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9 de abril de 2018

Nota de los obispos Jornada por la vida 2018

Educar para acoger el don de la vida



1. El don de la vida humana

«El don de la vida, que Dios Creador y Padre ha confiado al hombre, exige que este tome conciencia de su inestimable valor y lo acoja responsablemente. Este principio básico debe colocarse en el centro de la reflexión encaminada a esclarecer y resolver los problemas morales que surgen de las intervenciones sobre la vida naciente y los procesos procreativos».

El Magisterio de la Iglesia nos invita a recibir el don de la vida, a tomar conciencia de él. No podemos darlo por supuesto, sino más bien ponderar su significado y acogerlo responsablemente. Hemos de reflexionar sobre la vida como un don para entender de qué manera guiamos nuestra propia vida.

En nuestra cultura nos encontramos con algunas visiones reductivas sobre el don de la vida. Una primera concepción reductiva es considerar la vida humana como un elemento más de una naturaleza general, como si fuera un punto insignificante en un despliegue cósmico. Sin embargo, toda vida humana es única e irrepetible, valiosa y digna, sean cuales sean las circunstancias en las que se desenvuelve.

Una segunda concepción que se propaga en la cultura actual consiste en reducir la vida humana al concepto de calidad de vida, y de este modo se afirma que hay vidas que no son dignas de ser vividas, pues no tienen “calidad” suficiente. Es como ignorar la fuente de la que brota el concepto mismo de calidad de vida, pues si no hay vida no puede haber calidad. Además, queda abierta la gran incertidumbre, ¿quién y cómo decidir qué vidas tienen suficiente calidad? ¿Es que hay seres humanos de primera, de segunda o de tercera categoría? La experiencia ética originaria nos permite percibir que todos los seres humanos somos igualmente dignos y valiosos. Los cristianos reconocemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 27) y que Él nos ama incondicionalmente.

Una tercera concepción consiste en considerar que el valor de la vida es el que la sociedad le da. Una vida sería valiosa dependiendo de su aportación a la sociedad. En una sociedad de consumo el valor de las cosas dependería de la estimación de los diferentes agentes sociales. No obstante, como nos recordó san Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae2, la vida siempre es un bien. Este es un dato de experiencia que interpela la libertad humana. Y es que para Dios todos somos valiosos, únicos e insustituibles. Y sin embargo algunos se empeñan en considerar que hay vidas más valiosas que otras e incluso que hay vidas que no son dignas de ser vividas.

Pero ¿cómo mostrar de modo convincente que toda vida es valiosa? Ante todo debemos recibir gozosamente la propia vida con gratitud, pues solo si nos aceptamos y nos queremos tal y como somos podremos amar y respetar a los demás. Cuando uno se sabe amado incondicionalmente por Dios es consciente de su propia dignidad, y también sabe que los demás son igualmente amados y valiosos. Así podemos ver en los demás a nuestros hermanos, a alguien a quien respetar, amar y ayudar.


2. La familia, santuario de la vida

Y en esta tarea consideramos a la familia como el lugar primero y privilegiado para educar en la acogida del don de la vida, pues el amor incondicional de la familia permite crecer en la seguridad de
ser querido pase lo que pase. ¿Alguien puede imaginar algo mejor que saberse amado incondicionalmente?

La familia es el santuario de la vida porque es el único lugar en el que cada uno es querido por sí mismo, independientemente de su curriculum, sus cualidades, sus logros, de lo que tenga o deje de tener. Y esto permite a los miembros de la familia sentir una seguridad, una estabilidad y una libertad que no tienen parangón.

En la familia se aprende a valorar la vida cada vez que hay un embarazo y se recibe la nueva vida con alegría, aunque sea inesperada. Como afirma el papa Francisco: «Es tan grande el valor de una vida
humana, y es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seno de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser un objeto de dominio de otro ser humano. La familia protege la vida en todas sus etapas y también en su ocaso».

Y si el nuevo miembro de la familia llega con dificultades o con alguna discapacidad, todos se vuelcan en ayudarle y en protegerle. ¡Cuántos testimonios de familias que han actuado solidariamente
y que han crecido reconociendo toda vida humana como un don precioso de Dios! También los que han nacido sanos pueden sufrir lesiones o enfermedades a lo largo de la vida. La familia suele ser el
apoyo firme que se encuentra en esas circunstancias. A veces todos tienen que hacer sacrificios y esfuerzos para cuidar a un padre, o madre, o hermano que ha tenido un accidente o una grave enfermedad que le deja postrado y que requiere de muchos cuidados y atenciones. Y, a pesar de todos los sacrificios, a veces muy grandes, la experiencia demuestra que hay más felicidad en la acogida que en el rechazo, en la generosidad que en el egoísmo.

Y llega la vejez. Los padres, los abuelos, se hacen mayores y necesitan cuidados. Cuando uno ha recibido el amor y la atención abnegada y sacrificada de sus padres siente con fuerza en su corazón una inmensa gratitud que le lleva a cuidar a sus mayores en el ocaso de sus vidas. A veces no es fácil, y las circunstancias laborales, económicas, el tamaño de las viviendas y otras situaciones lo pueden hacer complicado. Pero el corazón nos dice que honrar y cuidar a nuestros padres, mostrarles gratitud y amor, ocuparnos de quienes lo hemos recibido todo, es lo justo y nos hace mejores; aunque haya voces que nos digan que son un problema y que nos complican la vida, debemos continuar cuidándolos con amor. La familia es el santuario de la vida. En la familia se aprende, sin necesidad de discursos, que la vida de todos sus miembros es digna y valiosa en todas sus etapas.

3. La sociedad y el Estado como promotores de la familia

El papel de la familia en la edificación y desarrollo de la sociedad y de la cultura de la vida es insustituible. El Estado debe apoyar y promover el papel de la familia para que pueda acoger y cuidar a sus miembros, más allá de sus circunstancias vitales, permitiendo a la familia cumplir su misión de custodiar, revelar y comunicar el amor.

