaristía les vinculaba directamente con el grupo de la primera comunidad, la primitiva Iglesia, no hay posibilidad de entender la eucaristía fuera del ámbito eclesial. Y, al contrario: sólo dentro de la Iglesia tiene sentido acercarse al alimento eucarístico. El pasaje de los discípulos de Emaús (Lc 24) puede servirnos para la oración de esta tarde, pues ya en aquellos estaba la Iglesia, pues fueron invitados a la mesa del Señor cuando, “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista” (Lc 24, 31-32). La experiencia espiritual de la Iglesia nos ha hecho entender que acercarse a la mesa del Señor debe hacerse con una preparación en la escucha y explicación de la Palabra divina, y esa preparación tiene por contenido reconocer la presencia del Señor en el alimento y en la Iglesia que lo entrega. En ambas. La comunión se establece en el alimento con el Señor y con la Iglesia que lo prepara y recibe.
¿Experimento, cuando comulgo, la comunión con toda la Iglesia, o vivo la comunión como algo íntimo y personal? ¿Reconozco en mi “Amén”, un sí no solamente dado a Jesucristo, sino también a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo? ¿Es mi deseo, como miembro de la Iglesia que comulga, responder al Señor “Amén”, y junto con Él a la Iglesia y a sus necesidades?
Tal y como explica Henri de Lubac en su Meditación sobre la Iglesia, análogamente a como Jesucristo es el sacramento del Padre, así la Iglesia es sacramento de Jesucristo. Así como su humanidad le sirve al Hijo para comunicar la vida divina, también a la Iglesia su humanidad le sirve para comunicar la gracia de la divinidad que recibe por el Hijo. Es por eso que, al ser signo de otro ser, de algo diferente, ha de ser atravesado totalmente, ha de ser aceptado y superado en camino hacia el ser divino con el que comunica, al que hace referencia. Además, al tener esa relación esencial con el ser de Dios, no puede ser rechazado de ninguna manera, pues rechazar al signo es rechazar aquel con el que se relaciona. La Iglesia, entonces, ha sido fundada por Jesucristo para comunicar a los hombres la voluntad y la gracia del Padre, y de esa manera unir a los hombres con Dios. Cuando Jesús advierte a los suyos en el evangelio de que “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14), no solamente advierte de su ser sacramento, sino también de aquello en lo que se convierte quien se ha comunicado con el Hijo por medio de la Iglesia.
Esto es la Iglesia en su esencia, esto es lo que, por encima de cualquier otra cosa, debemos buscar en ella cuando participamos en su vida de caridad, o en su vida sacramental, o recibimos de ella formación. Que nos comunique al Padre, que tengamos la certeza de estar entrando en el misterio que Dios ha fundado para vivir verdaderamente con Él, alejados de todo subjetivismo o de toda invención humana. La tarea de la Iglesia es, entonces, representar a ese grupo de los pocos por los que Dios quiere salvar a los muchos. Y así, cuando se habla desde antiguo de la necesidad de la Iglesia para la salvación, o de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, podemos entender bien que se refiere a que toda salvación viene por Jesucristo, e inseparablemente, por aquellos que han aceptado el don de Cristo, esto es, la comunidad de la Iglesia.
¿Reconozco el ser de la Iglesia y su autoridad como originada en Cristo, no en el deseo de hombres? ¿Cómo me resulta más fácil reconocer la acción de Dios? ¿En qué acciones de la Iglesia vivo mejor el ser comunicación objetiva de Dios a nosotros? ¿Cuáles son las mayores dificultades que me encuentro para confiar en ella? ¿Cómo las supero?
Es cierto que la religiosidad de nuestros tiempos es especialmente antiinstitucional, que rechaza todo lo que pueda parecer organizado y autoritario, cualquier forma de orden instituido y que venga de fuera, y que se apoya fundamentalmente en una espiritualidad subjetiva, sentimentalista. Así, la tentación de la intimidad como criterio básico de relación con Dios es muy fuerte: el individualismo, al margen del sacramento de la Iglesia, al margen de su objetiva enseñanza, organización y gracia, invita a “construir” una relación con Dios en lo profundo del ser, como pura interioridad.
Sin embargo, en el sacramento de la Iglesia hay visibilidad, hay objetividad, hay una comunión que llamamos eclesial propiciada no por nuestra tarea, sino por el don del Espíritu Santo, el consolador enviado por el Hijo. Así, podemos decir que la Iglesia no estorba a la buscada intimidad, sino que más bien la asegura, porque la crea en el espacio que Dios ha dispuesto para ello, y no en el que fuerza el hombre. Ante la tentación del vacío, de los dioses falsos, de la apariencia, la Iglesia está unida a Cristo porque ha sido llamada a permanecer en Cristo como Cristo permanece en el Padre (Jn 15) y, por lo tanto, a crear una relación más allá de lo que por nosotros podemos conseguir. Cuando el hombre tiene la tentación de salir del sacramento, de construir esa relación más allá del ámbito eclesial en el que el Hijo ha establecido esa relación, el riesgo grande es acabar fuera de la comunión con Cristo y con el Padre. Es cierto que el desánimo, o, al contrario, un ánimo descontrolado, que la belleza de la Iglesia o su pecado y escándalo, pueden hacernos pensar que no necesitamos de su ayuda, y, sin embargo, solamente volviendo a las palabras del Señor entendemos que la relación con Él pasa por nuestro ser en ella.
