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23 de mayo de 2018

El Espíritu Santo y la Virgen María

NOTAS PARA EL RETIRO
 Mayo 2018




 El Espíritu Santo y la Virgen María


Si intentamos volver nuestra mirada, en este último retiro, sobre la Madre del Señor, necesariamente tenemos que hacerlo sobre el misterio de la Encarnación del Señor y el anuncio del ángel Gabriel a la Virgen de la elección divina (Lc 1, 26-38). “El don del Altísimo te cubrirá con su sombra”, dice el ángel. La sombra es la gracia del Espíritu Santo, que hace que María pueda recibir ese especialísimo saludo: “Llena de gracia”. Ella encarna, en este misterio, a la Hija de Sión anunciada en el Antiguo Testamento, por lo que ella puede alegrarse con la alegría que los profetas anunciaban.
Nadie más que ella recibe semejante nombre en toda la Escritura; en su nombre hay ese matiz de plenitud, de abundancia, que encontramos en la conocida bendición de Ef 1: “Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado”. Esa generosidad ha sido concedida a María, de tal forma que cualquiera que busque la plenitud de la gracia en Cristo, la encontrará también a ella, colmada de esa plenitud del Espíritu, para poder ser la madre del Amado. Dios ha colmado a María a priori con la plenitud de la gracia, con la que el cristiano puede ser colmado a posteriori, en la comunión con Cristo.

¿Releo el relato del anuncio del ángel con la admiración de la creación por la predilección sobre María? ¿Puedo encontrarme en esa creación rescatada en la respuesta de María? ¿Cómo experimento la sobreabundancia de Dios, su generosidad conmigo en el orden de la gracia? ¿Experimento el don del Espíritu como vínculo de comunión con María, de su “sí” con todos los míos, los que se dan en la vida de la Iglesia a Dios?

La acción del Espíritu Santo en la Virgen María significa, entonces, que ella ha sido predestinada a una vocación y a una misión únicas en el plan de Dios. Mientras que, en nosotros, el don del Espíritu manifiesta una adhesión a Cristo, que se realiza por los sacramentos, y es fuente de nuestra vida en Él, en María el don del Espíritu es signo de la encarnación del Hijo y de ser, ella misma, la Hija de Sión.
Así que la santidad de María no proviene de ella misma, no ha sido ella la que ha provocado la elección divina, sino que, por el don del Espíritu, ella ha vivido para engendrar al Señor en su seno y en toda su vida. La acción del Espíritu en María glorifica la acción de la gracia y la libertad del que responde: el Espíritu, lejos de limitar la libertad de María, lejos de “hacerle” su vida, lo que hace es que la capacita para responder “Hágase en mí según tu palabra” y para hacer su vida según esa palabra, de tal forma que el Espíritu hace que María pueda vivir en esa comunión con Dios y con su divina voluntad.

¿Recibo el don del Espíritu para ser más libre, para poder seguir mejor la voluntad de Dios? ¿Abro mi corazón a la respuesta que Dios nos pide constantemente en la vida? ¿Pido el Espíritu Santo para ser, como María, obediente al Padre?

El don del Espíritu Santo hace de María la Madre y Virgen, es decir, el Espíritu nos sumerge en el misterio de lo imposible, en el misterio del don de Dios que ofrece a la humanidad salidas insospechadas, a sus propios planes y a los planes impensados. Por eso, nunca puede entenderse el personaje y la obra de María si no es desde la acción del Espíritu, desde su docilidad a la gracia y su deseo de vivir plenamente en el misterio de Dios. El Espíritu Santo eleva la humanidad a un nivel al que no se alcanza con las propias fuerzas, a un nivel en el que los planes humanos quedan pequeños, ridículos, y a una duración y trascendencia en el tiempo y la historia que hacen comprender que nuestra vida no es casual, que nuestra situación personal no es casual, que no vale con que sea divertida o con que pase cuanto antes, sino que es, toda ella, manifestación divina, lugar de revelación del misterio de Dios.
Hasta tal punto es así, que la santidad no contradice en María a la humanidad del Hijo, sino que, al contrario, se convierte en cualidad auténtica que la humanidad recibe: no habría sido más humano Jesús si hubiera sido pecador, ni tampoco si hubiera nacido de una mujer pecadora, porque lo que hace el Espíritu Santo en María es cooperar con ella para que el Hijo pudiera vivir y morir como hombre.

¿Experimento la certeza de que Dios mejora mis planes? ¿Tengo la libertad de Espíritu como para agradarme de reconocer el plan de Dios? ¿Me adhiero a ellos confiado de que mejoran mi vida? ¿En qué ámbitos de mi vida puedo decir que el Espíritu Santo me hace ser más yo, más hombre, más mujer? ¿Agradezco el don recibido para ello?

Por otro lado, la acción del Espíritu sobre María ilumina también la santidad de la Iglesia, o la acción de acoger la gracia del Espíritu de la Iglesia. Esta no es más humana por ser más pecadora, sino al contrario, es más humana en cuanto que es más capaz de acoger el don de Dios. La celebración de los sacramentos, la recepción de la gracia, hacen que la Iglesia se mire en el espejo de María para entender que cuanto más cree, más experimenta la acción del Espíritu en ella, que cuanto más proclama la Palabra de Dios, o anuncia el Reino u obra en caridad, más se desarrolla en su propio ser, y más se prepara para vivir en la comunión celeste, en una vida eterna con Dios: La Iglesia también recibe el Espíritu para que su humanidad pueda reflejar con mayor belleza la acción de Dios. También ella, en la humildad, recibe y es animada por Dios para mostrar la gracia del Espíritu que transforma el mundo.
La alegría que trae la Hija de Sión por el fiat, acogiendo el don del Espíritu, es la alegría que la Iglesia está llamada a comunicar también cuando recibe el mismo don, de tal forma que estando más en el mundo y mostrando cada cristiano su situación particular, puede encontrarse en ella no sólo iluminado por el Espíritu, sino transformado y transformador de esa realidad.

¿Experimentamos la alegría de compartir la fe en el mundo y del ánimo que nos da el Espíritu? ¿Recibimos la gracia en la Iglesia, gracia rebosante, para ser en esta vida comunión con la vida eterna? ¿Quién recibe la acción del Espíritu sobre nosotros? ¿Trabajamos también en la comunión de los santos? ¿Nos saca el Espíritu de nosotros mismos para mirar al bien de toda la Iglesia, o somos egoístas con lo divino?

En los evangelios vemos que en María todo es signo de la gracia en plenitud y de la inefable acción de Dios por el Espíritu, y esto no deja de ser una advertencia para todos nosotros: María, la llena de la gracia del Espíritu, es santificada en la acogida creyente del don de Dios, así la Iglesia se manifiesta más cerca de los hombres cuando, llena por la acción del Espíritu, más la conduce también, por la fe, hacia el encuentro con Dios.
Por eso, podemos fijarnos también en cómo el don del Espíritu Santo crea en lo profundo de la Iglesia el deseo de dar a Cristo, de hacer salir a Cristo al encuentro de los hombres. Recibir el don del Espíritu, por tanto, lejos de alejar a la Iglesia del mundo, produce en ella el efecto contrario, la sitúa en medio del mundo para poner a Dios cercano a todos, saliendo al encuentro de los que lo necesitan.

¿Experimento el impulso del Espíritu a hablar de Jesucristo? ¿Me anima el don del Espíritu a tener más caridad con los que no me gustan, con los que no me caen bien, con los que no defienden lo que yo? ¿Me veo cerca de los otros, o me alejo día a día?

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - miércoles, mayo 23, 2018

24 de abril de 2018

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La vida en el Espíritu

NOTAS PARA EL RETIRO
 Abril 2018



 La vida en el Espíritu


Ser cristiano significa estar en Cristo. Él mismo nos lo ha dicho así: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn 15, 4). El bautismo ha hecho de nosotros sarmientos de la vid, y por lo tanto nos ha injertado en Cristo para recibir de Él el don de la vida eterna. Hablar de vida en Cristo es, por tanto, volver la mirada al don que recibimos en la fuente bautismal: Al ser engendrados, hemos sido enraizados en Cristo, de tal forma que el Espíritu actúa en nosotros, o realmente, por la fuerza de su ser, nosotros en Él. El bautismo ha hecho que nuestro principio de identidad y de vida sea el Espíritu Santo, y su acción en nosotros nos conduce -de esto iba el tema anterior- hacia la vida eterna.
El cristiano es, entonces, el que ha recibido el Espíritu de Dios, aquel que nos hace llamar a Dios “Padre”. Por eso también es el Espíritu el que obra la identificación espiritual de cada uno de nosotros con el Señor, pues uno mismo es el Espíritu que ha obrado en Él y en nosotros. Así, nuestro deseo, desde lo profundo del corazón, ha de ser que sea Él, el Espíritu de Cristo, el que se adueñe de nuestra vida. Que no sirva a nuestros propósitos, sino que inspire los suyos en nuestro corazón, de manera que no solamente los deseemos, sino que nos veamos con fuerzas como para llevarlos a cabo.