Toda vida humana es digna de amor y respeto. Una sociedad que no cuida y protege a la familia y a sus miembros más desfavorecidos es una sociedad enferma y sin futuro. En la fecundidad del amor, expresado en el don de una nueva vida, que es acogida, respetada y cuidada, está el futuro de la sociedad.

4. Conclusión

En esta jornada por la vida encomendamos de modo particular al cuidado materno de la Virgen María a aquellas personas que tienen encomendada la tarea de la educación, el cuidado y el gobierno de las personas. Que promuevan el reconocimiento de toda vida humana como un don inmenso recibido de Dios, por encima de su utilidad o de cualquier otro condicionamiento. De este modo contribuiremos eficazmente a la edificación de «la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida».

Mons. Mario Iceta Gavicagogeascoa,
Obispo de Bilbao, presidente de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida

Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo emérito de Burgos

Mons. Juan Antonio Reig Plà
Obispo de Alcalá de Henares

Mons. José Mazuelos Pérez
Obispo de Jerez de la Frontera

Mons. Juan Antonio Aznárez Cobo
Obispo auxiliar de Pamplona y Tudela

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, abril 09, 2018

2 de abril de 2018

Vida resucitada. Por Monseñor Munilla

La esperanza cristiana nos permite vivir el presente desde el futuro que nos ha sido dado en la resurrección de Jesucristo.



Hace diez años la escritora y filósofa Elsa Punset escribía un artículo con un título impactante: “¿Hay vida antes de la muerte?”. Una pregunta ciertamente provocadora, que tiene especial interés y actualidad en el contexto de la celebración cristiana de la Resurrección de Cristo. En efecto, en el momento en que una parte importante de la cultura occidental ha dado la espalda a sus raíces religiosas, al tiempo que se ha entregado al materialismo y al hedonismo, tiene sentido hacerse una pregunta que va mucho más allá de un ingenioso juego de palabras: La cuestión ya no es solo si existe vida después de la muerte, sino si hay vida antes de la muerte.

Que nadie piense que estamos ante un planteamiento ajeno a la escatología cristiana. Si bien es cierto que nuestra fe confiesa que la resurrección de Jesucristo aconteció en un momento y lugar determinados, al igual que nuestra resurrección personal acontecerá en la parusía; al mismo tiempo, creemos firmemente que esa resurrección, se adelanta a los tiempos por la acción de la gracia. De esta manera, la esperanza cristiana nos permite vivir el presente desde el futuro que nos ha sido dado en la resurrección de Jesucristo. O dicho de otro modo, el estilo y el tono de nuestra vida, denotan y delatan nuestro futuro escatológico. ¿Cómo es nuestra vida actual: “resucitada” o “mortecina”? Este es el dilema.

Ahora bien, ¿cuáles son los indicios propios de una vida resucitada? Sin pretensión de ser exhaustivo, me referiré a cuatro en concreto:

1.- La paz y la alegría interior: En nuestra sociedad anidan un nivel de agresividad y de frustración interior muy notables. Es un tópico recordar que basta asomarse a Twitter para comprobarlo. Y es que, las carcajadas pueden llegar a ser el disfraz que oculta el drama de la amargura. Como decía Benedicto XVI en su exhortación apostólica “Verbum Domini”: “Se pueden organizar fiestas, pero no la alegría”… Pues bien, la paz y la alegría son un don de la Pascua, y se fundan en la certeza de que la resurrección ha vencido a la muerte; en la certeza de que el mal no tiene la última palabra; y en la certeza de que somos amados por Dios con un amor apasionado y fiel; un amor que es mayor que nuestra infidelidad.

2.- El juicio de misericordia hacia el prójimo: Cuando no estamos en paz con nosotros mismos, inevitablemente vivimos en guerra con todos los que nos rodean. Y el primer signo de ello suele ser el juicio duro y desesperanzado hacia los demás.  Sin embargo, la Pascua de Cristo nos posibilita formular un “juicio resucitado” hacia el prójimo. Detrás del “setenta veces siete” del evangelio, no se esconde meramente un precepto moral, sino el don de una esperanza resucitada. Si nuestro patrono San Ignacio de Loyola nos propone “salvar la proposición del prójimo”, es porque la mirada y el juicio resucitados son capaces de descubrir en el prójimo los dones que permanecen ocultos para quien no tiene esperanza… La dureza de juicio es indicio de una vida mortecina, mientras que el juicio de misericordia lo es de una vida resucitada.

3.- La perseverancia: La importancia de la virtud de la perseverancia estriba en que es necesaria para que todas las demás virtudes puedan dar fruto. Y, sin embargo, un signo de nuestro tiempo es la tendencia a explorarlo todo, sin comprometerse en firme con nada. Parece como si nuestra cultura fuese incompatible con los compromisos definitivos; con la apuesta de toda la vida y para siempre. Aunque a veces tendemos a reprochar a los niños esa inconstancia propia de quien se ilusiona con algo, para cansarse a las pocas horas; lo cierto es que mucho más preocupante resulta esa inconstancia en los adultos… Pues bien, la Pascua de Resurrección nos ofrece el don de una paciencia resucitada, que es hija de la esperanza y madre de la perseverancia. El Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2737) recoge una cita muy interesante de un monje del desierto de Egipto en el siglo IV, llamado Evagrio Póntico: “No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es Él quien quiere hacerte más bien todavía mediante la perseverancia en permanecer con Él en la oración”.

4.-  Vencer el miedo a la muerte: Tal vez debiéramos hablar de los miedos, en plural. Pero es obvio que, a lo largo de toda la historia de la humanidad, el miedo a la muerte ha sido el miedo fundamental, por mucho que los filósofos cínicos emulasen la táctica del avestruz, como hizo Epicuro en el siglo III a. de C. (“La muerte es una quimera, pues cuando yo estoy, ella no está; y cuando ella esté, yo no estaré"); y por mucho que hoy en día recurramos a la estrategia de no hacernos preguntas. Lo cierto es que el miedo a la muerte está humanamente justificado, hasta el punto de que es señal de tomarse la vida en serio. Si la muerte no tiene sentido, tampoco la vida parece tenerlo.