¿Vivo mi fe en el Señor de forma demasiado desencarnada por momentos, abstracta, sin concretar mi ofrenda? ¿Me desmarco de la Iglesia en lo que no me gusta o la defiendo como mi madre, como la que me une a Dios? ¿Experimento el escándalo dentro del misterio, lo acojo con humilde deseo de comunión? ¿Qué lugar tienen los sacramentos en mi vida, cómo me transforman y me vinculan más a mi comunidad parroquial?
Pero el hecho de fijarnos en la sacramentalidad de la Iglesia, nos permite también tomar conciencia de que lo concreto hace referencia a una comunidad, a una diócesis. La celebración de la eucaristía, sin ir más lejos, manifiesta la comunión que se da entre los miembros de la Iglesia, pero en una comunidad concreta. Así, los antiguos entendían que cada cual pertenece a la comunidad en la que comulga. La comunión sacramental era signo, y más aún, causa eficiente, de la comunión en la comunidad de la Iglesia. Existe un vínculo entre el que comulga y, no solamente el obispo y el papa que han sido nombrados en la misma celebración, sino con la comunidad que confiesa en un determinado lugar su fe y la muestra comulgando.
La palabra “sacramento” significa así que Dios no quiere ser el sujeto exclusivo de la salvación, sino que quiere necesitar a la Iglesia de tal modo que esta no sea solamente un instrumento pasivo, un elemento simbólico, sino quien contraiga la alianza para la mediación de salvación del Señor en un determinado lugar, en unas determinadas condiciones históricas, en un determinado tiempo. Esta concreción histórica ha de ser también muy práctica para nosotros, que podemos preguntarnos:
¿Cómo es mi implicación en la celebración eucarística en la que participo, cada día, o cada domingo? ¿Entiendo que, más allá de mis gustos o de mi intervención, participar en una eucaristía en concreto, me une con una comunidad? ¿Se convierte esa comunión que recibo, esa comunidad que me acoge, en parte de mi vida, de mi oración, de mi vida de fe? ¿Vivo la llamada a comulgar como una llamada a ser parte de la comunidad parroquial y de la comunidad diocesana? ¿Estoy disponible para colaborar si somos pocos, si otros no quieren participar, tanto si ayudan como si no?
El protagonista de esa comunión es siempre el don del Espíritu: con la efusión del Espíritu Santo, la constitución de la Iglesia y de su ser sacramental están completos. La Iglesia es el testigo directo que manifiesta que los tiempos de Cristo son también los tiempos del Espíritu. Por su acción, Cristo es glorificado y la Alianza entre Dios y nosotros nos santifica.
Esa unidad entre el Hijo y el Espíritu que se vive en la Iglesia nos lleva a repetir con san Juan Crisóstomo: “¡No te separes de la Iglesia! Ningún poder tiene su fuerza. Tu esperanza es la Iglesia. Tu salud es la Iglesia. Tu refugio es la Iglesia. Ella es más alta que el cielo y más dilatada que la tierra. Ella nunca envejece: su vigor es eterno”. Ciertamente, uno puede experimentar en ella el desánimo, la decepción y la incomprensión; puede experimentar incluso la persecución, pero esta, lo sabemos bien, ya nos enseña el Señor en las bienaventuranzas, une profundamente con Él. Es un proceso de configuración con Cristo que reclama, en todo momento, ejercicio maduro de discernimiento, para no estar remando equivocadamente y confiando en nuestras fuerzas más que en el Señor. La paciencia y el silencio amoroso, lejos de separarnos del Señor y de su Iglesia, nos configuran profundamente con Él y la hacen crecer en el amor a ella, con lo que siempre serán buenas compañeras de peregrinación.
¿Pido el don del Espíritu Santo para discernir cuando difiero de la Iglesia? ¿Pregunto, no para crecer en mi convicción, sino para crecer en la comunión con la verdad de Cristo? ¿Sé pasar de lo invisible del Espíritu a lo visible de su acción en la Iglesia? ¿Con quién puedo decir que cuento para que me enseñe los caminos del Espíritu, no según mi gusto sino según el evangelio?
Ciertamente, en ese camino de vivencia de la fe de la Iglesia, a veces de dificultades, también existen luces que pueden llegar incluso a deslumbrarnos, como puede suceder cuando uno conoce la grandeza de la humanidad creyente, o su orden estructural, o su conservación milenaria, o la herencia helena y romana, su impulso a las artes, la belleza de su liturgia o su profunda influencia en tantas civilizaciones...