¿Encomiendo mis pensamientos, mis acciones, mis palabras, al Espíritu Santo? ¿Examino los espíritus, para tener certeza de que atribuyo al Espíritu de Dios lo que es suyo? ¿Me expongo a la luz de la Palabra de Dios para escuchar la voz del Espíritu? ¿Hago examen de conciencia frecuente que me ayude a reconocer qué viene de Dios y me enraíza con Él cada día?

San Pablo emplea de forma indiferente -la mayoría de las veces- la vida en Cristo y la vida en el Espíritu. En estos casos, la proposición “en” se entiende bien como “por”, es decir, no hace referencia a vivir en un lugar, sino a que Cristo y el Espíritu son principio de acción y de vida del creyente. Ese principio actúa de una forma constante, no capacita de forma intermitente, por rachas, sino que actúa en nosotros de tal forma que de forma suave (como la brisa de Dios que pasó ante Elías) pero creciente (como la corriente de agua que manaba del templo en la visión de Ezequiel), la unción del Espíritu va tomando posesión de nuestro ser.

¿Dónde se realiza en nosotros esa unción? Sabemos bien que, principalmente, por medio de los sacramentos, pero estos tienen su continuidad en toda la vida del creyente, que por la palabra de Dios que es escuchada, pero también que es testimoniada, nos une con la fe y la vida de los discípulos. Estos recibieron la misión de anunciar a Jesucristo, de “hacerlo visible” por su tarea evangelizadora, y en su misión encontramos, tal y como explica LG, el eslabón que une la revelación del Padre que realiza Cristo, y la revelación de Cristo que ellos realizan para nosotros.

Para que ese testimonio pueda ofrecerse, es necesario que el Espíritu vaya realizando una tarea en lo profundo del corazón de los discípulos: es el que se encarga de profundizar en ellos la fe, de llevarla a lo más hondo de su reflexión, pero también de su aceptación.

A partir de ahí, el testimonio del discípulo ha de ser referido a Cristo para que la comunión entre ambos sea cada vez mayor. El testimonio, entonces, se convierte en sacramento de la fe, cuando se da esa coherencia que realiza el Espíritu de Dios. Hemos recibido el don del Espíritu para poder confesar a Cristo: el Espíritu no es “algo” en nosotros, es fuerza personal, energía dinámica, que nos mueve a dar un testimonio vivo del Señor, no solamente a reflexionar de forma estéril, sino a tener la disposición de querer ofrecer al Señor a los demás, de querer presentar y acercar a Jesús a aquellos que veo que, cerca de mí, lo necesitan. A menudo, ser pastor es tan sencillo como poner ante el pastor; darse cuenta de quien anda necesitado de una guía para la vida tiene que motivarnos a ofrecer a Jesucristo, no a calcular las probabilidades de éxito.

¿Confieso a Cristo? ¿Ante quién? ¿A quién le he propuesto cualquier actividad que tenga que ver con la fe y con el Señor, a la vista de su difícil o dolorosa situación? Aquellos amigos que descolgaron al paralítico de la camilla en presencia de Jesús para que lo curara vienen a nuestra mente: ¿a qué amigos he llevado ante Jesús, me he dejado mover por el Espíritu para invitar a creer y a vivir esa fe?

La vida en el Espíritu puede explicarse también, teniendo en cuenta que es Espíritu el que tiene que hacer en nosotros, según la expresión propia del Salmo 39, que Cristo asume en su vida, tal y como expone la carta a los Hebreos: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad”. Si la vida de Cristo ha sido un misterio de obediencia, no puede ser de otra forma en el caso de sus discípulos, pues el Espíritu que ha impulsado a Cristo a vivir en obediencia, en comunión continua con la voluntad del Padre, ha sido el Espíritu Santo. Desde el pequeño que estaba sometido a sus padres en los relatos de la infancia, hasta el extremo de la obediencia en el árbol de la cruz. En Cristo encontramos la obediencia que Adán no tuvo, y de esta forma, Cristo ha comunicado por el Espíritu una forma de obediencia propia del Hijo de Dios y de quien quiera dar testimonio de Él.

Es por esto que, si la cabeza se ha sometido a la voluntad del Padre, el cuerpo tiene que hacer como ella, pues es la única forma posible de que se cumplan las palabras de Pablo: “el Hijo se someterá”. De esta forma, la vida en el Espíritu tiene una forma de realizarse tan concreta como ha sucedido en Cristo: en conformidad con el Espíritu de Dios, por amor al Padre, respondiendo fielmente a su voluntad.

Esto se realiza en la transformación de nuestra voluntad en la suya. Aquí, rápidamente necesitamos advertirnos de la importancia de un padre espiritual que contraste y filtre nuestras intenciones, que sea capaz de desenmascarar la belleza de la obra de Dios y las tentaciones de engaño de cada uno de nosotros, con la autoridad para fiarnos de su palabra.

¿Me dejo ayudar, con transparencia, exponiendo la verdad de lo que hay en mi corazón? ¿Acepto ser contrastado como una forma de ser iluminado por el Espíritu, con compromiso por mi parte de hacer lo que se me dice? ¿Valoro la obediencia como actitud de comunión con Cristo, o veo más práctico intrigar, “negociar”, incluso con aquello que es de Dios y que tiene que ver con su providencia? ¿Hago de la oración lugar de aprendizaje de la obediencia, o hago a mi manera en ella?

Si el Espíritu Santo nos sitúa en la vida eterna, nuestra vida consistirá en irla haciendo según aquello que da la vida eterna. Hay en nuestras palabras y decisiones muchas de ellas que nos ponen en contacto con la eternidad de Dios, y a esas hay que seguir, son buenas inspiraciones, pero hay otras que sólo producen daño, quizás aparentemente camuflado en algo bueno, en algo incluso piadoso o placentero: la vida en el Espíritu será capaz de descubrir estos engaños del enemigo, que busca alejarnos de la Iglesia y debilitarnos.

El camino del Espíritu es un camino de conversión constante, no hay razón para dejar de escuchar al Espíritu Santo o para dejar de intentar hacer según sus inspiraciones, pero es cierto que pide constancia y humildad en la oración, paciencia y perseverancia para que no se apropie de nosotros el desánimo, o la prisa, que suele conducir a malas decisiones.

¿Obra en mí el Espíritu de Cristo? ¿Elijo voluntariamente el camino del bien? ¿Me doy cuenta de cuando rechazo las mociones del Espíritu, suaves y tranquilas, para elegir desde la soberbia, queriendo causar daño?

Si hay una práctica útil, que no podemos abandonar bajo ninguna circunstancia, porque nos descubre que vamos a la deriva o llevados por nuestro capricho, no por el Espíritu ni por la Iglesia, esa es el examen de conciencia. ¡Busquemos aprender a hacer este examen para que el Señor, por el Espíritu, ilumine nuestras decisiones!

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - martes, abril 24, 2018

5 de marzo de 2018

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Esperanza en la venida del Reino

NOTAS PARA EL RETIRO
 Marzo 2018



 Esperanza en la venida del Reino

“Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia, sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel: “Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños... Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará”.” (Hch 2, 14-17. 21) Las palabras de Pedro en el día de Pentecostés, tras la efusión del don del Espíritu no deja lugar a dudas. Proféticamente, Pedro no sólo ha experimentado el signo, sino que además está en condiciones de explicarlo con palabras.

Su anuncio es definitivo: si el Espíritu ha sido derramado sobre toda carne, nos encontramos en los últimos días. La Pascua es el momento de la efusión del Espíritu: Pedro sigue al profeta Joel para anunciar que “el Espíritu ha sido derramado sobre toda carne”, Pablo dirá que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Esa efusión del Espíritu es reconocida, y no sólo ella, sino también su sentido, su intención: los últimos días. Vivimos en los últimos días, y lo sabemos porque se nos ha dado el Espíritu. No a unos pocos privilegiados de una familia, según la sangre, sino que se ha dado a “toda carne”, se nos ha dado a nosotros, los de lejos, llegados más lejos que de Mesopotamia, Judea o Capadocia, y a los de cerca, a los Doce.

