3 de noviembre de 2019

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Pedro, roca de la Iglesia

NOTAS PARA EL RETIRO
Noviembre 2019






Pedro, roca de la Iglesia


Al igual que el misterio de la salvación de los hombres es un camino de abajamiento, de humildad, por parte de Jesucristo, de la misma forma ha de ser en sus discípulos: para poder presentarse como apóstoles del Hijo de Dios, su camino ha de ser de la misma manera, en la misma dirección. En san Pedro vemos cómo el seguimiento del Señor consiste en un camino de humildad. De hecho, en la humildad está la prueba que permite valorar si uno está en condiciones de aceptar la misión que se le va a encomendar.

Pedro es un pescador que asume una tarea complicada. Jesús le convierte en el primero entre iguales (Mt 16). Y no sólo para mientras el Maestro está, sino también para cuando no esté. Eso supone que va a tener que ser muy fuerte, porque las dificultades van a surgir más pronto que tarde. ¿De dónde sacar esa fuerza? ¿Cómo podrá soportar la responsabilidad, la urgencia, cada circunstancia? He aquí que, en cuanto se enfrenta a la primera situación realmente comprometida, descubre que no es tan fácil; así le sucede en las negaciones (Mt 26,69-75). Según tiene que afrontar la situación, queda solo y cae.

¿No nos repetimos a nosotros mismos lo fuertes que tenemos que ser ante las responsabilidades? ¿Afronto las circunstancias como el que tiene que sostener o como el que tiene que ser sostenido? ¿Qué realidades de mi propia vida me invitan a cargar con todo y seguir adelante, consciente del gran esfuerzo que hago? ¿En cuáles Dios es una ayuda y en cuales me sostiene?

Así que Pedro va a tener que aceptar que es, a la vez, un creyente y un pecador. Un creyente porque el que lo lleva es el Señor, el que lo guía y conforta es Cristo, un pecador porque la relación con Cristo conlleva una experiencia necesaria de arrepentimiento y de perdón. Pedro tiene que aceptar que va a fallar a Jesús, pero que Jesús le perdona. Pedro tiene que asumir que es un pecador, pero un pecador creyente, que espera de Jesús lo que él mismo no puede darse, la santidad y la gracia. Cuando Pedro escucha el canto del gallo y cae en la cuenta de lo que ha hecho, de que ha puesto por encima su visión de las cosas, de que ha querido que las cosas sean a su manera, sin pasar por el misterio pascual, la traición del pecado le abre a un nuevo mundo, un mundo significado por la confusión. ¿Cómo puede ser? Yo, con lo que quiero a Dios… ¿Cómo he podido? El corazón experimenta la humillación, se encuentra deshecho, desolado. Quebrantado. “Hecho trizas” dice literalmente el salmo 50. Es la angustia de la tentación que se avecina o de la tentación en la que ya se ha caído.

No nos resulta difícil, tan acostumbrados que estamos a contemplar ese pasaje evangélico, imaginar a Pedro en esa situación interior, en esa angustia y esa desorientación de quien ha cometido un pecado, de quien ha sido vencido por la tentación y ha negado a su Señor. No nos resultará tampoco difícil vernos a nosotros mismos en esa situación. Un autor antiguo lo explica así: Cuando aparezca la tentación “te encontrarás ante ella como un niño que no sabe a dónde volver la cabeza. Todo tu saber se convertirá en confusión, como el de un niño pequeño. Y tu espíritu, que parecía tan sólidamente enraizado en Dios, tu conocimiento tan claro, tu pensamiento tan equilibrado, se sumergirán en un océano de dudas”.

¿He experimentado esa traición a Jesús? ¿He rechazado sus planes últimamente, eligiendo algo más cómodo, más razonable, más tranquilo? ¿Cómo me doy cuenta de mi error, de mi traición? ¿En qué ámbitos de mi vida me cuesta más asumir que en el camino oscuro me guía el Señor, y me empeño en que las cosas sean a mi manera? ¿Deseo cambiar o ya me he acostumbrado?