Sin embargo, en esas situaciones es necesario no dejarse llevar por lo que es mérito humano, todo con un fin temporal, y admirarse por lo que es misterio de la fe, auténtico mérito divino. Así evitaremos toda tentación de desviación, de apoyarnos en las causas puramente personales. Ciertamente, Jesucristo se ha hecho visible en la historia, y eso nos pone a nosotros ante la tentación de las facilidades que nos ofrece lo concreto y visible, pero esto nos ha de llevar siempre a la experiencia del amor invisible:
¿Purifico constantemente mis intenciones con respecto a la Iglesia? ¿Acojo su bien como signo de su fundador, su mal como debilidad que los creyentes tenemos que convertir desde nuestra propia vida? ¿He vivido la debilidad de la Iglesia y la he hecho parte de mi vida, o he renunciado a ella? ¿Amo a la Iglesia por lo que es, no por lo que tiene?.
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- domingo, noviembre 04, 2018
Noviembre 2018
La Iglesia como sacramento
Desde aquel primer domingo junto al resucitado, en el que los dos de Emaús comprendieron que la eucaristía les vinculaba directamente con el grupo de la primera comunidad, la primitiva Iglesia, no hay posibilidad de entender la eucaristía fuera del ámbito eclesial. Y, al contrario: sólo dentro de la Iglesia tiene sentido acercarse al alimento eucarístico. El pasaje de los discípulos de Emaús (Lc 24) puede servirnos para la oración de esta tarde, pues ya en aquellos estaba la Iglesia, pues fueron invitados a la mesa del Señor cuando, “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista” (Lc 24, 31-32). La experiencia espiritual de la Iglesia nos ha hecho entender que acercarse a la mesa del Señor debe hacerse con una preparación en la escucha y explicación de la Palabra divina, y esa preparación tiene por contenido reconocer la presencia del Señor en el alimento y en la Iglesia que lo entrega. En ambas. La comunión se establece en el alimento con el Señor y con la Iglesia que lo prepara y recibe.
¿Experimento, cuando comulgo, la comunión con toda la Iglesia, o vivo la comunión como algo íntimo y personal? ¿Reconozco en mi “Amén”, un sí no solamente dado a Jesucristo, sino también a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo? ¿Es mi deseo, como miembro de la Iglesia que comulga, responder al Señor “Amén”, y junto con Él a la Iglesia y a sus necesidades?
Tal y como explica Henri de Lubac en su Meditación sobre la Iglesia, análogamente a como Jesucristo es el sacramento del Padre, así la Iglesia es sacramento de Jesucristo. Así como su humanidad le sirve al Hijo para comunicar la vida divina, también a la Iglesia su humanidad le sirve para comunicar la gracia de la divinidad que recibe por el Hijo. Es por eso que, al ser signo de otro ser, de algo diferente, ha de ser atravesado totalmente, ha de ser aceptado y superado en camino hacia el ser divino con el que comunica, al que hace referencia. Además, al tener esa relación esencial con el ser de Dios, no puede ser rechazado de ninguna manera, pues rechazar al signo es rechazar aquel con el que se relaciona. La Iglesia, entonces, ha sido fundada por Jesucristo para comunicar a los hombres la voluntad y la gracia del Padre, y de esa manera unir a los hombres con Dios. Cuando Jesús advierte a los suyos en el evangelio de que “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14), no solamente advierte de su ser sacramento, sino también de aquello en lo que se convierte quien se ha comunicado con el Hijo por medio de la Iglesia.
Esto es la Iglesia en su esencia, esto es lo que, por encima de cualquier otra cosa, debemos buscar en ella cuando participamos en su vida de caridad, o en su vida sacramental, o recibimos de ella formación. Que nos comunique al Padre, que tengamos la certeza de estar entrando en el misterio que Dios ha fundado para vivir verdaderamente con Él, alejados de todo subjetivismo o de toda invención humana. La tarea de la Iglesia es, entonces, representar a ese grupo de los pocos por los que Dios quiere salvar a los muchos. Y así, cuando se habla desde antiguo de la necesidad de la Iglesia para la salvación, o de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, podemos entender bien que se refiere a que toda salvación viene por Jesucristo, e inseparablemente, por aquellos que han aceptado el don de Cristo, esto es, la comunidad de la Iglesia.
¿Reconozco el ser de la Iglesia y su autoridad como originada en Cristo, no en el deseo de hombres? ¿Cómo me resulta más fácil reconocer la acción de Dios? ¿En qué acciones de la Iglesia vivo mejor el ser comunicación objetiva de Dios a nosotros? ¿Cuáles son las mayores dificultades que me encuentro para confiar en ella? ¿Cómo las supero?