En este dilema existencial, la fe que vence al miedo es un signo de vida resucitada: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Salmo 27). En definitiva, la Pascua de Cristo nos permite vivir en la confianza que nace de la victoria de Cristo sobre la muerte. Su victoria es la nuestra, hasta el punto de que la Sagrada Escritura se refiere a Jesucristo como el “primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18). Confesar a Cristo como “primogénito” en la resurrección, es referirse a nosotros, de forma implícita, como los hermanos menores, llamados a participar de la victoria de Cristo, nuestro hermano mayor. ¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!

+ José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián

Fuente: www.infocatolica.com
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, abril 02, 2018

30 de junio de 2015

Libros para el verano sugeridos por monseñor Munilla

Como todos los años monseñor José Ignacio Munilla ha elaborado de cara al verano una lista de libros, como sugerencia y propuesta, para estas vacaciones.



La lista es la siguiente:

Arte cristiano
  • Casaus Cascán, M.E., “Cuando el arte habla de Dios” (BAC, Madrid 2014), 144 págs. 11,00 €.

Biografía y hagiografía
  • Izquierdo, M., “Teresa de Jesús. Con los pies descalzos” (San Pablo, Madrid 2015), 530 págs. 16,00 €.
  • Troisi, S.- Paccini, C., “Nacemos para no morir nunca” (Palabra, Madrid 2015), 157 págs. 12,50 €.
  • Bellido, J.F., “Felipe Neri” (Ciudad Nueva, Madrid 2015), 125 págs. 9,00 €.
  • Mueller, J., “Francisco, el loco de Asís” (Ciudad Nueva, Madrid 2014), 365 págs. 19,00 €.
  • de Villiers, P., “San Luis, Rey de Francia. Una biografía novelada”(Palabra, Madrid 2014), 395 págs. 21,00 €.
  • Ros, C., “Teresa de Jesús. Vida mensaje y actualidad de la Santa de Ávila” (San Pablo, Madrid 2015), 175 págs. 10,00 €.
  • Morozzo, R., “Monseñor Romero. Vida, pasión y muerte en El Salvador” (Sígueme, Salamanca 2010), 462 págs. 25,00 €.
  • Bosco, San Juan, “Memorias del oratorio” (CCS, Madrid 2013) 304 págs. 12,50 €.
  • Expósito, A., “Don Bosco hoy. Entrevista al P. Ángel Fernández Artime, décimo sucesor de Don Bosco” (Romana Editorial, Madrid 2015), 206 págs. 20,00 €.

Cristianismo, hoy
  • Papa Francisco “LAUDATO SÍ. Sobre el cuidado de la casa común” Carta Encíclica de S.S.
  • Hahn, S., “La evangelización de los católicos (Palabra, Madrid 2015), 224 págs. 14,90 €.
  • Hahn, S. -Socías, J., “La fe cristiana explicada” (Edibesa, Madrid 2015), 604 págs. 39,00 €.
  • Figueredo Rueda, O., “365 días con el papa Francisco” (San Pablo, Madrid 2013), 320 págs. 14,00 €

Espiritualidad y oración
  • Vanhoye, A., “Jesús, modelo de oración” (Mensajero, Bilbao 2014), 164 págs. 11,95 €.
  • Martínez Puche, J. A., “La misericordia. 100 textos del papa Francisco y la bula del jubileo” (Edibesa, Madrid 2015), 195 págs. 10,00 €.
  • Spaemann, R., “Meditaciones de un cristiano. Sobre los salmos 1-51” (BAC, Madrid 2015), 412 págs. 30,00 €.
  • Sancho Fermín, F.J., “Orar con… santa Teresa de Jesús” (Desclée de Brouwer, Bilbao 2014), 165 págs. 9,00 €.

Historia
  • Pérez Foncea, J., “El héroe del Caribe. La última batalla de Blas de Lezo” (Libros Libres, Madrid 2012), 284 págs. 22,00 €
  • Esparza, J.J., “Historia de la yihad. Catorce siglos de sangre en el nombre de Alá” (La Esfera de los libros, Madrid 2015), 380 págs. 21,90 €.

Liturgia
  • Magnificat (mensual julio – agosto – septiembre 2015) (Emd – magnificat, madrid 2015) nº 140, 141 Y 142. 3,90 €.

Mariología
  • Govekar, N., “Mosaicos de la Madre de Dios. Con mosaicos de M. I. Rupnik y el Taller del Centro Aletti” (San Pablo, Madrid 2014), 37 págs. 7,50 €.

Música
  • López Quintás, A,, “La Novena Sinfonía de Beethoven” (Rialp, Madrid 2015) 96 págs. 9,00 €.

Novela y literatura
  • Sánchez Adalid, J., “Y de repente, Teresa” (Ediciones B, Barcelona 2014) 570 págs. 19,50 €.
  • Nembrini, F., “Dante, poeta del deseo. Conversaciones sobre la Divina Comedia: Infierno” (Encuentro, Madrid 2015), 216 págs. 15,00 €

Pensamiento y ensayo
  • Congar, Y., “Verdadera y falsa reforma en la Iglesia” (Sígueme, Salamanca 2014), 512 págs. 31,00 €.
  • Larra, L.E., “Por mí y por el Evangelio. Testimonios y reflexiones de vida consagrada”, (San Pablo, Madrid 2015) 599 págs. 18,00 €.

Sociedad
  • Munilla, J.J. – Ruiz, B., “Sexo con alma y cuerpo” (Feshbook, Madrid 2015), 165 págs. 16,00 €.
  • Grosjean, P-H., “Amar, pero ahora en serio. Ideas jóvenes para gente joven” (Rialp, Madrid 2014), 124 págs. 12,00 €.
  • Hadjadj, F., “¿Qué es una familia?” (Nuevo Inicio, Granada 2015), 210 págs. 16,00 €.
  • Ortí Bordás, J.M., “Desafección, posdemocracia, antipolítica” (Encuentro, Madrid 2015), 223 págs. 20,00 €
  • Javier Igea López-Fando, J., “Familia, se lo que eres. Un itinerario de formación” (San Pablo, Madrid 2014) 192 págs. 11,50 €


Fuente: Revista Ecclesia.
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - martes, junio 30, 2015

15 de junio de 2015

¡HÁGANME EL FAVOR DE SER FELICES! - Mons. Juan José Omella

Probablemente muchos recuerdan que hace años los responsables de los telediarios terminaran el espacio con estas palabras que dan título a mi escrito: “¡háganme el favor de ser felices”! Seguro que esa exhortación la hacían con la mejor voluntad, pero es obvio que el camino para llegar a la felicidad no se anda solamente con el deseo, propio o ajeno: la felicidad hay que ganársela.