La cuestión fundamental es que, en esa situación, el hombre se ve inserto en la dinámica pascual, muerte y resurrección, que tiene que aceptar en su vida y reconocer como fundamental para su salvación. Pero aún “no ha bajado suficientemente”, y tiene que hacerlo aún más para recibir la vida: ¿Cómo sale Pedro de ahí? ¿Cómo salir nosotros? Este mismo autor termina este texto diciendo: “Una sola cosa te ayudará entonces a vencer las dudas: la humildad. En cuanto te dejes sumergir en ella, todo el poder de las tentaciones se desvanece”. Esto significa que no tenemos que salir huyendo ante la humillación, sino que tenemos que, por decirlo de alguna forma, abrazarla, quererla. Solamente así el corazón de piedra se destruye y se convierte en el corazón de carne que había, pero que estaba tapado por defensas y seguridades propias. Si ante la tentación nos humillamos, si aceptamos bajar todavía más, entonces el Señor nos protege. El orgullo nos hace creer que podemos vencer esa tentación, puntual o constante, con nuestras propias fuerzas, por nosotros mismos, tomando decisiones tranquilas, pausadas, equilibradas… como en un ejercicio de voluntarismo y de razón. Si la tentación conduce al pecado no es, por lo general, por una falta de generosidad, sino que muchas veces es por una carencia de humildad. Pero en quien actúa con humildad, la confianza inquebrantable en la misericordia de Dios se convierte en la fuerza capaz de levantarnos en nuestras caídas.

Así que Pedro tiene que recorrer, entonces, un doble camino: dejarse perdonar por el Señor, y aceptar perdonarse a sí mismo. Ese camino supone aceptar que Él no va a realizar su misión por su propia capacidad; su propia capacidad ya se ha venido abajo, ha quedado reducida a ruinas. Va a ser el Señor el que le fortalezca y sostenga en su debilidad, el que construya esa fuerza necesaria para creer y responder como debe. En definitiva, Pedro va a experimentar que su misión sólo puede realizarse desde la humildad si quiere transparentar la gloria de Dios.

¿Afronto con humildad mis caídas y negaciones, o desde la vanidad que nos produce rabia, un enfado grande por no haber sido capaces, valientes? ¿Me dura el cabreo o la decepción como para que afecte a los demás, o acepto que a mi debilidad sale Jesús al encuentro para levantarme, como en mi propia resurrección? ¿Busco quien me apoye para mantenerme en mi postura, o busco quien me levante en mi debilidad, en mi aparente fortaleza? ¿Qué me cuesta más, dejarme perdonar por el Señor, o perdonarme a mí mismo mi nueva caída? ¿Acepto humildemente nuevos medios a mis negaciones, o me conformo con hacer siempre lo mismo? ¿Vivo en mi vida la relación del perdón con la misión, o planteo mi misión en la Iglesia y el mundo al margen de la Pascua, del perdón de Cristo?

San Basilio de Cesarea, en una homilía comentando el pasaje de las negaciones de Pedro, dice: “El Señor lo abandonó entonces a su debilidad de hombre y llegó a renegar de él, pero su caída lo volvió sabio y lo hizo ponerse en guardia. Aprendió a tratar con indulgencia a los débiles al haber conocido él mismo su propia debilidad y desde ese mismo momento supo con toda claridad y certeza que gracias a la fuerza de Cristo, había sido preservado cuando estaba en peligro de muerte por su falta de fe. La humildad es la que libera a quien ha pecado muchas veces y gravemente”. Pero, ¿en qué consiste esta humildad? ¿Cómo se alcanza? La humildad es la virtud que nos ofrece una visión real de la vida y de nuestras cosas. “Andar en la verdad”, dice santa Teresa de Jesús. Cuando la soberbia, el pecado, aparecen en el corazón humano, desvirtúan la realidad, la cambian, la adaptan a los intereses del tentador, por muy sensato que parezca lo que estamos pensando, porque ya no lo pensamos para descubrir la verdad, sino para encontrar nuestra propia verdad, para reafirmarnos en lo que queremos. Sin embargo, la humildad nos permite reconocer lo que es de Dios y lo que es nuestro, nos permite aceptar que sólo Dios es santo, y nosotros unos pobres pecadores, sus siervos. Santa Teresa de Jesús dice en el Libro de la Vida: “Fatígame, Señor, aun decir esto, porque sé que fue mía toda la culpa; porque no me parece os quedó a Vos nada por hacer para que desde esta edad no fuera toda vuestra”. Cuando la misma santa Teresa cuenta el relato de su conversión definitiva a Dios, lo primero que ella reconoce es la impresión causada por el amor del Redentor, que ha probado el sufrimiento y la cruz por nosotros. Sólo a la luz de este amor nace el verdadero dolor por los pecados, el arrepentimiento por la ingratitud personal, por haber fallado a Dios, por elegirle a medias, poniéndole condiciones. Sólo a la luz de ese amor, y arrepentidos, puede nacer en nosotros el deseo de entregarle a Dios lo que nos hace caer, confiarnos en sus manos, y no en lo que nos guardamos cada uno de nosotros.