Es cierto que la religiosidad de nuestros tiempos es especialmente antiinstitucional, que rechaza todo lo que pueda parecer organizado y autoritario, cualquier forma de orden instituido y que venga de fuera, y que se apoya fundamentalmente en una espiritualidad subjetiva, sentimentalista. Así, la tentación de la intimidad como criterio básico de relación con Dios es muy fuerte: el individualismo, al margen del sacramento de la Iglesia, al margen de su objetiva enseñanza, organización y gracia, invita a “construir” una relación con Dios en lo profundo del ser, como pura interioridad.
Sin embargo, en el sacramento de la Iglesia hay visibilidad, hay objetividad, hay una comunión que llamamos eclesial propiciada no por nuestra tarea, sino por el don del Espíritu Santo, el consolador enviado por el Hijo. Así, podemos decir que la Iglesia no estorba a la buscada intimidad, sino que más bien la asegura, porque la crea en el espacio que Dios ha dispuesto para ello, y no en el que fuerza el hombre. Ante la tentación del vacío, de los dioses falsos, de la apariencia, la Iglesia está unida a Cristo porque ha sido llamada a permanecer en Cristo como Cristo permanece en el Padre (Jn 15) y, por lo tanto, a crear una relación más allá de lo que por nosotros podemos conseguir. Cuando el hombre tiene la tentación de salir del sacramento, de construir esa relación más allá del ámbito eclesial en el que el Hijo ha establecido esa relación, el riesgo grande es acabar fuera de la comunión con Cristo y con el Padre. Es cierto que el desánimo, o, al contrario, un ánimo descontrolado, que la belleza de la Iglesia o su pecado y escándalo, pueden hacernos pensar que no necesitamos de su ayuda, y, sin embargo, solamente volviendo a las palabras del Señor entendemos que la relación con Él pasa por nuestro ser en ella.
¿Vivo mi fe en el Señor de forma demasiado desencarnada por momentos, abstracta, sin concretar mi ofrenda? ¿Me desmarco de la Iglesia en lo que no me gusta o la defiendo como mi madre, como la que me une a Dios? ¿Experimento el escándalo dentro del misterio, lo acojo con humilde deseo de comunión? ¿Qué lugar tienen los sacramentos en mi vida, cómo me transforman y me vinculan más a mi comunidad parroquial?
Pero el hecho de fijarnos en la sacramentalidad de la Iglesia, nos permite también tomar conciencia de que lo concreto hace referencia a una comunidad, a una diócesis. La celebración de la eucaristía, sin ir más lejos, manifiesta la comunión que se da entre los miembros de la Iglesia, pero en una comunidad concreta. Así, los antiguos entendían que cada cual pertenece a la comunidad en la que comulga. La comunión sacramental era signo, y más aún, causa eficiente, de la comunión en la comunidad de la Iglesia. Existe un vínculo entre el que comulga y, no solamente el obispo y el papa que han sido nombrados en la misma celebración, sino con la comunidad que confiesa en un determinado lugar su fe y la muestra comulgando.
La palabra “sacramento” significa así que Dios no quiere ser el sujeto exclusivo de la salvación, sino que quiere necesitar a la Iglesia de tal modo que esta no sea solamente un instrumento pasivo, un elemento simbólico, sino quien contraiga la alianza para la mediación de salvación del Señor en un determinado lugar, en unas determinadas condiciones históricas, en un determinado tiempo. Esta concreción histórica ha de ser también muy práctica para nosotros, que podemos preguntarnos:
¿Cómo es mi implicación en la celebración eucarística en la que participo, cada día, o cada domingo? ¿Entiendo que, más allá de mis gustos o de mi intervención, participar en una eucaristía en concreto, me une con una comunidad? ¿Se convierte esa comunión que recibo, esa comunidad que me acoge, en parte de mi vida, de mi oración, de mi vida de fe? ¿Vivo la llamada a comulgar como una llamada a ser parte de la comunidad parroquial y de la comunidad diocesana? ¿Estoy disponible para colaborar si somos pocos, si otros no quieren participar, tanto si ayudan como si no?
El protagonista de esa comunión es siempre el don del Espíritu: con la efusión del Espíritu Santo, la constitución de la Iglesia y de su ser sacramental están completos. La Iglesia es el testigo directo que manifiesta que los tiempos de Cristo son también los tiempos del Espíritu. Por su acción, Cristo es glorificado y la Alianza entre Dios y nosotros nos santifica.
Esa unidad entre el Hijo y el Espíritu que se vive en la Iglesia nos lleva a repetir con san Juan Crisóstomo: “¡No te separes de la Iglesia! Ningún poder tiene su fuerza. Tu esperanza es la Iglesia. Tu salud es la Iglesia. Tu refugio es la Iglesia. Ella es más alta que el cielo y más dilatada que la tierra. Ella nunca envejece: su vigor es eterno”. Ciertamente, uno puede experimentar en ella el desánimo, la decepción y la incomprensión; puede experimentar incluso la persecución, pero esta, lo sabemos bien, ya nos enseña el Señor en las bienaventuranzas, une profundamente con Él. Es un proceso de configuración con Cristo que reclama, en todo momento, ejercicio maduro de discernimiento, para no estar remando equivocadamente y confiando en nuestras fuerzas más que en el Señor. La paciencia y el silencio amoroso, lejos de separarnos del Señor y de su Iglesia, nos configuran profundamente con Él y la hacen crecer en el amor a ella, con lo que siempre serán buenas compañeras de peregrinación.