¿En quién obra el Espíritu Santo? ¿Lo busco? ¿Lo reconozco en otros? ¿Hago discernimiento de espíritus ante lo que me sucede, ante lo que vivo? ¿Dejo que el Espíritu me comunique lo que tengo que guardar, lo que es duradero, lo que ha de quedar en lo profundo de mi corazón?

El Espíritu es, de hecho, el que realiza la venida definitiva del Reino, el fin de los días. Tanto es así que muchos padres afirmaban que Lucas en lugar de decir: “venga a nosotros tu Reino”, leen: “venga tu Espíritu sobre nosotros y que Él nos purifique”. Es el Espíritu el que trae el final, el que trae la escatología, el que trae lo eterno, y así “disminuye la distancia” entre el día de hoy y el último, entre mi ser yo y que Cristo sea “todo en todos”.

Reconocer lo que es obra del Espíritu, lo que viene de Dios, tiene una importancia vital, porque me pone ante una elección constante, la de lo duradero. Hay algo que puede hacerme ser para siempre, que me puede hacer eterno, verdadero, incluso venciendo en mí al pecado, a mi capricho. Así experimentamos “bocados de parusía”, podemos reconocer en signos de nuestro tiempo últimos signos... ¿por el caos? ¿por el desorden?

Bien, puede ser, pero, sobre todo, principalmente, por la obra del Espíritu: ¿Dónde obra el Espíritu Santo? ¿Puedo reconocer su acción? ¿Reconozco su obra maravillosa? ¿Tengo cuidado para discernir, para no atribuir al Espíritu aquello que no es de Dios, y también para reconocer como obra suya todo aquello que verdaderamente Dios inspire? ¿Me dejo contrastar para no caer en explicaciones erróneas?

Un santo de la Iglesia oriental, Serafín de Sarov, decía que “la verdadera finalidad de nuestra vida cristiana es la conquista del Espíritu divino”. El Espíritu es meta, don escatológico, venido del fin de los tiempos, de la eternidad, para darnos el fin de los tiempos, para darnos la eternidad. Ciertamente, no sin nosotros. Por eso añade: “La oración, el ayuno, la limosna, la caridad y las restantes buenas obras realizadas en nombre de Cristo son los medios para adquirir el Espíritu divino”. Nuestra cooperación es necesaria. Nosotros acercamos con la caridad y la virtud el fin de los tiempos, la Parusía, mientras que nuestras malas acciones, nuestros pecados, la retardan. Lo sabe bien la liturgia del Adviento, que nos lo recuerda frecuentemente en sus oraciones propias. La vida eterna que nos trae el Espíritu no es una cosa abstracta, sin fruto en nuestra vida; la vida eterna que viene “nos hace a nosotros eternos”, es decir, trae al hoy el pasado y el futuro, para ayudarnos a contemplar la historia como Dios la contempla.

Así, el Espíritu nos enseña a vencer la tentación de la nostalgia, y también la tentación de la prisa. Dios actúa hoy, y con toda su potencia nos ayuda a mirar como Él mira, a comprender el mundo desde su caridad, desde su razón, desde su sentido propio. Por eso es tan importante la vida en comunión con el Espíritu, porque nos ayuda a comprender lo que sucede, a discernir nuestra realidad y la del mundo, a agradecer, a hacer penitencia, a guardar silencio, a alabar... verdaderamente, si podemos decir que hay un tiempo para todo, es porque vivimos en el tiempo del Espíritu, que nos instruye para hacer lo que conduce en su dirección y mostrar el plan de Dios.

¿Cómo me muevo entre el ruido y la prisa? ¿Me ilumina el Espíritu o me puede la velocidad? Lo eterno no es lo mismo que lo rápido: ¿Lo rápido me sirve como señal de alarma para no perder lo esencial, lo que de verdad vale, lo duradero? ¿Cómo entiendo la venida de lo eterno, como ayuda para elegir, para afrontar, para crecer, para buscar el misterio de Dios, o más bien como algo que no sé qué tiene que ver conmigo?

El Espíritu Santo es, así, principio y fin de nuestra santificación, que ha comenzado la obra buena en nosotros en el bautismo, y la consumará cuando ya seamos plenamente transformados. Es por esto que el Espíritu actúa en nosotros mientras vamos de camino, para que aprendamos a obrar bien. Viene a invitarnos a una comunión mayor con Dios, y lo hace provocando a nuestra libertad, para que nuestra voluntad se decida a aceptar la acción de la gracia, acción que se realiza desde lo profundo de nuestro ser y hasta las más pequeñas decisiones y criterios. Es por esto que la plenitud de Dios va obrando en nosotros en la medida en que nos dejamos hacer. No actúa más Dios porque hagamos más cosas, porque nos pasen más cosas...

¿Quién lleva el protagonismo en mi vida? ¿Puedo diferenciar la acción de Dios de la mía? ¿En qué momentos, con qué personas, no dejo actuar suficientemente al Espíritu de Dios y alejo su venida a mí?

Un signo indudable de la presencia del Espíritu Santo en mí es la esperanza, pues el Espíritu nos vincula con la vida eterna que esperamos. Por encima de que las cosas nos vayan de maravilla o estemos pasando por una racha difícil, la esperanza no se mide en función de nuestros resultados, sino en función de nuestra capacidad para dejar obrar al Espíritu. En medio de tiempos duros, de épocas de crisis, la esperanza puede permanecer inconmovible, como hemos visto tantas veces en los santos por un motivo bien sencillo: permanecen unidos al Espíritu Santo, no lo violentan, sino que acogen, contemplan, afrontan lo que les sucede desde el Espíritu de Dios. El Espíritu Creador nos pone en una comunión, en el sentido propio de lo que está sucediendo, nos enseña a mirar hacia delante con la certeza de quien avanza en la dirección correcta, aunque las cosas no estén saliendo bien.

Es también la experiencia de comunión de los mártires, que no contemplan sólo el padecimiento o la tortura, sino que se sitúan en la eternidad que reciben, que viven en medio de las dificultades. Creer que el Espíritu Santo es don absoluto, escatológico, eterno, significa dar prioridad a lo que el Espíritu obra, en suave brisa o en diluvio devastador, por encima de mis idas y venidas, mis rachas, mis dudas...

¿Mido las cosas que me pasan por los resultados? ¿Examino mi conciencia buscando qué cosas, decisiones, palabras, han nacido de mí en comunión con Dios, o qué ha venido de mis urgencias, de mis impaciencias? ¿Soy capaz de levantar la mirada, de ser más profundo, cuando las situaciones se complican, o por el contrario me dejo arrastrar por lo inmediato, lo pasajero? ¿Valoro el don de lo eterno o me muevo por sensaciones, sentimientos, deseos?

Este retiro puede servirme también para revisar mi vida sacramental, pues el Espíritu que recibimos en los sacramentos hace que lo histórico sirva como medio que nos comunica con lo eterno. Nos hace probar, “gustar” lo eterno, nos mueve a desearlo más. Por eso, puedo preguntarme si experimento, como fruto de la acción sacramental en mí, un mayor deseo de lo eterno, una mayor tendencia hacia lo que no pasa, a olvidar lo que me ata a lo pasajero.

¿Cómo vivo la vida sacramental? ¿Es ordenada? ¿Profundizo desde la formación en lo que celebro? ¿Me intereso por seguir la voz del Espíritu que habla y anima a su Esposa la Iglesia? ¿Qué elementos de mi formación he profundizado, he ido cambiando según la enseñanza litúrgica y magisterial de la Iglesia? 
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, marzo 05, 2018

1 de febrero de 2018

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El Espíritu Santo y la unidad de la Iglesia

NOTAS PARA EL RETIRO
 Febrero 2018




“Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”. Esta es una petición diaria que la Iglesia realiza al Padre en la celebración de la eucaristía. El don del Espíritu Santo, que ha transformado el pan y el vino en Cuerpo y Sangre de Cristo, es necesario también para realizar la unidad del Cuerpo. La eucaristía no nos une solamente con Cristo, nos une con todos los que la han recibido, es por esto que la petición que la Iglesia hace es pertinente, consecuencia de un amor a la eucaristía bien vivido, de un deseo de comunión real, no particular. La Iglesia tiene, desde su mismo origen, la experiencia de la acción del Espíritu: ella misma fue creada por el don enviado sobre los Doce reunidos, escondidos, en el cenáculo (Jn 20). El mismo don que, inmediatamente después, se infundió a la primera comunidad en el día de la fiesta de pentecostés (Hch 2). 