El amor del Señor no nos hace olvidar nuestras faltas, poner nuestra confianza en el amor del crucificado no significa sacar de nuestra conciencia nuestro pecado: nos sirve para ver nuestra fragilidad, la facilidad con la que hacemos la vida a nuestra manera a pesar de ser iluminados por un amor más fuerte y que nos quiere sostener. Es lógico el miedo a recaer, pero el amor de Dios pide que nos lancemos confiados en sus manos, que no nos fiemos de nuestras fuerzas. Por eso, acoger, aceptar el amor de Dios que se nos ha dado, nos permite ver el pecado como pecado condenado por el amor de Dios. Pedro aprende también así, desde el amor que Jesús le muestra a la orilla del lago (Jn 21), cómo cura el amor de Dios, de qué forma quiere actuar en él para que, desde la humildad, evite el escándalo. Así, Pedro aprende que el misterio de la muerte y resurrección de Cristo se realizan constantemente en su propia vida, invitándole a la humildad y a confiar.


¿Acepto este camino del Señor como el único válido para seguirle por la vida? ¿Qué me hace resistirme, me dificulta la fe? ¿Quién me ayuda a confiar, me habla de creer, de dejarme en los brazos del Señor, que nos cuida bien? ¿Reconozco cómo me construye esa forma de seguir al Señor para no empeñarme en lo mío, sino ablandar mi corazón a su cuidado?
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - domingo, noviembre 03, 2019

1 de octubre de 2019

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Los apóstoles, testigos y enviados de Cristo

NOTAS PARA EL RETIRO
Octubre 2019


Tentaciones con respecto a la Iglesia


Cierra san Juan su evangelio advirtiendo de la inmensa cantidad de experiencias que los apóstoles vivieron junto al Señor durante su vida terrena. Podríamos pensar que nuestro día a día en la Iglesia, como creyentes siguiendo al Señor, es el eco de aquel big bang que supuso la experiencia de los doce con el Maestro. Aquel universo en expansión nos incluye y alcanza, y la relación recién creada de los hombres con el Salvador se prolonga en la historia gracias al sí misterioso de aquellos hombres que aceptaron una llamada culminante: el hombre, creado por Dios, puede compartir su vida con Dios, y comunicar, por sus palabras y obras, el contenido de esa vida. La relación creada con los discípulos nos alcanza a nosotros, no es casual. Contiene la voluntad de Dios sobre nosotros, que nos es comunicada a su tiempo. Tanto es así, que la relación creada mantiene una estructura eclesial: no es una relación aislada en el mundo o la historia, sin relación con nada ni nadie. Es, en realidad, una llamada a ser en la Iglesia, a vivir en la relación con la Iglesia, desde los primeros llamados, hasta los recién bautizados de nuestras parroquias.

Aprender el tiempo desde la perspectiva de Dios, valorarnos en aquella relación, en aquella llamada, nos permitirá afrontar nuestro ser en la Iglesia en su sentido amplio: no consiste en un grupo, en un cura, en una ideología, en una actividad. Todo eso es pasajero y así debemos vivirlo. Comencemos por leer la llamada de los Doce, en la que Cristo inaugura un grupo especial, fundamento de nuestra fe (Mc 3,13 s.). En ese silencio de los discípulos se encierra el misterio: estamos necesitados de aprender a responder, porque no sabemos. Una respuesta que no se refiere a hoy, sino a cada hoy, a siempre. Igual que la llamada no es para hoy. Es de siempre.