¿Pido el don del Espíritu Santo para discernir cuando difiero de la Iglesia? ¿Pregunto, no para crecer en mi convicción, sino para crecer en la comunión con la verdad de Cristo? ¿Sé pasar de lo invisible del Espíritu a lo visible de su acción en la Iglesia? ¿Con quién puedo decir que cuento para que me enseñe los caminos del Espíritu, no según mi gusto sino según el evangelio?
Ciertamente, en ese camino de vivencia de la fe de la Iglesia, a veces de dificultades, también existen luces que pueden llegar incluso a deslumbrarnos, como puede suceder cuando uno conoce la grandeza de la humanidad creyente, o su orden estructural, o su conservación milenaria, o la herencia helena y romana, su impulso a las artes, la belleza de su liturgia o su profunda influencia en tantas civilizaciones...
Sin embargo, en esas situaciones es necesario no dejarse llevar por lo que es mérito humano, todo con un fin temporal, y admirarse por lo que es misterio de la fe, auténtico mérito divino. Así evitaremos toda tentación de desviación, de apoyarnos en las causas puramente personales. Ciertamente, Jesucristo se ha hecho visible en la historia, y eso nos pone a nosotros ante la tentación de las facilidades que nos ofrece lo concreto y visible, pero esto nos ha de llevar siempre a la experiencia del amor invisible:
¿Purifico constantemente mis intenciones con respecto a la Iglesia? ¿Acojo su bien como signo de su fundador, su mal como debilidad que los creyentes tenemos que convertir desde nuestra propia vida? ¿He vivido la debilidad de la Iglesia y la he hecho parte de mi vida, o he renunciado a ella? ¿Amo a la Iglesia por lo que es, no por lo que tiene?.
4 de octubre de 2018
Retiros, Retiros 18-19
La eucaristía hace la Iglesia, la Iglesia hace la eucaristía
NOTAS PARA EL RETIRO
Octubre 2018
En la carta apostólica Dies Domini, Juan Pablo II dice así: “Por esta relación vital con el sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor, el misterio de la Iglesia es anunciado, gustado y vivido de manera insuperable en la Eucaristía. La dimensión intrínsecamente eclesial de la Eucaristía se realiza cada vez que se celebra” (DD 32). La relación que tienen la eucaristía y la Iglesia es el motivo de reflexión en este primer retiro del curso. Nosotros, que, por sentirnos parte de la Iglesia en la que entramos por el sacramento del bautismo, nos acercamos al altar del Señor para recibir su Cuerpo y su Sangre, tenemos experiencia del vínculo que existe entre la una y el otro, podemos meditar hoy sobre cómo esa unión tan profunda se realiza también en nuestra propia vida.
Desde aquel primer domingo junto al resucitado, en el que los dos de Emaús comprendieron que la eucaristía les vinculaba directamente con el grupo de la primera comunidad, la primitiva Iglesia, no hay posibilidad de entender la eucaristía fuera del ámbito eclesial. Y, al contrario: sólo dentro de la Iglesia tiene sentido acercarse al alimento eucarístico. El pasaje de los discípulos de Emaús (Lc 24) puede servirnos para la oración de esta tarde, pues ya en aquellos estaba la Iglesia, pues fueron invitados a la mesa del Señor cuando, “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista” (Lc 24, 31-32). La experiencia espiritual de la Iglesia nos ha hecho entender que acercarse a la mesa del Señor debe hacerse con una preparación en la escucha y explicación de la Palabra divina, y esa preparación tiene por contenido reconocer la presencia del Señor en el alimento y en la Iglesia que lo entrega. En ambas. La comunión se establece en el alimento con el Señor y con la Iglesia que lo prepara y recibe.
¿Experimento, cuando comulgo, la comunión con toda la Iglesia, o vivo la comunión como algo íntimo y personal? ¿Reconozco en mi “Amén”, un sí no solamente dado a Jesucristo, sino también a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo? ¿Es mi deseo, como miembro de la Iglesia que comulga, responder al Señor “Amén”, y junto con Él a la Iglesia y a sus necesidades?
Es una reflexión o una acción contra natura la separación de la Iglesia y de la eucaristía: igual que lo es comprender a la Iglesia de forma reducida, como si fuera solamente un grupo, unos cuantos amigos, el sacerdote o la comunidad religiosa que veo. Por eso, el realismo máximo sobre la eucaristía nos lo da la celebración de la Iglesia, que quiere ayudarnos a levantar nuestra mirada a lo que Dios ha creado, a la Iglesia que ha fundado, católica, diversa y unida a la vez.