Así pues, no hay duda de que la unidad es una característica básica, esencial, de la Iglesia que Cristo funda, y la Iglesia tiene conciencia de que necesita salvaguardar esa unidad que Cristo le ha infundido con el mismo don con el que se la ha infundido: el don del Espíritu Santo. 

El Espíritu, que actúa para introducir en el Cuerpo, es dado también al Cuerpo y en Él se recibe. Sí, así es: el don del Espíritu hace formar parte de la Iglesia, como sucede en el santo bautismo. Por ello dice san Pablo: “Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos” (Ef 4, 5-6). El Espíritu, también, tal y como pide la Iglesia en la celebración sacramental por la segunda epíclesis, insuflado sobre la Iglesia la une, vincula profundamente a sus miembros. El Espíritu también es recibido individualmente, para ser hechos a la manera de Cristo, Mesías, ungido por el Espíritu de Dios (cfr. Lc 4). Por eso, el Espíritu que dio vida al Hijo en la Pascua, es el que da vida a la Iglesia para manifestar así su acción sobre el Hijo de Dios. La primera reflexión, por tanto, del retiro de este mes, nos tiene que llevar a un punto de partida que el cristiano adulto no puede descuidar:

¿Valoro la unidad esencial de la Iglesia? ¿Sufro por la división, por tanto, que encuentro en la misma? ¿Comprendo bien el esfuerzo que la Iglesia hace por esa unidad, en ningún caso desviado de su inicial intención, pues hace manifestarse al mundo en la Iglesia tal y como esta es? ¿Agradezco y me intereso la acción de la Iglesia que busca la comunión, la fraternidad entre los que recibimos el don de la fe, el de la Iglesia, y el del Espíritu en el mismo bautismo?

Un ejercicio que nos puede ayudar a valorar la necesidad de este don es tan sencillo como mirar a los que me rodean. Cada uno de ellos ha sido adornado con diferentes dones y virtudes. Ni yo tengo los suyos, ni ellos los míos. Esa riqueza, esa variedad de características, no son un obstáculo para el Espíritu Santo, más bien al contrario, me permiten reconocer la acción del Espíritu porque, ¿cómo obra éste? El Espíritu Santo produce unidad respetando la diversidad, animando en la diversidad, favoreciendo, siempre dentro de los límites de la fe recibida y de su contenido sagrado, las variadas características y dones espirituales de cada uno. 

La admiración es mayor cuando nos paramos a ver esta capacidad del Espíritu de suscitar distintas personalidades, sensibilidades, en el mismo cuerpo eclesial. Es raro en la Iglesia, o al menos debería serlo, la existencia de las “fotocopias”: no tiene sentido querer que en la Iglesia los otros sean como yo soy, crean como yo creo, se comporten como yo me comporto. Incluso los parecidos estilos, latiguillos, expresiones… la unidad no es el fruto de la presión o de la reducción de cada uno a un original a imitar, sino que la unidad se establece por la comunión: sencillamente, tú y yo confesamos lo mismo, podemos rezar el mismo credo, podemos ayudarnos a vivir según ese credo, en nuestras distintas formas, gustos, preferencias…
Entonces, ¿qué pasa con los que no son como yo, con los que, dentro de la Iglesia, no les gusta lo que a mí? Pues la verdad es que no pasa nada malo: en esa variedad, la confesión de fe es común, el Padre y el Hijo que nos dan el Espíritu son los mismos.

¿Cómo reacciono ante los que no hacen como yo hago? ¿Respiro o me ahogo? ¿Quiero someterlos a mi forma de ser, o los aprecio y agradezco sus perspectivas? ¿Valoro como un don irrepetible lo que yo he recibido o, falto de autoestima, trato de imitar lo que son y hacen otros? ¿Qué busco en la unidad de la Iglesia?

Ciertamente, el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones para que todos podamos reconocer a Jesús como el Señor (cfr. Rom 10,9). En ese envío, su comunión con nuestro propio espíritu es inmediata, convirtiendo nuestro cuerpo en su tabernáculo, y entrando en contacto con nuestros pensamientos, con nuestros deseos, buscando transformarlos para que se realice el plan de Dios. 

La venida del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros, entonces, busca que seamos plenamente católicos, que Él sea todo en nosotros, hace que todos seamos uno, y que la unidad se realice en la multitud. Por eso, la comunión de los santos trasciende el espacio y el tiempo, y nos conduce, desde el justo Abel hasta el último creyente, a la perfección por la comunión en nosotros.
Sólo el Espíritu viene a lo más interior de nosotros mismos, a nuestra conciencia, donde nadie más puede entrar, para fortalecerla frente a las amenazas y tentaciones que quieren alejarnos de Dios. Así, la unidad de la Iglesia se realiza no solamente desde fuera, desde lo que la Iglesia nos aporta, nos enseña, nos comunica, sino también desde lo más profundo de nosotros mismos, donde Dios actúa. Es por esto que la unidad tiene que ser buscada: dejar la unidad a lo que Dios haga es dejar la misión para otros, es renegar de la tarea que hemos recibido en el bautismo.

¿Qué camino he hecho yo en lo profundo de mí para favorecer la unidad eclesial? ¿He experimentado que esta es un camino de conversión que empieza en mí mismo, en mi mirada hacia los demás, en mis deseos y aspiraciones, en la comunión entre los intereses de Cristo y los míos? La acción de la Iglesia por la unidad es un precioso camino de humildad que hace quien, sabiendo de su comunión con Dios, no reniega a buscarla para otros, tal y como el Señor ha hecho por nosotros: ¿Valoro ese interés, ese profundo deseo, ese camino humilde de negación y de confesión?

El Padre y el Hijo comunican el don del Espíritu tras la Ascensión, para formar a Cristo en cada fiel, y darle así unidad interior, y en todo el Cuerpo, para darle así unidad eclesial. Santo Tomás de Aquino se pregunta sobre cuál es la raíz que produce esa una unidad, sobre cuál es la raíz profunda de todos los dones que hay en cada uno para que podamos decir que, en la variedad de los dones, existe la unidad en Dios, y llega a la conclusión de que esa raíz es la caridad: la caridad unifica los dones que tenemos cada uno de nosotros, pues viene de Dios y es Dios, que despliega su sabiduría y poder por el bien de la Iglesia, para que pueda llegar a todos, a cada uno en función de los dones de cada creyente. Es por esto que la caridad no es algo abstracto sino algo muy, pero que muy concreto. La caridad establece una unidad mística entre los hombres, de tal manera que se manifiesta en las relaciones humanas, personales y sociales. 

El amor al prójimo, al que es diferente a mí, al que necesita ayuda, al que me corrige y al que se enfrenta conmigo, es un don que Dios concede a quien, humildemente, quiere acoger el Espíritu y unirse, en realidad, con el mismo Cristo. Así, podremos preguntarnos también bajando a lo concreto:

¿Hay personas con las que no me esfuerzo en mi grupo, en mi parroquia? ¿Hay personas en la Iglesia de las que prefiero alejarme a intentar favorecer la unidad? El testimonio imprescindible para poder hablar de unidad es la caridad. La caridad construye la unidad. ¿Con quién me estoy esforzando verdaderamente? ¿Aparecen en mi interior deseos de desprecio hacia otros, los domino con humildad, intento cambiar? ¿O me excuso en lo que sé o en lo que hago para despreciar a otros? El modelo siempre es Cristo, que no ha construido la unidad desde sus poderes, sino desde la entrega en cruz. ¿Qué actitudes debo desear aún en este camino como don del Espíritu divino?
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - jueves, febrero 01, 2018

7 de enero de 2018

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Espíritu Santo y Nueva Evangelización

NOTAS PARA EL RETIRO
 Enero 2018


Acercarnos al tema de la nueva evangelización es hacerlo a algo paradójico, porque no podemos acercarnos a algo nuevo, como es el anuncio de la buena noticia de Jesucristo, si no es volviendo constantemente sobre el misterio mismo de Jesucristo, nacido “en la plenitud de los tiempos” (Ga 4) y “que vive hoy resucitado y glorioso por los siglos de los siglos” (cf. Pregón pascual). La evangelización es nueva porque es la de hoy, para hoy, tarea de los que hemos recibido la palabra de vida hoy y dirigida a los hombres de hoy, en su vida actual, moderna, cambiante. Pero evangelización se refiere siempre al que es anunciado, Jesús de Nazaret, y al encuentro que ha de darse con Él, hoy.