¿Recuerdan el sermón de la montaña? Nos lo cuenta san Mateo con una sobriedad y una belleza espléndidas: “Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba diciendo: ‘Bienaventurados los pobres,… los mansos, …los que lloran, …los que tienen hambre y sed de la justicia, … los misericordiosos, … los limpios de corazón, …los que trabajan por la paz, … los perseguidos por causa de la justicia; alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” .

Este es el camino para ser felices y no hay otro. Pero debo añadir que en esta vida, y a causa del pecado de origen, felicidad total, esto es, sin ningún atisbo de infelicidad, de sufrimiento, no se da nunca. Y esta realidad es así y con todos: ricos y pobres, jóvenes y ancianos, y aun buenos y malos. También habría que decir que un cierto grado de felicidad sí es asequible y está al alcance de todos, sabiendo que se encuentra al final de una escalera que hemos de subir, escalón a escalón.



El primer peldaño sería el mostrarnos siempre personas muy agradecidas. Hagamos nuestro el dicho que recoge nuestro inmortal Cervantes en “El Quijote “de gente bien nacida es ser agradecida”. Y añade algo menos conocido: “Uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud”. ¿En qué ayuda la gratitud a la felicidad? En que la persona agradecida desarrolla un estilo de vida que predispone a la alegría, al gusto por la vida, al afán por compartir con los demás lo que uno es y lo que uno tiene, a disfrutar y admirarse por las cosas pequeñas y los acontecimientos nimios que nos suceden cada día. ¡Felices quienes celebran y agradecen cada pequeño detalle que les regala la vida!

El segundo peldaño vendría a ser el esfuerzo continuado por sonreír, por poner buena cara. ¡Qué jaculatoria más grata a Dios es decirle a menudo, ya desde el punto de la mañana:”Dame, Señor, la fortaleza para poner siempre buena cara”! Si la cara es espejo del alma, una persona alegre, que regala una sonrisa a todo el que encuentra a su alrededor, hace que su entorno sea siempre acogedor, grato y gratificante. Por eso me permito ofrecer un buen consejo, y es el siguiente: cuando te pregunten por la calle, ¿qué tal estás? ¿qué tal van las cosas? responde siempre, y con buena cara, ¡bien, gracias! La cara de duelo, y las contestaciones negativas sin sentido, en las circunstancias normales y corrientes, no conducen más que a la tristeza, a la compasión ficticia e hipócrita, en una palabra, al desaliento. ¡Estemos siempre alegres y mostrémonos así!

Un tercer escalón para alcanzar la felicidad nos lo brinda nada más y nada menos que el mismo Señor Jesús: “amaos unos a otros como yo os he amado”. Todos conocemos sobradamente este mandato de Dios. Y los que luchan y se esfuerzan por vivirlo, de verdad y todos los días, ya tienen y disfrutan un alto grado de felicidad. Preguntadlo a unos padres entregados, a un voluntario volcado en ayudar a los demás, a un misionero, a una religiosa que se desvive por los ancianos y enfermos. Veréis qué cara de felicidad tienen siempre. Felices los que han descubierto que el amor se deleita gozosamente en el trato humano, en el trabajo por el bienestar de los demás, en hacer la vida lo más agradable posible a los que nos rodean.

Que la Madre del Amor Hermoso nos ayude en este empeño.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, junio 15, 2015

31 de mayo de 2015

El rostro de la misericordia - Mons. Francesc Pardo i Artigas

El papa Francisco ha anunciado y convocado un Jubileo extraordinario de la Misericordia como un tiempo propicio para la Iglesia, para fortalecer y hacer más eficaz el testimonio de los creyentes. Este Año Santo se abrirá el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, y se clausurará el 20 de noviembre de 2016, fiesta litúrgica de Cristo Rey y fin del año litúrgico. “Aquel día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia”, escribe el Papa.

En la bula que anuncia la convocatoria, el Papa une la misericordia a la Santísima Trinidad: “Misericordia es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad.  Misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia es la vía que une a Dios con el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amado pese al límite de nuestro pecado”.

Está convencido de la necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque es fuente de alegría, de serenidad y de paz; para que podamos ser nosotros mismos  signos eficaces de la obra de nuestro Dios.

Es significativo el hecho que haya escogido el 8 de diciembre. Aquel  día se cumplirán 50 años de la clausura del Concilio Vaticano II.

Los que tenéis 50 años o menos no podéis tener la perspectiva suficiente para valorar lo que significó y significa aún hoy el Concilio Vaticano II. Se iniciaba un nuevo período en la historia milenaria de la Iglesia.

El Papa recuerda: “Los Padres reunidos en Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo de un modo comprensible. Derrumbadas las murallas que durante mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de una forma nueva. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con un mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser, en el mundo, un signo vivo del amor del Padre”.

Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: “En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar el remedio de la misericordia antes que empuñar las armas de la severidad… La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico, la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amantísima de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos que están separados”.

En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI, quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta forma: “Queremos ante todo apreciar como la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad… La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de su espiritualidad… Una corriente de afecto y admiración del Concilio se ha desbordado sobre el mundo humano moderno. Han sido reprobados errores, sí, porque esta es la exigencia, tanto de la caridad como de la verdad, pero en cuanto a las personas no ha habido más que invitación, respeto y amor. En lugar de diagnósticos deprimentes, remedios alentadores; en lugar de presagios funestos, mensajes de confianza se han dirigido desde el Concilio hacia el mundo contemporáneo; sus valores no sólo han sido respetados sino que también han sido honrados, sostenidos sus esfuerzos; sus aspiraciones, purificadas y bendecidas… Otra cosa hemos de destacar: toda esta riqueza doctrinal va dirigida tan solo a una cosa: servir al hombre. Se  trata de todo hombre, cualquiera que sea su condición, su miseria, sus necesidades”.