Si recorriéramos de memoria, o misal en mano, la celebración de la eucaristía, no nos sería difícil darnos cuenta de la cantidad de referencias que hay a la asamblea reunida, y qué pocas hay a la persona individual. Son el signo evidente de que la eucaristía y la Iglesia están intrínsecamente unidas. La celebración de la misa, de la liturgia en general, no es mía, ni lo es del sacerdote, ni de mi grupo, ni de aquellos a los que yo decido admitir o rechazar: es siempre de la Iglesia, porque es siempre de Cristo. Por eso, en la misa yo encuentro la necesidad de los demás, la necesidad de ver en los otros que el Cuerpo de Cristo existe, y que está formado por multitud de miembros marcados por el don del Espíritu, el don del amor.
¿Deseo en la celebración de la eucaristía estar con los otros, me son indiferentes, me molestan? ¿Mi actitud en la misa es de amor, de amor hacia los demás que celebran conmigo,cada uno con su vida que no conozco? ¿Qué me lleva a la comunión y qué me entorpece para vivirla?
En la misa, todos los saludos del ministro que preside son: “El Señor esté con vosotros”. Las moniciones, también referidas a todos: “Oremos”, “orad, hermanos”. Todos escuchamos la misma Liturgia de la Palabra. Somos invitados a los mismos gestos, a no ir cada uno por libre, para que se vea esa unidad de lo que somos. Por fin, todos comemos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz. De hecho, con la fuerza de lo que hemos comido, somos enviados a una misma misión.
Es por esto que la celebración de la eucaristía manifiesta la unidad de la Iglesia. Cuando los cristianos vamos a misa separados, distantes, deseosos de que nadie “nos moleste ni distraiga”, no podemos olvidar que, en el cuerpo, el brazo no se separa del cuerpo porque tengamos un esguince de tobillo. Por eso, la eucaristía manifiesta la unidad de los creyentes, y por eso nuestra participación en la celebración no es individualista, no busca mi propio bien, sino que busca la gloria de Dios y la santificación de la Iglesia.
¿Me fijo en misa en las constantes invitaciones a celebrar como un solo pueblo? ¿Agradezco la presencia de los demás miembros, en los que Cristo se hace presente (cf. SC 7), o más bien me importunan y espero que se callen o se vayan? ¿Me ofrezco y estoy disponible para colaborar en la celebración y mostrar la disponibilidad del creyente, que ejerce su sacerdocio bautismal?
Sin duda que, en todo esto, encontramos no sólo cómo la Iglesia se edifica en la eucaristía, sino también una llamada a que el alimento haga de nosotros una Iglesia viva y decidida, con el convencimiento de que avanzamos juntos y de hacia dónde, en qué dirección, qué es lo que buscamos. Juan Pablo II advierte: “En la perspectiva del camino de la Iglesia en el tiempo, la referencia a la resurrección de Cristo y el ritmo semanal de esta solemne conmemoración ayudan a recordar el carácter peregrino y la dimensión escatológica del Pueblo de Dios. En efecto, de domingo en domingo, la Iglesia se encamina hacia el último « día del Señor », el domingo que no tiene fin. En realidad, la espera de la venida de Cristo forma parte del misterio mismo de la Iglesia y se hace visible en cada celebración eucarística” (DD 37). Así, la Iglesia, como los dos de Emaús, se reconoce pueblo peregrino cuando come el alimento eucarístico. Pueblo que avanza en una dirección concreta, hacia el encuentro con el Señor y la Iglesia.
En la relación entre la eucaristía y la Iglesia, el aspecto de la peregrinación es de gran importancia: esta se enmarca en la Alianza que Dios ha establecido con el hombre, porque sin esa Alianza el hombre camina perdido, sin protección y sin dirección. La eucaristía, alimento de la Nueva Alianza, permite al hombre avanzar al encuentro del Señor, peregrinar, consciente de que ni avanza solo ni avanza sin una meta concreta. El domingo le recuerda todos estos aspectos al cristiano que lo vive en toda su amplitud, con toda conciencia. Por eso, es normal que nos preguntemos también:
¿Soy consciente cada domingo, al ir a misa, de que la eucaristía me dirige en una clara dirección? ¿Puedo decir que toda mi vida se encamina en esa misma dirección, en la Iglesia, en comunión con Cristo, hacia el Padre, o hay lagunas en las que soy incoherente? ¿Vivo la Alianza con el Señor como un lugar de esperanza segura, o esa Alianza no me da la confianza suficiente y busco mis seguridades? ¿Según lo que hago, qué dicen mis domingos que espero?