Por eso, para hablar de nueva evangelización, o como está tan de moda hoy, de “Iglesia en salida”, necesitamos tener clara la fuente de la que salimos: la fuente es Dios, que ha salido de sí (exitus) hacia nosotros, para volver a sí mismo (redditus) con nosotros. Como no quiere Cristo volver al Padre sin ninguno de nosotros, da continuidad a su salida enviando a su Iglesia a continuar su misión: “Jesús es «el primero y el más grande evangelizador». En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu” (EG 12).

¿Experimento esa relación entre Dios que viene a mí y mi deseo de hablar de Dios a otros, entre lo que recibo de Dios y lo que me mueve a compartir? ¿Dónde se debilita esa cadena de comunicación de la gracia? ¿Reconozco la acción del pecado en mí, o siempre tengo a quien echarle la culpa? ¿Hago por mi cuenta, o todo lo que hago redirige hacia la Iglesia a los demás, a una vida de fe estable?

Querer dedicarse a la misión evangelizadora, aceptar la propuesta del Señor, tiene un componente precioso, que es su capacidad de reconducirnos también en nuestra vida de fe, a la intimidad, a lo secreto con el Señor. El Papa Francisco llamaba a esto en Evangelii Gaudium una “intimidad itinerante” (EG 23). El hombre que acepta la llamada del Señor, “venid y veréis”, entra en una comunión de vida con Él, que lo mantiene, si es verdadera comunión, en tensión misionera, en un constante deseo de ir a otros, “porque para esto he venido al mundo”.

Así, el creyente experimenta algo que desea en su interior, pero que tiene que encontrar la forma de “traducir”, que diría Joseph Ratzinger en Introducción al cristianismo, de tal forma que sea posible comunicarlo, acercarlo a otros y que lo acepten, lo entiendan, lo reconozcan incluso en ellos mismos. Esto supone un estado constante de búsqueda, de profundización, de conversión, que ayude a descubrir la forma de dirigir a los demás lo común, lo reconocible, de la experiencia de la fe, sin ocultar aquello que es particular y que anima al prójimo a superar los límites que su imaginación o su pensamiento le hayan impuesto.

Es necesario aprender a avanzar partiendo de lo que tenemos, es decir, con constante agradecimiento por lo recibido de Dios, aprendiendo a valorar correctamente nuestra fe, y haciendo frecuentemente examen de conciencia, para ver qué estamos haciendo con el don de la fe que se nos ha dado. Y es igualmente necesario aprender cómo comunicar el evangelio, desde los medios más cotidianos a mi disposición: las redes sociales, los medios de comunicación, un café o una merienda con amigos… saber adaptarse a esas circunstancias es necesario para llevar a cabo una evangelización nueva, un anuncio de la Palabra de Dios eficaz, bien dirigido, que puede ser interesante para el receptor, que no suelta las cosas de cualquier manera ni sin pensar a quién se tiene delante.

Los nuevos métodos, igual que los antiguos, están sometidos al sentido de Iglesia, a que permitan ser buen cauce de comunicación de la Palabra divina. Acerca de ellos nos preguntamos:

¿Qué aportan los medios de evangelización que empleamos ahora en mi grupo, en mi parroquia, o yo personalmente? ¿Mantienen lo esencial del mensaje, o lo difuminan con buena intención pero hasta perder el núcleo de la fe? ¿Aclaran lo que creemos, lo transmitimos adecuadamente, con un lenguaje certero y comprensible? ¿Qué relación tienen las virtudes teologales con mi vivencia de la evangelización? ¿Qué mociones genera en mí la acción del Espíritu Santo, cómo me mueve a acertar en el diagnóstico y en las palabras y acciones?
 
Necesitamos que el don del Espíritu Santo nos ilumine el entendimiento para que nuestro corazón sea capaz de discernir con acierto cómo afrontar un testimonio oportuno y adecuado acerca de nuestra fe y de Jesucristo. Necesitamos, entonces, también, su fuerza para perseverar, pues por encima incluso del acierto ha de estar el no dejarnos llevar, el no rendirnos a vivir sin anunciar, a una fe limitada a tiempos y personas, una fe “maniatada”, incapaz de fluir hacia los demás de manera natural y correcta: así advertía el papa Francisco, que “más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta” (EG 49).

Por eso, el don del Espíritu nos anima a descubrir todos los elementos que dificultan la evangelización en nuestro tiempo para saber cómo tenemos que reaccionar. Estos elementos son externos e internos, y si los externos dificultan el avance de la fe, son los internos los que son sin duda decisivos. En ellos nos jugamos la verdadera eficacia de nuestra misión. Entre los elementos externos están el subjetivismo relativista de nuestra sociedad, el consumismo sin control o la influencia de los medios de comunicación. Entre los elementos internos a tener en cuenta están el relativismo práctico que a veces aceptamos por comodidad, la necesidad de renovar los espacios de nuestra fe, la vida de oración y la normalidad con la que acogemos tantas cosas que no están bien en nuestra sociedad, en la Iglesia o en nosotros mismos. Todos ellos nos dificultan un testimonio de fe vigoroso y convincente, y por eso necesitamos que el Espíritu nos renueve para que nuestro testimonio evangelizador sea natural, convencido, sereno y verdadero.

¿Cómo me afectan los elementos sociales que alejan a Dios de la vida, que lo separan de las decisiones importantes, o que dejan de lado una perspectiva cristiana a la hora de evaluar y reflexionar sobre el mundo? ¿Dejo que esa forma de mirar del mundo me venza en lo cristiano? ¿Cómo me afecta la comodidad a la hora de celebrar o de vivir la fe? ¿Me preocupo constantemente de mi conversión para dar mejor testimonio o me cubro las espaldas desviando las culpas hacia otros? ¿Quién me ayuda a salir de los engaños que me plantea el Tentador?

La nueva evangelización siempre buscará que superemos todo ese tipo de dificultades, que en realidad solo tienen un camino posible: es necesaria la experiencia de la cruz, del misterio pascual, para alcanzar la victoria. Y es así porque nosotros solamente anunciamos a Jesucristo, muerto y resucitado. Así ha sido en Él y así sucede en nosotros a partir del don del bautismo, en el que recibimos el Espíritu Santo. Es este Espíritu el que nos capacita para la misión, pues Él es el que hace que podamos confesar que “Jesús es el Señor” (Rom 10,9). Así lo advierte el papa Francisco: “no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor” (EG 110).

Por el don del Espíritu recibido en el bautismo, nuestras palabras, pero también nuestras acciones, han de ser una confesión del señorío de Cristo sobre nuestra vida. Desde el día de nuestro bautismo y hasta en nuestro funeral, en la misa dominical y en nuestras visitas a enfermos, en las decepciones del día a día, en tantos y tantos momentos, el cristiano se ve llamado a anunciar a Jesús como Señor, a confesar su dominio sobre todo lo que sucede, en la iglesia o fuera de ella. No hay nada más nuevo que el misterio de la muerte y resurrección de Cristo realizado en nuestra vida. Es, en palabras de san Agustín, “belleza tan antigua y siempre nueva”. La novedad de la Pascua, podríamos añadir como final, si se realiza plenamente acogida en nuestra vida, empuja a un movimiento de comunión, de unidad en la Iglesia, que, desde mi pequeño grupo y hasta en el conjunto de los cristianos, puede llevar a exclamar: “mirad cómo se aman”. Y es que no es posible hablar de nueva evangelización si esta no produce unidad en la Iglesia, desde mi propia parroquia y hasta la unidad de la Católica. Preguntémonos, entonces:

¿afronto las dificultades de la vida, la enfermedad, la soledad, la ofensa, como asunción del misterio pascual, como dinámica propia de la fe y camino de evangelización? ¿quién se beneficia de mi testimonio creyente? ¿Dónde aún me cuesta entregar a Cristo el señorío sobre mi vida? ¿Doy testimonio de mi fe por mi búsqueda de unidad en la Iglesia, en mi parroquia, en mi centro, o por el contrario, siembro discordia, dudas, murmuración? ¿Me dejo reconducir a la unidad en la caridad?
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - domingo, enero 07, 2018

3 de diciembre de 2017

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La confirmación

NOTAS PARA EL RETIRO
 Diciembre 2017
 
 

“Recibe, por esta señal, el don del Espíritu Santo”. Fácilmente queda ya lejos de nosotros el momento en el que el obispo nos impuso su mano para ungirnos con el sacramento de la crismación, pronunciando esas palabras sobre nosotros. No debe producirnos vértigo el hecho de volver a traer a nuestra memoria la celebración sacramental de nuestra confirmación para poder entender el misterio tan enorme que allí se encerraba y que, seguramente, no pudimos captar plenamente. ¿Qué aportó a mi vida?