Por todo ello, en Roma y en cada Diócesis, el tercer domingo de adviento se abrirá una puerta santa: la puerta de la misericordia de nuestro Dios.
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - domingo, mayo 31, 2015

11 de mayo de 2015

Situación social y política que vive nuestro pueblo - Mons. Braulio Rodríguez



Con cierta frecuencia, en estas páginas, trato temas que podríamos denominar “sociales”; otras veces he aludido a temas “políticos”. ¿Cuál es la razón de hablar de estos temas? Nada tienen que ver con la actividad propiamente política, que no me compete; mucho menos la confrontación política entre partidos diferentes. No. Pero tengo, como obispo, la posibilidad de iluminar, siempre desde la Doctrina Social de la Iglesia, la situación social y política que vive nuestro pueblo, pues, como comunidad eclesial, los católicos de Toledo no viven fuera de la historia ni de los avatares que se van sucediendo en nuestra sociedad.

Decía hace poco el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, en la última Plenaria de Obispos, que la posición de la Iglesia no es, desde los inicios mismos de la llamada Transición política –en la que tuvo un destacado papel en la recuperación pacífica de los derechos y libertades- la de un contrincante político. Su papel no es de orden partidista, sino de orden pastoral, de iluminar conforme al Evangelio la conciencia de sus fieles para que su actuación, con personal responsabilidad, sea coherente con su fe como ciudadanos que son también de pleno derecho.

Todo lo cual significa, en mi opinión, que este es cometido evangelizador de la Iglesia en la sociedad civil de nuestra patria, donde tiene un espacio cualificado por su significación histórica y social, que viene marcado por dos coordenadas: independencia y colaboración. Es bueno recordar aquí que la Constitución española determina que, respetando la aconfesionalidad del Estado, contempla el hecho religioso, también la fe católica, como realidad positiva que contribuye a la construcción social. Algo, por desgracia, olvidado en ocasiones por grupos e incluso partidos políticos, que no abandonan su concepción de que la Iglesia son los clérigos y apenas contribuye al bien de la sociedad, y que mejor está en el ámbito privado, sin que expliquen mucho lo que eso significa.

Por esta razón, me parece importante resaltar que en el espacio público la Iglesia siempre trabajará por realidades innegociables, como son el derecho a la vida desde la concepción hasta su fin natural, el verdadero matrimonio y la armonía y estabilidad familiar, el derecho de los padres a la educación de sus hijos conforme a sus convicciones. Y lo que decimos es que todos ello está en consonancia con lo que muestra el Evangelio, en el que prima ante todo la opción preferencial por el amor y la misericordia de Dios para con los más débiles y pobres de la sociedad.

¿Quiere esto decir que los católicos somos perfectos y nos colocamos en un ámbito ideal, sin implicarnos en los problemas de cada día? Sabéis, hermanos, que no es así. Que respetamos la legítima autonomía del orden temporal (cf. Gaudium et spes,36); pero que este respeto no puede significar prescindir del recto orden moral y de las verdaderas exigencia de la naturaleza humana. Decía el Cardenal R. Blázquez en el discurso antes citado que “en una sociedad civil no ha de extrañar que los católicos tengan una voz coherente con su en los asuntos públicos, en el diseño de la vida social y cultural. Convicciones profundas que, por otro lado, están en las raíces más fecundad de la historia y señas de identidad de nuestro pueblo y han informado su caminar por la historia”.

Siempre es necesario que los católicos, especialmente los fieles laicos, vivan, personal y asociadamente, con coherencia responsable y alegre, la fe en la calle, en la vida social y política, en el ejercicio del voto o de la representación y actividad política, en la familia y con los amigos, en la cultura y en el arte, en el trabajo y en la diversión, para contribuir a un mundo mejor y defender la dignidad del ser humano, que solo se esclarece plenamente a la luz de Jesucristo, el Verbo encarnado (cf. Gaudium et spes, 22).

+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo
Primado de España
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, mayo 11, 2015

6 de mayo de 2015

A los jóvenes: “El Señor os llama” - Mons. Antonio Cañizares


Después de casi dos milenios de cristianismo, cuando la voz de Jesucristo ha llegado a casi todas las partes, sentimos con una intensidad cada día mayor la necesidad de orar pidiendo a Dios, llenos de esperanza, que mande a su Iglesia obreros del Evangelio, que suscite vocaciones a la vida consagrada, a la acción misionera, al ministerio sacerdotal. El mundo que vivimos parece que nos está diciendo: “en la nueva sociedad, en el futuro de un mundo nuevo, laico y adulto que fabricamos los hombres, no habrá ya sacerdotes, ni vida consagrada; no vayáis, jóvenes, por esos caminos, buscad otra profesión”. Así parece pensar el mundo de hoy. Pero precisamente por esto mismo, ante esta manera de pensar y al escuchar esas voces, comprendemos, por el contrario, que hay una gran necesidad, aún mayor que en otros tiempos, de sacerdotes y de hombres y mujeres enamorados de Jesucristo, consagrados a Él y a su Iglesia, al anuncio y presencia del Evangelio, al servicio de los hombres.

Porque siempre, pero particularmente el mundo en el que vivimos hoy, con su cultura o pseudocultura de alejamiento y silenciamiento de Dios que quiebran al hombre en su humanidad más propia y la destruye, la Iglesia, la sociedad, los hombres de hoy tienen necesidad de hombres y mujeres que vivan entregados por completo, enteramente, al servicio del Evangelio de Jesucristo. Los hombres de hoy y de siempre tienen necesidad de Cristo. Todos tenemos, en efecto, necesidad de Jesucristo. A veces sin saberlo pero, a través de múltiples e incomprensibles caminos, lo buscamos insistentemente, lo invocamos constantemente, lo deseamos ardientemente. Él es el esperado y deseado por todos. Se diga lo que se diga. Porque en Él está la dicha, el amor, la vida, la paz, la alegría, todo.