Al igual que la Iglesia está llamada en el mundo a acompañar a los fieles a la casa del Padre, a entrar en la morada eterna, donde se nos revelará la plenitud del amor, así la eucaristía es el alimento que nos da entrada en el cielo, alimento que realiza lo que la Iglesia busca. Conviene que busquemos también en nuestra vida cómo aceptamos esa puerta que nos abre la eucaristía y cómo la Iglesia acoge y agradece el don del amor de Dios. Dirigirnos a la plenitud del amor se entiende bien si vivimos en el ámbito donde el amor se hace visible, en la vida comunitaria, y con la fuerza del sacramento del amor, en la eucaristía. Tendremos que dejar que el Señor obre en nosotros y nos transforme, en la Iglesia, plenificándonos. Será un buen final del retiro que acabemos agradecidos por lo que la eucaristía hace en nosotros, pues ella nos hace miembros de la pascua eterna por medio del alimento de la vida eterna, de forma misteriosa, en nuestra vida cotidiana.
¿Experimento que recibo vida eterna entre tantas cosas pasajeras que tengo, en la eucaristía y en la acción sacramental de la Iglesia? ¿Vivo la eucaristía como don de amor? ¿Salgo de la celebración de la Iglesia dispuesto a crecer en el amor?
Publicado por:
Acción Católica General de Madrid
- jueves, octubre 04, 2018
Octubre 2018
La eucaristía hace la Iglesia, la Iglesia hace la eucaristía
En la carta apostólica Dies Domini, Juan Pablo II dice así: “Por esta relación vital con el sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor, el misterio de la Iglesia es anunciado, gustado y vivido de manera insuperable en la Eucaristía. La dimensión intrínsecamente eclesial de la Eucaristía se realiza cada vez que se celebra” (DD 32). La relación que tienen la eucaristía y la Iglesia es el motivo de reflexión en este primer retiro del curso. Nosotros, que, por sentirnos parte de la Iglesia en la que entramos por el sacramento del bautismo, nos acercamos al altar del Señor para recibir su Cuerpo y su Sangre, tenemos experiencia del vínculo que existe entre la una y el otro, podemos meditar hoy sobre cómo esa unión tan profunda se realiza también en nuestra propia vida.
Desde aquel primer domingo junto al resucitado, en el que los dos de Emaús comprendieron que la eucaristía les vinculaba directamente con el grupo de la primera comunidad, la primitiva Iglesia, no hay posibilidad de entender la eucaristía fuera del ámbito eclesial. Y, al contrario: sólo dentro de la Iglesia tiene sentido acercarse al alimento eucarístico. El pasaje de los discípulos de Emaús (Lc 24) puede servirnos para la oración de esta tarde, pues ya en aquellos estaba la Iglesia, pues fueron invitados a la mesa del Señor cuando, “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista” (Lc 24, 31-32). La experiencia espiritual de la Iglesia nos ha hecho entender que acercarse a la mesa del Señor debe hacerse con una preparación en la escucha y explicación de la Palabra divina, y esa preparación tiene por contenido reconocer la presencia del Señor en el alimento y en la Iglesia que lo entrega. En ambas. La comunión se establece en el alimento con el Señor y con la Iglesia que lo prepara y recibe.
¿Experimento, cuando comulgo, la comunión con toda la Iglesia, o vivo la comunión como algo íntimo y personal? ¿Reconozco en mi “Amén”, un sí no solamente dado a Jesucristo, sino también a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo? ¿Es mi deseo, como miembro de la Iglesia que comulga, responder al Señor “Amén”, y junto con Él a la Iglesia y a sus necesidades?
Es una reflexión o una acción contra natura la separación de la Iglesia y de la eucaristía: igual que lo es comprender a la Iglesia de forma reducida, como si fuera solamente un grupo, unos cuantos amigos, el sacerdote o la comunidad religiosa que veo. Por eso, el realismo máximo sobre la eucaristía nos lo da la celebración de la Iglesia, que quiere ayudarnos a levantar nuestra mirada a lo que Dios ha creado, a la Iglesia que ha fundado, católica, diversa y unida a la vez.
Si recorriéramos de memoria, o misal en mano, la celebración de la eucaristía, no nos sería difícil darnos cuenta de la cantidad de referencias que hay a la asamblea reunida, y qué pocas hay a la persona individual. Son el signo evidente de que la eucaristía y la Iglesia están intrínsecamente unidas. La celebración de la misa, de la liturgia en general, no es mía, ni lo es del sacerdote, ni de mi grupo, ni de aquellos a los que yo decido admitir o rechazar: es siempre de la Iglesia, porque es siempre de Cristo. Por eso, en la misa yo encuentro la necesidad de los demás, la necesidad de ver en los otros que el Cuerpo de Cristo existe, y que está formado por multitud de miembros marcados por el don del Espíritu, el don del amor.
¿Deseo en la celebración de la eucaristía estar con los otros, me son indiferentes, me molestan? ¿Mi actitud en la misa es de amor, de amor hacia los demás que celebran conmigo,cada uno con su vida que no conozco? ¿Qué me lleva a la comunión y qué me entorpece para vivirla?