Quizás sea un momento este retiro para valorarla más oportunamente. La confirmación es un momento de siembra; eso significa que, seguramente, sus frutos se hayan ido manifestando después, con el paso de los años. Tantos después de recibir la confirmación desaparecen… y lo que provocan es que lo que en ellos se ha sembrado no pueda dar fruto, al menos temporalmente. Por eso, la reflexión sobre el poder y la acción de la confirmación ha de ser constante en la Iglesia: ¿Qué añade la confirmación al bautismo?

El bautismo es el sacramento que nos asemeja a Cristo en su muerte y resurrección, así lo dice la carta a los Romanos. Por eso, la confirmación significa la vida por el fruto de la Pascua, que es el don del Espíritu santo. Podríamos decir que, de la misma manera que el Espíritu Santo desciende sobre la Virgen María para propiciar la encarnación, la venida del Hijo de Dios, y después desciende sobre Jesús para ungirlo con miras a la misión evangelizadora, en las aguas del Jordán, así el Espíritu Santo desciende en el bautismo sobre el fiel para hacerlo hijo de Dios -y miembro de la Iglesia- y en la confirmación para la unción mesiánica que anima a la evangelización en la Iglesia.
 
¿Supuso mi confirmación un vínculo mayor con la Iglesia, una conciencia mayor de la misión de la Iglesia? ¿O puedo decir que realmente fue solamente una siembra… para un tiempo posterior, más cercano a lo que soy hoy? ¿Valoro ese vínculo y compromiso eclesial que no es solamente una ocupación o carga, sino que nace de un don, el del Espíritu Santo? ¿Vivo la acción del Espíritu como la fuerza para dar testimonio, en cada momento, del amor de Dios? ¿Lo agradezco y lo trabajo?
 
En el Concilio Vaticano II se dice que los cristianos “por el sacramento de la confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras” (LG 11). Es interesante el empleo de esos tres verbos: se vinculan, se enriquecen, quedan obligados… Hay un camino que se muestra ahí para poder afrontar y reconocer en la vida el don recibido.

Sin duda, lo que se obra por acción del Espíritu en la confirmación en nosotros es una inserción plena, consciente, un paso de madurez, en la comunidad de la Iglesia. Existe un fuerte vínculo entre el confirmado y la Iglesia que le confirma, que le reconoce la madurez para dar testimonio capacitado, serio, responsable, de su fe. Por eso, la comunicación del Espíritu Santo en la confirmación capacita al que lo recibe para ofrecer una confesión de fe apropiada, atrevida, en tantos casos sellada con la entrega de la propia vida.

Es por esto que podríamos poner nuestra atención en la participación del confirmado en la misión profética de Cristo, quizás la que se hace más visible en estas definiciones. Si Cristo fue ungido con vistas a anunciar la buena noticia del evangelio, como el profeta definitivo, en el que se cumplen las palabras de Dios, el cristiano aprenderá y será, también él, testigo del evangelio por el don del Espíritu, pero testigo no a título personal, sino testigo enviado por la Iglesia que le ha confirmado. El vínculo eclesial se manifiesta, entonces, también, como compromiso personal, concreto, cercano: El inicio del testimonio cristiano es entre los hermanos, es en la misma Iglesia. Allí un confirmado aprende y madura al dar sus primeros pasos en la ofrenda de la fe recibida.
 
¿Cuáles fueron esos primeros pasos para mí? ¿Cuál es el eco que todavía queda de ello en mi corazón y en mi acción en la Iglesia? ¿Experimento la necesidad de decir -de palabra y obra- que soy cristiano y que intento vivir como tal? ¿Permanece viva en mí esa experiencia de necesitar una comunidad de referencia, en la que hablo y me hablan de Dios? Esta es un signo de madurez, de crecimiento, de reconocimiento de la obra de Dios en mí, obra que sigue haciéndose día a día…
 
Apostolicam Actuositatem explica en su número 3: “Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. (…) El apostolado se ejerce en la fe, en la esperanza y en la caridad, que derrama el Espíritu Santo en los corazones de todos los miembros de la Iglesia. Más aún, el precepto de la caridad, que es el máximo mandamiento del Señor, urge a todos los cristianos a procurar la gloria de Dios por el advenimiento de su reino, y la vida eterna para todos los hombres: que conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo (Cf. Jn., 17,3). (…) Por consiguiente, se impone a todos los fieles cristianos la noble obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra”.

En este número de gran riqueza espiritual, el Concilio pone en el don del Espíritu la base para el apostolado de los laicos. El Espíritu nos hace partícipes en la misión profética de Cristo, de tal forma que nuestra tarea evangelizadora es siempre fruto del amor de Dios, nace de la caridad, que no nos sitúa por encima de aquellos con quienes hablamos o con quienes trabajamos, sino siempre a su servicio, pues el amor se manifiesta en el servicio, que sabe llevar por caminos llenos de imaginación y de paciencia a los hermanos hacia la fe, por caminos de libertad y de encuentro a los hermanos hacia la vida de la Iglesia, no haciendo fotocopias nuestras, sino ayudando a todos a ser imagen de Cristo.
 
¿Pido el don del Espíritu para poder ser en la vida lo que he sido hecho sacramentalmente? ¿Vivo la evangelización como una entrega de amor, o como una charla que hay que dar? ¿En qué ámbitos me acomodo o me dejo llevar por lo que hay, y en qué personas reconozco una clara llamada de Dios a hablar de mi fe, que no es mérito mío, sino don de Dios? ¿Dónde experimento que crezco, que Dios me enseña, que me madura?
 
Los padres de la Iglesia ya explicaban que en el don del bautismo hay un itinerario oculto, un camino hacia plenitud que se realiza en comunión con el misterio de Cristo: así, se actualiza “según el beneplácito de Dios y según el desarrollo de nuestra conciencia y de nuestro entroncamiento en la sociedad de los hombres y en la historia del mundo”. Por eso, tiene que conducir a que, por la confirmación, uno comienza a referirse a otros, a salir de sí mismo, a sentirse solidario con los otros, a contribuir a su vida, a sus necesidades, en el ámbito de la fe o en el de cualquier aspecto del desarrollo personal.

Y Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, relaciona el don de Pentecostés con la vida de los apóstoles y la gracia del apostolado. Se entra en una etapa de evangelización. Así se entiende bien que, cuando el cristiano deja de ofrecer testimonio del evangelio por la caridad, vuelve a encerrarse en sí mismo, en sus propias necesidades, y limita los frutos de la confirmación. Dios se preocupa de nuestras necesidades, necesitamos ver mejor y confiar más… Ningún confirmado podrá, entonces, afrontar la vida correctamente si no lo hace consciente de la experiencia de la comunidad y de la acción misionera de la Iglesia.

Así, por terminar cerrando el círculo de este retiro, volveríamos al don del bautismo y a su relación con la confirmación; esta, sin duda una fase avanzada de aquel, al haberse separado históricamente de lo que era una misma acción en sus primeros siglos, se ha convertido en expresión eclesial de la misión de la Iglesia, que se realiza por el don del Espíritu Santo y en comunión con Cristo.
 
¿Acepto dar testimonio de Cristo en el mundo? ¿Me sale natural? ¿Veo las necesidades de los hombres en el mundo y con respecto a la fe como una oportunidad de ofrecer testimonio o más bien de esconderme, de dejar que otros hagan? ¿Soy activo para servir en la evangelización o me escondo en mis debilidades y flaquezas? ¿Valoro el bien que sería para todo el mundo el don de la fe y quiero ofrecerlo, o me desanimo? Quizás, nos venga bien hacer memoria con más frecuencia de nuestra confirmación, no por lo que hayamos hecho o no, sino por lo que Dios sembró, de forma indeleble, en nosotros aquel día…
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - domingo, diciembre 03, 2017

11 de noviembre de 2017

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Ley del Espíritu, cultura de vida

NOTAS PARA EL RETIRO
 Noviembre 2017


 
Cuando el credo largo confiesa su fe en el Espíritu Santo nos encontramos con dos verdades de fe que resaltan sobre las demás: este Espíritu es “Señor y dador de vida”. Todos nosotros soñamos con la vida, con una vida plena, feliz, que llene nuestro ser más allá incluso de lo que podemos imaginar. Y, sin embargo, en muchas ocasiones todos nuestros esfuerzos por hacer crecer esa vida los realizamos desde el punto de vista biológico. Son esfuerzos puramente humanos, hechos en elecciones de trabajo, de plan de vacaciones, de lugar donde compramos, o de color del coche. Proyectos y esfuerzos buenos, es innegable, pero también pasajeros. Así, de forma inevitable, nuestra vida se entreteje con la muerte, pues tratando nosotros de alargar, de mejorar, de enriquecer la vida, es necesario que tomemos decisiones que se apagan y llevan impresa también la marca de la muerte.