Nosotros, los hombres y mujeres de hoy, necesitamos de Cristo para recorrer los caminos de la vida. Y Él necesita de nosotros, de hombres y mujeres, para seguir presente acá en los años venideros. ¿Qué sería de nuestro mundo si le faltase El? ¿Qué sería de nuestra humanidad si no se le anunciase el Evangelio de paz y de gracia, de amor y de perdón? ¿Qué sería de nuestra sociedad si se extinguiese la voz y la luz del Evangelio? Sabemos que el Señor busca obreros para su mies. Él mismo lo ha dicho: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Por eso dirigimos esta petición al “Dueño de la mies”. Por eso, nuestra oración perseverante al “Dueño de la mies” rogándole envíe obreros a su mies, que es inmensa, es muy grande y espera esos obreros. Oración que ha de ser constante, pero que se intensifica al llegar estas fechas, en las que las comunidades eclesiales de todo el mundo se unen con un solo corazón y deseo en esta petición común, cuando hemos celebrado la fiesta del Buen Pastor.

Nuestro mundo, sacudido por transformaciones lacerantes “necesita, más que nunca, del testimonio de hombres y mujeres de buena voluntad y, especialmente, del de vidas consagradas a los más altos valores espirituales, a fin de que a nuestro tiempo no falte la luz de las más altas conquistas del espíritu” (San Juan Pablo II). Nuestra sociedad de hoy, en tantos aspectos rica, pero en tantos otros tremendamente empobrecida, está especialmente indigente de Dios. Por ello, tiene necesidad de hombres y mujeres que den testimonio de Dios como Dios ante un mundo que lo niega o lo olvida; que afirmen con sus vidas y su palabra, sin rodeos, el amor de Dios a todos y a cada uno; que nos traigan a la memoria algo que solemos olvidar fácilmente: que en el mundo venidero “Dios lo será todo en todos”; que muestren el valor de la gratuidad en un mundo en el que todo se compra y se vende.

La mies de Dios es grande y espera obreros: “la gente espera heraldos que les lleven el Evangelio de la paz, la buena nueva de Dios que se hizo hombre”. En el Occidente rico, concretamente en España, «es verdad que la mies podría ser mucha. Sin embargo, hacen falta muchas personas dispuestas a trabajar en la mies de Dios. Hoy sucede lo mismo que aconteció cuando el Señor se compadeció de las multitudes que parecían ovejas sin pastor, personas que probablemente sabían muchas cosas, pero no sabían cómo orientar bien su vida. ¡Señor, mira la tribulación de nuestro tiempo que necesita mensajeros del Evangelio, testigos tuyos, personas que señalen el camino que lleva a la “vida de abundancia”! ¡Mira al mundo y envía obreros! Con esta petición llamamos a la puerta de Dios!» (Benedicto XVI).

Tenemos necesidad de sacerdotes que hagan presente a Cristo, buen Pastor, que ha venido a proclamar la buena noticia a los pobres y la libertad a los cautivos. Necesitamos sacerdotes que impulsen, promuevan y lleven a cabo las necesidades, tan inmensas y tan inabarcables, de la evangelización. Sacerdotes para salir al encuentro de los alejados, para atender a los jóvenes, a los marginados; sacerdotes para los hombres del campo y de la ciudad, para los pueblos pequeños y para las grandes capitales, para los intelectuales y los trabajadores, para los que sufren y para los desalentados; sacerdotes capaces de iluminar la fe y la vida de quienes viven en situaciones difíciles; sacerdotes que anuncien el Evangelio de Jesucristo, que perpetúen el memorial de la Cena del Señor en las distintas comunidades cristianas, que perdonen los pecados en el nombre del Señor y conduzcan por caminos de reconciliación, de unidad y de paz entre las gentes. Sacerdotes que hagan crecer la llama del reconocimiento de Dios y de su Reino en todas las personas, en todas las familias, en todos los ambientes y en todos los pueblos. Los hombres de hoy, en lo más profundo de su ser, aunque lo nieguen –más entonces aún– «esperan a Dios, esperan una luz que les indique el camino; esperan una palabra que sea más que una simple palabra. Se trata de una esperanza, una espera del amor que, más allá del instante presente, nos sostenga y acoja eternamente. La mies es mucha y necesita obreros en todas las generaciones. Y para todas las generaciones, aunque de modo diferente, valen siempre estas palabras: “Los obreros son pocos”» (Benedicto XVI).

Hay que decirlo con fuerza, el mundo en que vivimos sigue necesitando hombres que entreguen su vida a Dios, que quieran ser testigos dichosos de la Buena Nueva en el ministerio sacerdotal. Faltan sacerdotes. Hoy es una tarea apasionante ser testigos de Dios en el mundo, entregando la vida por completo a esa tarea. Es hermoso saber que podemos evidenciar a Dios como la realidad más gratuita de todas y las más necesaria de modo primordial, porque sin ella pierden sentido las cosas y la totalidad de la vida y de la existencia se quedan sin luz. Sin sacerdotes no hay Iglesia ni evangelización. Por eso y para eso necesitamos orar: para que Dios envíe abundantes y santos sacerdotes.

Todos en la Iglesia estamos convocados a una magna empresa: llevar a cabo una nueva evangelización de nuestro mundo. Es verdad que esta nueva evangelización no se llevará a cabo sin los seglares. Pero la mayor participación de los seglares en esta gigantesca empresa exigirá, está exigiendo ya, la presencia de un mayor número de sacerdotes y de personas consagradas. Sin el trabajo y el ministerio de los sacerdotes, o sin la aportación de la vida consagrada, se resiente todo el trabajo del resto de los demás en la Iglesia. La ausencia de sacerdotes o de personas consagradas no se puede suplir con seglares. Se trata de unas vocaciones complementarias. Es necesario orar por las vocaciones sacerdotales y para una vida consagrada. Es necesario, además, “promover una cultura vocacional que sepa reconocer y comprender aquella aspiración profunda del hombre, que lo lleva a descubrir que solo Cristo puede decirle toda la verdad sobre su vida …: la vida es don totalmente gratuito y no existe otro modo de vivir digno del hombre fuera de la perspectiva del don de sí mismo. Cristo, Buen Pastor, invita hoy a todo hombre a reconocerse en esta verdad… esta cultura de la vocación constituye el fundamento de la cultura de la vida nueva, que es vida de agradecimiento y gratuidad, de responsabilidad y de confianza; en el fondo, es la cultura del deseo de Dios, que da la gracia de apreciar al hombre por sí mismo, y de reivindicar constantemente su dignidad frente a todo aquello que puede oprimirlo en el cuerpo y en el espíritu” (San Juan Pablo 11).