¿Cuál es mi experiencia cuando leo el texto? ¿Soy capaz de contemplarlo en el silencio, desde lo que no alcanzo a ver? ¿Qué forma de asumir la llamada tienen los discípulos en el monte? Ellos no ven lo que hay por delante: ¿valoro su fe, su decisión? ¿Entiendo mi llamada en la Iglesia y solo en ella, o pretendo verme al margen, diferente?

La soledad con la que Cristo ora en el monte, durante la noche, antes de llamar a los discípulos, manifiesta todo lo anterior, la llamada amorosa deseada desde antes del tiempo: es la presencia de Dios entre los hombres, su palabra misteriosa, la que de verdad reúne y da identidad a los discípulos, a la vez que les invita a entrar en un camino de confianza en Dios que les ayuda a aceptar sus ritmos y formas.
El testimonio será dado por discípulos, pero siempre en coherencia con la forma original, con Cristo. Esto ayuda a que, en muchas ocasiones, podamos decir que hay cosas que “son de Dios” y “otras que no”: es la convivencia la que revela lo que es propio de Dios y lo que no lo es. Aquí se dará una continuidad. Eso sí, cada receptor de ese testimonio ofrecerá el suyo a su manera, en su contexto, con sus formas. Aquí se dará una discontinuidad. Cristo respeta la personalidad y la libertad de los que llama, convirtiéndolas en cauces que muestran con belleza un conjunto armónico y misterioso, universal a la vez que concreto, los fundamentos de la Iglesia.

¿Acepto las particularidades de la Iglesia de hoy, de sus miembros, tal y como acepto las de los primeros discípulos? ¿Reconozco y agradezco la catolicidad de la Iglesia, de sus testimonios y miembros, que me hace a mí partícipe de la buena noticia del evangelio? ¿Qué dificultades encuentro a la hora de salir de mi propia experiencia y conocer la amplitud de la Iglesia unida por la llamada del Señor? ¿Vivo y acepto esa libertad en los miembros de la Iglesia, o la vivo para mí y me cuesta para los demás?

La llamada a los apóstoles es una llamada al testimonio. La fe de los discípulos no se separa en ningún momento del testimonio que puedan dar. Acompañar a Jesús es aprender la tarea evangelizadora, no es ir de brazos cruzados. El discípulo se acerca a Jesús, habla con Él, lo admira, lo quiere cada vez más, “lucha” con Él, pero sabe que esa relación personal conlleva una llamada a ofrecer esa relación personal a todos: Jesús no busca un grupo para no estar solo, busca un grupo con el que ser conocido, para que conocido Él, sean conocidos el Padre y su salvación. En los pequeños gestos cotidianos y en las grandes decisiones, los discípulos han de ofrecer a Jesús. No se le guarda para grandes momentos, pues Jesús no se ha mostrado en grandes momentos solamente, sino en la vida cotidiana.

Por eso, la misión requiere una profunda interiorización del don del Espíritu, que alcanza lo más profundo de cada apóstol, y cuanto más profundo alcanza, más fuerte es el vínculo y más fácil es que aparezca en cada palabra o acción. Una tradición oral y una tradición escrita, como la Iglesia reconoce, son la prueba de que han recibido el Espíritu Santo en lo más profundo de su ser, y se han visto afectados en todo lo vivido.

¿De qué forma van asumiendo los discípulos con el Señor su misión? ¿Experimentan éxitos y fracasos? ¿Cómo los afrontan? ¿Esa vida que evangeliza está asumida en mí? ¿Soy superficial en mis acciones creyentes, me salen solas o tengo que pensarlas? ¿Cuáles son las que me salen más fácilmente y a cuáles tengo que dar mil vueltas? ¿Me encomiendo al Espíritu Santo y trabajo mis puntos débiles, o soy dejado para crecer en la fe? ¿Mi grupo es para vivir el evangelio o para vencer mi soledad, mi aburrimiento?