En la misa, todos los saludos del ministro que preside son: “El Señor esté con vosotros”. Las moniciones, también referidas a todos: “Oremos”, “orad, hermanos”. Todos escuchamos la misma Liturgia de la Palabra. Somos invitados a los mismos gestos, a no ir cada uno por libre, para que se vea esa unidad de lo que somos. Por fin, todos comemos del mismo pan y bebemos del mismo cáliz. De hecho, con la fuerza de lo que hemos comido, somos enviados a una misma misión.
Es por esto que la celebración de la eucaristía manifiesta la unidad de la Iglesia. Cuando los cristianos vamos a misa separados, distantes, deseosos de que nadie “nos moleste ni distraiga”, no podemos olvidar que, en el cuerpo, el brazo no se separa del cuerpo porque tengamos un esguince de tobillo. Por eso, la eucaristía manifiesta la unidad de los creyentes, y por eso nuestra participación en la celebración no es individualista, no busca mi propio bien, sino que busca la gloria de Dios y la santificación de la Iglesia.
¿Me fijo en misa en las constantes invitaciones a celebrar como un solo pueblo? ¿Agradezco la presencia de los demás miembros, en los que Cristo se hace presente (cf. SC 7), o más bien me importunan y espero que se callen o se vayan? ¿Me ofrezco y estoy disponible para colaborar en la celebración y mostrar la disponibilidad del creyente, que ejerce su sacerdocio bautismal?
Sin duda que, en todo esto, encontramos no sólo cómo la Iglesia se edifica en la eucaristía, sino también una llamada a que el alimento haga de nosotros una Iglesia viva y decidida, con el convencimiento de que avanzamos juntos y de hacia dónde, en qué dirección, qué es lo que buscamos. Juan Pablo II advierte: “En la perspectiva del camino de la Iglesia en el tiempo, la referencia a la resurrección de Cristo y el ritmo semanal de esta solemne conmemoración ayudan a recordar el carácter peregrino y la dimensión escatológica del Pueblo de Dios. En efecto, de domingo en domingo, la Iglesia se encamina hacia el último « día del Señor », el domingo que no tiene fin. En realidad, la espera de la venida de Cristo forma parte del misterio mismo de la Iglesia y se hace visible en cada celebración eucarística” (DD 37). Así, la Iglesia, como los dos de Emaús, se reconoce pueblo peregrino cuando come el alimento eucarístico. Pueblo que avanza en una dirección concreta, hacia el encuentro con el Señor y la Iglesia.
En la relación entre la eucaristía y la Iglesia, el aspecto de la peregrinación es de gran importancia: esta se enmarca en la Alianza que Dios ha establecido con el hombre, porque sin esa Alianza el hombre camina perdido, sin protección y sin dirección. La eucaristía, alimento de la Nueva Alianza, permite al hombre avanzar al encuentro del Señor, peregrinar, consciente de que ni avanza solo ni avanza sin una meta concreta. El domingo le recuerda todos estos aspectos al cristiano que lo vive en toda su amplitud, con toda conciencia. Por eso, es normal que nos preguntemos también:
¿Soy consciente cada domingo, al ir a misa, de que la eucaristía me dirige en una clara dirección? ¿Puedo decir que toda mi vida se encamina en esa misma dirección, en la Iglesia, en comunión con Cristo, hacia el Padre, o hay lagunas en las que soy incoherente? ¿Vivo la Alianza con el Señor como un lugar de esperanza segura, o esa Alianza no me da la confianza suficiente y busco mis seguridades? ¿Según lo que hago, qué dicen mis domingos que espero?
Al igual que la Iglesia está llamada en el mundo a acompañar a los fieles a la casa del Padre, a entrar en la morada eterna, donde se nos revelará la plenitud del amor, así la eucaristía es el alimento que nos da entrada en el cielo, alimento que realiza lo que la Iglesia busca. Conviene que busquemos también en nuestra vida cómo aceptamos esa puerta que nos abre la eucaristía y cómo la Iglesia acoge y agradece el don del amor de Dios. Dirigirnos a la plenitud del amor se entiende bien si vivimos en el ámbito donde el amor se hace visible, en la vida comunitaria, y con la fuerza del sacramento del amor, en la eucaristía. Tendremos que dejar que el Señor obre en nosotros y nos transforme, en la Iglesia, plenificándonos. Será un buen final del retiro que acabemos agradecidos por lo que la eucaristía hace en nosotros, pues ella nos hace miembros de la pascua eterna por medio del alimento de la vida eterna, de forma misteriosa, en nuestra vida cotidiana.
¿Experimento que recibo vida eterna entre tantas cosas pasajeras que tengo, en la eucaristía y en la acción sacramental de la Iglesia? ¿Vivo la eucaristía como don de amor? ¿Salgo de la celebración de la Iglesia dispuesto a crecer en el amor?
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