“Rogad al Dueño de la mies que mande obreros”. Esto significa: la mies existe; pero Dios quiere servirse de los hombres para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres y mujeres. Dios necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en comunión divina de alegría y amor” (Benedicto XVI). Con esta petición tan urgente y apremiante: “Manda obreros a tu mies”, estamos llamando insistentemente a la puerta del Señor. Gracias a Dios, en nuestra diócesis, esta llamada a la puerta del Señor, está siendo insistente: cada día se ora, en nuestra diócesis, por las vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida consagrada y a la acción misionera. «Pero con esta misma petición el Señor llama a la puerta de nuestro corazón. ¿Señor, me quieres? ¿No es tal vez demasiado grande para mí? ¿No soy yo demasiado pequeño para esto? “No temas”, le dijo el ángel a María. “No temas, te he llamado por tu nombre”, nos dice Dios mediante el profeta Isaías, a nosotros, a cada uno de nosotros. ¿A dónde vamos, si respondemos “sí” a la llamada del Señor?». A estar con Él y ser enviados a predicar el Evangelio. «Estar con Él y, como enviados, salir al encuentro de la gente… Estar con Él y ser enviados son dos cosas inseparables. Sólo quienes están “con Él” aprenden a conocerlo y pueden anunciarlo de verdad. Y quienes están con Él no pueden retener para sí lo que han encontrado, sino que deben comunicarlo. Es lo que sucedió a Andrés, que le dijo a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías”. “Y lo llevó a Jesús” añade el Evangelista» (Benedicto XVI).

Haciendo mías, por eso, las palabras del siempre querido y recordado Papa San Juan Pablo II, “¡me dirijo, sobre todo, a vosotros, queridos jóvenes! Dejaos interpelar por el amor de Cristo, reconoced su voz que resuena en el templo de vuestro corazón, acoged su mirada luminosa y penetrante que abre los caminos de vuestras vidas a los horizontes de la misión de la Iglesia, empeñada, hoy más que nunca, en enseñar al hombre su verdadero ser, su fin, su suerte, y en descubrir a las almas fieles las inefables riquezas de la caridad de Cristo. No tengáis miedo de la radicalidad de sus exigencias, porque Jesús, que os amó primero, está pronto a dar cuanto Él os pide. Si Él os exige mucho es porque sabe que podéis dar mucho. ¡Jóvenes, echad una mano a la Iglesia para conservar el mundo joven! ¡Responded la cultura de la muerte con la cultura de la vida!”.

“Rogad al Dueño de la mies”, quiere decir también: «no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre. Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa, ante todo, orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que éste es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”. Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción a fin de que nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría del Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad de dar su “si”. Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que Él, según su voluntad, suscite en ellos el “si”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios» (Benedicto XVI).

No tengamos miedo nadie; pero singularmente, queridos jóvenes, no tengáis miedo vosotros de escuchar la llamada y seguir al Señor. Dejaos conducir por el Dueño de la mies. El sabe más y quiere más y mejor que nosotros. Tal vez no sepáis qué es lo que el Señor quiere. Por eso, y para eso, hay que estar atentos a los gestos del Señor en nuestro camino: a los signos y acontecimientos, personas, encuentros. Es preciso estar atentos en todo. Hay que entrar, necesariamente, en amistad con Jesús, en una relación personal con Él, que sabemos nos quiere y nos elige para que seamos sus amigos; debéis vivir una amistad cada día más estrecha, íntima y honda con Él; ahí es donde podremos descubrir qué es lo que Él quiere de nosotros y para nosotros. Hay que prestar también atención, queridos jóvenes a lo que soy, a mis posibilidades. Para esto se requiere, por una parte, valentía; por otra, “humildad, confianza y apertura”, discernimiento; por eso, también, se requiere la ayuda de los amigos, de la autoridad de la Iglesia, de los sacerdotes, de la familia. “¿Qué quiere el Señor de mí? Ciertamente, eso sigue siendo siempre una gran aventura, pero sólo podemos realizarnos en la vida si tenemos la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que el Señor no me dejará solo, en que el Señor me acompañará, me ayudará” (Benedicto XVI).

Por eso, ante el Señor, en compañía y amistad con Él, le decimos: “Envía obreros a tu mies”. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - miércoles, mayo 06, 2015

1 de mayo de 2015

San José Obrero



El mes de Mayo, mes de María, comienza con la celebración de la fiesta de San José Obrero. Es también la fiesta del trabajo. Sabemos que esta fiesta nació como exaltación del trabajo y en recuerdo de los trabajadores asesinados en Chicago en el año 1886, por reivindicar ocho horas, no más, de trabajo diarias. Fue en 1955 cuando la Iglesia, por medio del Papa Pío XII, instituyó el primero de Mayo como fiesta cristiana, en honor de San José Obrero, para, además de orar por todos los trabajadores y sus familias, dar a conocer su rica doctrina social sobre el trabajo y dignidad del trabajador, exhortándonos también a nuestra santificación personal mediante el mismo. San José no sólo se entregó al trabajo artesanal en Nazaret y Egipto para así sacar adelante a su familia, sino que también, por medio de esta entrega, fue santificándose acogiendo día a día el proyecto de Dios sobre su persona: cuidar a María y a Jesús, creciendo en su fe desde su convivencia en familia.