El testimonio de los apóstoles es también manifestación de una fraternidad: creer en Cristo y seguir a Cristo supone entrar en una forma concreta de relacionarse. Hermanos en Cristo. Biorritmos, manías, particularidades, acentos, todo queda integrado en la convivencia con el Señor, pasando a un segundo plano, por detrás de la voluntad del Señor y de su misión. Los apóstoles tienen que aprenderlo y tienen que enseñarlo. La sabiduría de nuestro tiempo opta por el individualismo, parte del principio de que los otros molestan para vivir la fe, ya sea en misa ya sea en mi trabajo. Esta sabiduría no es cristiana: Cristo ha creado un grupo de Doce no para tener más gente, sino para que experimenten y reflejen la comunión en la Iglesia celeste. El cielo no es estar solo, no es estar con quien uno elige, no es que no estén quienes no me parece: el cielo es la comunión con Cristo y los hermanos. La Iglesia es, en su origen, comunidad fraterna y peregrina. Nadie va solo, nadie cree solo, nadie se salva solo. Y aún más: nadie se salva apartando a otros, separando a los que no me van.

En los otros, y en la relación con los otros, se nos ofrece la vivencia del misterio pascual, donde uno puede reconocer a Cristo en el ejercicio de negarse a uno mismo, o reconocerlo en el servicio al prójimo, o donde uno puede alcanzar los orígenes de la fe en Cristo en el ejercicio de confiarse a la comunidad y crecer en relación con los otros. De forma misteriosa, cuando uno realiza estos ejercicios, se descubre en medio de una continuidad temporal: sí, aquella era mi Iglesia, yo formo parte de aquellos con los que Jesús comenzó su preciosa tarea. Esta certeza es necesaria ante las dificultades y pruebas de la vida, ante los escándalos que en el seno de la Iglesia nos tientan, ante las debilidades que tantas veces nos cuestan y nos hacen más difícil seguir.


¿De qué forma van asumiendo los discípulos con el Señor su misión? ¿Experimentan éxitos y fracasos? ¿Cómo los afrontan? ¿Esa vida que evangeliza está asumida en mí? ¿Soy superficial en mis acciones creyentes, me salen solas o tengo que pensarlas? ¿Cuáles son las que me salen más fácilmente y a cuáles tengo que dar mil vueltas? ¿Me encomiendo al Espíritu Santo y trabajo mis puntos débiles, o soy dejado para crecer en la fe? ¿Mi grupo es para vivir el evangelio o para vencer mi soledad, mi aburrimiento?
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - martes, octubre 01, 2019

3 de septiembre de 2019

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Notas para Retiros Espirituales sobre la Iglesia. Curso 2018/2019

NOTAS PARA EL RETIRO. 

Curso 2018 - 2019

Estas son las notas para los retiros. Notas que hemos ido publicando a lo largo del curso pasado.

Son para poder ser usadas por cualquier persona o grupo en sus retiros.

Pulsa en las imágenes para ir al retiro



http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/01/notas-para-el-retiro-2018-espiritu.html
http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/01/la-iglesia-como-sacramento.html
 http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/01/la-llamada-universal-la-santidad.html
http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/01/sentido-de-iglesia.html
http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/03/la-mision-de-la-iglesia.html
http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/03/estar-en-el-mundo-sin-ser-del-mundo.html
http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/04/notas-para-el-retiro-abril-2019.html
http://accioncatolicageneral.blogspot.com/2019/05/la-iglesia-madre-y-maestra.html
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - martes, septiembre 03, 2019

22 de mayo de 2019

Rosario Meditado. Misterios Luminosos. La institución de la Eucaristía



Misterios Luminosos
La institución de la Eucaristía
Haced esto en memoria mía (Lc 22,19)

Reflexión 

Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
(Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 21)

«Sacramento del amor». Sí, en la Eucaristía Cristo ha querido darnos su amor, que le impulsó a ofrecer en la cruz la vida por nosotros. En la última Cena, lavando los pies a sus discípulos, Jesús nos dejó el mandamiento del amor: «Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros». Pero dado que esto es posible sólo permaneciendo unidos a Él, como sarmientos a la vid, eligió quedarse Él mismo entre nosotros en la Eucaristía para que nosotros podamos permanecer en Él. Cuando, por lo tanto, nos alimentamos con fe de su Cuerpo y de su Sangre, su amor pasa a nosotros y nos hace capaces a nuestra vez de dar la vida por los hermanos. De aquí brota la alegría cristiana, la alegría del amor.
(Benedicto XVI. Ángelus,18 de marzo de 2007)