La vida a la que se refería el Concilio de Constantinopla es un soplo que renueva al hombre en su totalidad y que transforma el devenir de lo que somos, animándonos a pasar de la nada a la que nos dirige nuestro nacimiento a la vida eterna de la que ese soplo proviene y nos refresca en el nuevo nacimiento del bautismo. Ese proceso se realiza de una forma interior, pues el viento del Espíritu no mueve las hojas de los árboles ni abre las puertas cerradas del cenáculo, sino que remueve en lo más interior, en lo profundo, hasta tal punto que de pronto estamos dentro. Con ese movimiento interior, todo, y en ese todo estamos cada uno de nosotros, es conducido hacia el Padre, el Señor, autor de cielo y tierra.
 
Un primer motivo de reflexión es, entonces, la presencia interna del Espíritu de Dios en nosotros, un Espíritu que se mueve para movernos, que busca llevarnos hacia Dios. El Espíritu Santo no quiere detenernos, sino hacernos avanzar, convertirnos: ¿soy consciente de cómo el Espíritu de Dios quiere moverme, quiere que avance en mi fe, me llama -como en la Sagrada Escritura- y me agita (Jue 13,25) para que dé testimonio de Dios? ¿Acepto que no soy yo, sino que es Dios en mí, para no caer en la tentación de hacer a mi manera, sino de confiar más en Él? ¿Soy capaz de superar decisiones pasajeras, de ponerlas en su justo lugar, con la ayuda de Dios y de la Iglesia?
 
Ese movimiento interior, ciertamente, podemos reconocerlo significado en otros movimientos exteriores de los que nos habla la Sagrada Escritura: el fuego, el agua viva, el viento, el vuelo de la paloma. Las imágenes que han servido en la Biblia para hablar del Espíritu Santo se caracterizan por el movimiento que provocan. Ese movimiento siempre busca conducirnos hacia una comunión con el Padre, pues es el Espíritu el que nos mueve, nos hace gritar “abbá, Padre” (Rom 8,15) y también es el Espíritu el que nos mueve a confesar que “Jesús es el Señor” (1Co 12,3). De esta forma, en ambas circunstancias el Espíritu es el que da, el que ofrece una nueva vida como hijos en el Hijo.

Esta vida tiene un valor sacramental. Esta vida que forma parte de la creación tiene, también como ella, un valor sacramental. En ella se comunica Dios. Por ella es Dios mismo quien se da a conocer. He aquí un rasgo característico de la fe cristiana: mientras que el hombre espiritual en la tradición hindú se detiene en la contemplación del “yo”, el Espíritu conduce al hombre espiritual al ámbito de la Trinidad, nos mueve a una comunión plena con Dios. Nos sumerge en su luz maravillosa, en la plenitud del ser y del conocer, allí donde solo Dios es.
 
Si Dios viene a introducirme en su ser, en su propia vida feliz, eterna, de amor, entonces yo soy llamado a dejarme llevar por el Espíritu de Dios. ¿Puedo reconocer sin duda su presencia y su palabra? ¿Me dejo contrastar en la Iglesia para que mi grupo, mis buenos amigos, mi confesor, muestren lo que Dios quiere hacer en mí? ¿O cierro mi corazón a sus inspiraciones yendo por donde yo prefiero, por donde me muevo más cómodo? Entrar en Dios significa salir de mí: ¿me animo a vencer mi propia comodidad o me excuso en mis palabras y razonamientos para salirme con la mía?
 
Por eso, cuando el hombre mira dentro de sí mismo ha de hacerlo no para buscarse, sino para encontrar a Dios dentro, que ha dejado su imagen, su marca, y por lo tanto el camino por el que encontrarlo y encontrarnos; cuando miramos dentro de nosotros es para ser guiados por el Espíritu Santo no hacia nosotros, sino hacia Dios, en quien nosotros somos: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo que lo trasciende todo…” (Ef 4,6). Por eso, dice san Atanasio de Alejandría: “El Padre obra todo por medio del Verbo en el Espíritu. Por lo tanto, en la Iglesia se predica “un solo Dios” que está sobre todos, por medio de todos y en todos. Está “sobre todos” como Padre, principio y fuente; “por medio de todos” en el Hijo; “en todos” en el Espíritu Santo”.

Cuando el creyente recibe el don del Espíritu, su corazón es transformado, se convierte en lugar de apertura a Dios, que puede mostrarse como quiera en la vida. Si nuestro movimiento natural en la vida debería ser confiar, es cierto que en muchos momentos lo que nos sale es desconfiar, y por eso el Espíritu abre las puertas de nuestro corazón confiadamente para buscar conscientemente el buen hacer de Dios en nuestra vida. El don del Espíritu crea en nuestro corazón un hábito bueno, esa capacidad para descubrir la acción divina; es una especie de sensibilización de nuestro corazón a la acción del Espíritu que nos permite reconocer la presencia escondida de Dios en diversas situaciones, palabras, personas… digamos que, en distintos y variados elementos de la creación, en cuya cima está el hombre.
 
¿Nos paramos a mirar? ¿Tenemos la suficiente libertad como para reconocer la presencia de Dios donde Él se muestra, incluso cuando lo hace donde no nos gusta, donde no lo esperamos? ¿Cómo preparamos nuestro corazón para situaciones en las que sabemos que, objetivamente, Dios va a aparecer, como son los sacramentos? En esos momentos el Espíritu santifica a los fieles, santifica ofrendas, muestra el poder de Dios: ¿los vivimos con especial atención y viveza, de corazón? Es decir, ¿decimos con plena conciencia: “Levantemos el corazón, lo tenemos levantado hacia el Señor”?
 
El hecho de que el Espíritu transforme nuestro corazón y nuestra vida crea en lo más profundo de nuestro ser… Vida. Una Vida eterna, nueva, porque no se acaba. Ya no es vida natural, es vida sobrenatural. Ya no la fabrica el hombre con su esfuerzo e inteligencia, sino que proviene directamente de Dios que la crea en y para nosotros. Cuando esto sucede y podemos captarlo, hablamos de que tenemos vida, vida en el Espíritu, vida de resucitados, de la que tiene Cristo en la gloria, sobre la que se van a fundamentar nuestras decisiones y palabras. Podemos decir que, entonces, el Espíritu empieza a desarrollar en nosotros una vida en adoración, en reconocimiento constante, sereno, transparente, de la presencia de Dios, que hace que nuestra vida busque en todo lo que nos sucede no a nosotros mismos, sino al Dios vivo.

Entonces, como creyentes, podemos reconocer con san Pablo que “todo nos sirve para bien” (cf. Rom 8,28). No necesitamos forzar a nadie a lo que queremos, no buscamos que nuestra mirada sea la que todos tengan, ni que nuestras decisiones o palabras sean aceptadas o aplaudidas: estamos en comunión. Podemos reconocer lo que siembra muerte en nosotros e ir a quitarlo rápidamente, llenos de humildad y de amor. Podemos reconocer también lo que Dios nos cuida, con lo que apreciamos especialmente todo lo que recibimos. La vida en el Espíritu como estado de vida, como experiencia de comunión, tiene el poder de sacarnos de nosotros mismos y llevarnos hacia Dios.

Por eso, nos lleva directamente a mejorar nuestra relación con el prójimo, a querer estar en paz con los hermanos, con los que convivo o con los que la relación es más difícil, a querer echar una mano a quien sé que lo necesita. La vida en el Espíritu mira al débil, mira al pobre, mira al enfermo, mira al que necesita ayuda, mira al que está cansado o desanimado, mira al que está sin esperanza o desorientado y nos pone a caminar a su lado, como Jesús, lleno del Espíritu que da la vida, hizo con los de Emaús (Lc 24). He ahí “la prueba del algodón”, cuando ya no busco fijarme en lo cerca que estoy de Dios, sino en lo lejos que están otros y lo que lo necesitan…
 
¿Valoro esta forma de vivir, capaz de no entrar en confrontación, pero siempre obediente a la voz de Dios? ¿Acepto, al reflexionar sobre este tipo de vida que procede de Dios, la alegría que provoca, serena, valiente, obediente, eclesial? A menudo, cuando algo nos va bien, sólo deseamos que lo que va bien no se vaya, que permanezca para siempre, pero: ¿vivo en el momento presente, momento en el que Dios está conmigo y me salva?
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - sábado, noviembre 11, 2017

3 de octubre de 2017

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El Espíritu Santo

NOTAS PARA EL RETIRO
 Octubre 2017
 
 
 
La Iglesia de los orígenes fue totalmente consciente de encontrarse bajo la acción del Espíritu Santo y de estar llena de sus dones. Así entendían los primeros cristianos que el Señor resucitado ejercía su poder, su cuidado y su gobierno sobre ella: “Como las manos se pasean por la cítara y las cuerdas hablan, así habla el Espíritu del Señor en mis miembros y yo hablo por su amor”, se dice en un antiguo escrito, las Odas de Salomón. Llenos de la seguridad que da el Espíritu Santo, los apóstoles partieron para anunciar por todas partes la buena noticia de la venida del reino de los cielos.