Siguiendo la estela de San José, el cristiano tiene la misión, desde su situación laboral, de vivir y mostrar ante los demás su vocación de ser portador de la Buena Noticia del Evangelio. Se trata de tomar conciencia de que toda persona esta llamada, en los planes de Dios, a desempeñar un trabajo y a realizarlo conforme a su dignidad. La dignidad del trabajo y de los trabajadores no es una cuestión menor. Así lo recordaba el Papa Francisco el pasado 25 de Noviembre en su visita al Parlamento Europeo: “el ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo”. Conseguirlo supone un esfuerzo real: “Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos”. Esta tarea incluirá en más de una ocasión, la denuncia de injusticias y carencias en el mundo del trabajo.

Una de las cuestiones que exige nuestra atención es el drama del paro. En nuestro país las cifras siguen siendo preocupantes, pues tras los números hay rostros personales que no deben dejarnos indiferentes. Son millones de historias humanas afectadas por la insuficiencia o, incluso, carencia total de medios para satisfacer las necesidades más básicas de la vida diaria personal y familiar, que reclaman nuestra cercanía afectiva y nuestra solidaridad. Son proyectos de vida instalados de forma imprevista y obligada en la inseguridad, en la falta de reconocimiento social, en la dependencia económica y en una relativa exclusión social, con el grave peligro de sentirse frustrados en su autoestima y defraudados en sus esperanzas. La Doctrina Social de la Iglesia enseña que una sociedad donde las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles aceptables de ocupación no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social. El desempleo es una verdadera calamidad social, sobre todo en relación con las generaciones jóvenes. Por ello, es deber del Estado promover políticas que activen el empleo. La tarea fundamental del Estado es definir un marco jurídico apto para el desarrollo de la actividad económica, respetando el principio de subsidiaridad y la libertad de iniciativa económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender a la más débil.

Y en las actuales circunstancias, también cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad moral de ayudar generosamente, según nuestras posibilidades. De esta manera el drama del desempleo se convertirá en ocasión de crecimiento en humanidad y de auténtico progreso social en la verdad de la caridad.

En este mes de Mayo que vamos a estrenar, ponemos a todos los parados ante el Señor y pedimos a San José Obrero que interceda por ellos y sus familias.

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - viernes, mayo 01, 2015

20 de abril de 2015

Los cristianos son perseguidos - Mons. Demetrio Fernández



En el mundo entero. Celebramos este año el centenario de aquel genocidio armenio, que eliminó a un millón y medio de cristianos, sólo por ser cristianos.

A lo largo del siglo XX ha habido otros exterminios. En nuestra patria mismamente, en los años `30 nuestros padres y abuelos sufrieron persecución y muchos de ellos martirio (ya reconocido oficialmente por la Iglesia). Antes, sucedió en México con la revolución cristera. Después, en muchos países del este de Europa. O en China, en Vietnam, etc. A lo largo de toda la historia, los cristianos han sido perseguidos por ser cristianos. Y la sangre de los mártires ha sido siempre semilla de nuevos cristianos. No saben los perseguidores que cuanto más persiguen, más afianzan la fe cristiana en tantos lugares de la tierra. Y la Iglesia se ha abierto camino a lo largo de la historia, en medio de persecuciones y carencias.

Otro tipo de persecución, más disimulada, es la de amordazar a los cristianos en los países de occidente, los países más desarrollados, relegando la presencia de Dios a lo más íntimo de la conciencia y estableciendo una “neutralidad” laica en la sociedad civil. Se trata de plantear la vida y la sociedad como si Dios no existiera o haciendo abstracción de Dios. La confesión pública de la fe se permite, pero no el influjo de la fe en la esfera de lo público, ni siquiera cuando los cristianos son la inmensa mayoría. No estoy hablando de confesionalidad, sino de presencia de lo cristiano en la esfera pública, dentro de una sana laicidad positiva. En este contexto, la fuerza del Evangelio se amortigua con el consumismo, la búsqueda del placer y la comodidad, el afán de tener más, la corrupción en todas sus formas. Corre más peligro la fe en estos ambientes relajados que en aquellos en los que se persigue cruentamente a los cristianos.

En nuestros días esa persecución sangrienta continúa en lugares muy distintos: Tierra santa, Irak, Siria, Libia, Nigeria, Kenia, produciendo listas innumerables de mártires, sólo por ser cristianos. No pasa una semana sin que tengamos nuevas noticias en este sentido.

¿Qué podemos hacer? –En primer lugar, rezar por todos los perseguidos a causa de su fe, para que el Señor los sostenga, los consuele, los asista. “Bienaventurados vosotros cuanto os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos” (Mt 5,11), nos dice Jesús. El previó que en el mundo tendríamos luchas y persecuciones. Por tanto, no es nada nuevo que los discípulos de Cristo sufran persecución por causa del Evangelio: “vuestra recompensa será grande en el cielo”. Los mártires nos hablan, por tanto, de otra vida superior, de la vida eterna a la que llegamos por el camino de los mandamientos y a donde llegan de un golpe los que son sacrificados por ser cristianos.

Pero, además, hemos de ser sensibles y estar atentos para mostrar nuestra solidaridad con los hermanos cristianos que sufren por causa de su fe. Especialmente llamativo es el silencio de los países occidentales ante todas estas torturas, y peor todavía la indiferencia globalizada, como si con nosotros no fuera este asunto. Somos más sensibles ante los que mueren de hambre que ante los que mueren por su fe. Y no debiera darse ni lo uno ni lo otro. Hay cauces para hacer llegar nuestra ayuda material a esos campos de refugiados, donde carecen de todo, solamente por ser cristianos.

Y no olvidemos nunca que el perdón es una característica cristiana. Lo que saldría espontáneamente de un corazón herido, sería la venganza, el odio, la revancha antes o después. Sin embargo, nuestros hermanos cristianos que mueren por ser cristianos nos dan un precioso testimonio de amor, de amor supremo, perdonando incluso a quienes los torturan. Ese amor sólo puede brotar de un corazón como el de Cristo, que al ser crucificado, perdonaba a sus enemigos y los disculpaba: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). No es bueno, por tanto, tapar y olvidar el pasado. Recordamos para perdonar, recordamos para que las heridas queden sanadas, recordamos para aprender de ellos a amar sin medida.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Fuente: agenciasic
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, abril 20, 2015