Así es, desde muy pronto los discípulos fueron conscientes de que habían sido poseídos por la fuerza del Espíritu Santo, de que eran seres espirituales, y por lo tanto de la presencia y acción del Espíritu de Dios en ellos y sobre sus vidas. Aquella no fue, sin embargo, tan solo una feliz experiencia, una certeza que en lo profundo de sus vidas les llevaba y decía: fue una novedad complicada de asumir, de aprender a traducir, una “convivencia” no fácil, una armonía entre las manos y el instrumento que hubo que trabajar, pues al Espíritu Santo no se le ve, se le reconoce por su acción, pero muy pronto muchos se apuntaron a un carro que no era el suyo, y trataron de desviar a bienintencionados creyentes por caminos equivocados.

Es fácil decir que se tiene el don del Espíritu por determinadas acciones o palabras carismáticas… pero lejos de la fe y la unidad de la Iglesia. Muchas de las primeras y más importantes herejías surgen por esto: grupos que no trataron de comprender la fe y el seguimiento de Cristo sino de sustituirlo, haciéndolo a su manera.
 
Podríamos preguntarnos si esto nos ha sucedido, si, en nuestra humilde medida, también nosotros le hemos atribuido al Espíritu Santo nuestros deseos, nuestras ideas, nuestros proyectos, movidos por un ardor bueno, pero ingenuo…
 
También es cierto que muchos, en su buen deseo de fidelidad, pensaron también en renegar de toda acción del Espíritu, pero esa también es una grave tentación: no, la Iglesia es carismática, ha recibido el don del Espíritu. La Iglesia está formada por hijos de Dios, espirituales, que dice san Ireneo de Lyon significa “no por la supresión de la carne, sino por la participación en el Espíritu”.

Y es que, ciertamente, la Iglesia quería ser dirigida por el Espíritu Santo; no solamente por la Palabra de Dios, sino también por las inspiraciones y llamadas que Él daba por su Espíritu. La Iglesia está llamada a vivir siempre como digna receptora del Espíritu de Dios. Así tiene la seguridad de conservar la tradición recibida, refutando toda idea o deseo que la aleje de la voluntad del Padre.

Esta primera tentación con respecto al Espíritu Santo nos puede servir para meditar también sobre su acción en nosotros. El Espíritu actúa en nuestras vidas, ilumina nuestra conciencia y nos incita a adherirnos al Señor, buen pastor que nos gobierna con el don que nos ha dejado. A nosotros nos toca reconocer su presencia, no llevarla a donde nos pida el cuerpo, sino reconocer cómo quiere obrar. De hecho, a Cristo le lleva a cumplir la voluntad del Padre, no la suya propia. Ese será su primer efecto en nosotros si es verdadero Espíritu: la obediencia humilde y confiada a la voluntad del Padre.
 
Esta reflexión nos puede llevar a meditar también sobre las veces que olvidamos el poder del Espíritu, que obramos por la sola razón, sin dejarnos iluminar, desde una matemática exigente y errónea, insensible. El Espíritu divino busca convencernos suavemente, pero no se deja dominar. Nos conduce hacia la guía de Cristo con la armonía que decíamos… Es fácil decidir por la comodidad, o por la costumbre, o por enfado, sin reconocer su invitación al amor.
 
Por eso, en los santos la Iglesia reconoce desde antiguo el discernimiento de espíritus, el don del conocimiento, una fuerza que se ejerce sobre las almas, poderes curativos… y experiencia de comunión con Cristo. El Espíritu Santo nos hace obrar de forma diferente, nueva, poderosa a la vez que humilde si le prestamos atención.

La Iglesia, que desde muy antiguo reconoce la fuerza divina del Espíritu, comienza a profesar una fe trinitaria, y lo hace especialmente, siguiendo el mandato del Señor, en la celebración del sacramento del bautismo. Cuando, en el siglo IV, la Iglesia oponga resistencia a los que negaban la divinidad del Espíritu Santo, Atanasio, Basilio, Gregorio Nacianceno, encabezarán la defensa del dogma de la tercera persona de la santa Trinidad. Este se justifica por la Escritura y por la Tradición. Así, recurren a la experiencia de la vida cristiana, de la oración, desde el día del bautismo, para reconocer el poder del Espíritu en el cristiano. La Iglesia, para reconocer el Espíritu, se fija en su acción: por eso, Lex orandi, lex credendi.
 
He aquí otro punto para la reflexión muy importante: ¿soy capaz de reconocer al Espíritu en la celebración de la Iglesia? No se le reconoce por elementos sentimentales o externos, sino por la obra de conversión que realiza en mí. No se le reconoce por gestos o palabras llamativas, sino por su acción, clara y conocida por la Iglesia. Igual me viene bien recordar cómo el Catecismo de la Iglesia Católica explica la acción del Espíritu Santo en la acción de la Iglesia, que es expuesta con cuatro verbos: Prepara, recuerda, actualiza y pone en comunión. (CCE 1091-1109) ¿Puedo experimentar esas acciones en la Iglesia, las valoro, las agradezco?
 
De esta lucha va a salir muy fortalecida la Iglesia, que irá cada vez con más frecuencia volviendo su atención sobre la importancia de la epiclesis, o invocación del Espíritu Santo en la celebración de la Iglesia. Las anáforas de finales del siglo IV en adelante darán gran importancia a esta petición de que la fuerza de la resurrección de Cristo se haga presente en la comunidad reunida, en la Iglesia en oración.

El Espíritu es invocado en la celebración para establecer una continuidad entre la teología y la economía, entre lo que Dios es y su acción en nosotros, de tal forma que cuando nos es dado nos une a Dios, y lo hace por el mismo principio que sella la unidad del amor y de la paz en Dios mismo.

Por eso, el Espíritu Santo es principio de unidad en la Iglesia y principio activo de nuestra vuelta al Padre por el Hijo. La primera de las dos epíclesis de la plegaria eucarística pide la transformación de los dones, del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, para que así nosotros mismos seamos transformados en lo que recibimos, y la acción del Espíritu lleve a cabo ese movimiento en nosotros.

Así lleva a plenitud lo comenzado en nosotros por el bautismo que nos introducen el cuerpo de Cristo: así, el Espíritu actúa para hacer entrar en el cuerpo, pero es dado al cuerpo y en este se recibe como don. La experiencia de la comunión por el Espíritu es una experiencia eclesial. Pensemos en el Credo que rezamos cada domingo, la relación entre el Espíritu y la Esposa es inseparable. Por eso rezar el Credo es una experiencia de comunión, de vivencia del don de Dios: no se puede rezar el Símbolo si no es con la influencia del Espíritu Santo, que nos anima a reconocerlo. La liturgia hispánica hace preceder el Credo de una monición preciosa: “Profesemos con los labios la fe que llevamos en el corazón”. Sin duda que la profesión sólo puede ser motivada por la acción del Espíritu, que quiere conducirnos hacia la unidad con el Padre.
 
Este primer tema nos invita a meditar sobre lo que Dios es, a entrar en un ejercicio de contemplación, de reconocimiento de lo que Dios es como algo dinámico, porque el amor es dinámico, a descubrir de qué forma Dios nos intenta conducir al misterio de su unidad en la Trinidad, por eso podemos utilizar para la oración alguno de los textos en los que se manifiesta la fuerza de su acción. Recomendamos el pasaje de Pentecostés (Hch 2, 1-11), pero como es tan rico en matices, pongamos nuestra atención en la acción de Dios más que en otra cosa, cómo aparece, de qué forma se deja reconocer, qué cambios produce y cómo, a partir del momento de su efusión, su acción ya se presenta inseparable de la de los hombres. El compromiso de Dios con los hombres es tal que solamente unido a ellos se entiende el Espíritu de Dios desde entonces.
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - martes, octubre 03, 2017