 Ante todo, hemos de amar la Santa Misa que debe ser el centro de nuestro día. Si vivimos bien la Misa, ¿cómo no continuar luego el resto de la jornada con el pensamiento en el Señor, con la comezón de no apartarnos de su presencia, para trabajar como El trabajaba y amar como El amaba? Aprendemos entonces a agradecer al Señor esa otra delicadeza suya: que no haya querido limitar su presencia al momento del Sacrificio del Altar, sino que haya decidido permanecer en la Hostia Santa que se reserva en el Tabernáculo, en el Sagrario.
Os diré que para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar junto al Señor Sacramentado.
(San Josemaría Escrivá)

Reflexiones recogidas en la web: boletinrosario.blogspot.com

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - miércoles, mayo 22, 2019

Rosario Meditado. Misterios Luminosos. La transfiguración de Jesús



Misterios Luminosos
La transfiguración de Jesús
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz (Mt 17,2)

Reflexión 

Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. (Mt 17, 1-2)
Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo escuchen y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo.
(Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 21)

El amor de Cristo crucificado (...) Este amor es lo que blanquea nuestros vestidos sucios, lo que hace veraz e ilumina nuestra alma obscurecida; lo que, a pesar de todas nuestras tinieblas, nos transforma a nosotros mismos en "luz en el Señor".
(Benedicto XVI Santa Misa Crismal, Jueves Santo, 5 de abril de 2007)

El reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los que la hacen son los que lo arrebatan. Esa fuerza no se manifiesta en violencia contra los demás: es fortaleza para combatir las propias debilidades y miserias, valentía para no enmascarar las infidelidades personales, audacia para confesar la fe también cuando el ambiente es contrario. ¿Avanzo en mi fidelidad a Cristo?, ¿en deseos de santidad?, ¿en generosidad apostólica en mi vida diaria, en mi trabajo ordinario entre mis compañeros de profesión? Cada uno, sin ruido de palabras, que conteste a esas preguntas, y verá cómo es necesaria una nueva transformación, para que Cristo viva en nosotros, para que su imagen se refleje limpiamente en nuestra conducta.
(San Josemaría Escrivá)

Reflexiones recogidas en la web: boletinrosario.blogspot.com

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - miércoles, mayo 22, 2019

18 de mayo de 2019

Rosario Meditado. Misterios Gloriosos. La coronación de María como Reina de todo lo creado



Misterios Gloriosos
La coronación de María como Reina de todo lo creado
Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap 12,2)

Reflexión 

Finalmente, en la visión de María ensalzada por todas las criaturas, celebramos el misterio escatológico de una humanidad rehecha en Cristo en unidad perfecta, sin divisiones ya ni otra rivalidad que no sea la de aventajarse en amor uno a otro. Porque Dios es Amor.
(Juan Pablo II, Angelus del 6 de noviembre de 1983).

 Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre, a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo. María, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón, cuida de nosotros como sólo Ella sabe hacerlo.
Santa María, Reina de todos los que suspiran por dar a conocer el amor de tu Hijo: tú que tanto entiendes de nuestras miserias, pide perdón por nuestra vida; por lo que en nosotros podría haber sido fuego y ha sido cenizas; por la luz que dejó de iluminar; por la sal que se volvió insípida. Madre de Dios, omnipotencia suplicante: tráenos, con el perdón, la fuerza para vivir verdaderamente de esperanza y de amor, para poder llevar a los demás la fe de Cristo.
(San Josemaría Escrivá)

María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios. Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" -así lo dijo el Señor-, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.
(Benedicto XVI. Homilía de la Solemnidad de la Asunción 15 de agosto de 2005)

Reflexiones recogidas en la web: boletinrosario.blogspot.com

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - sábado, mayo 18, 2019

Rosario Meditado. Misterios Gozosos. Jesús perdido y encontrado en el templo



Misterios Gozosos
Jesús perdido y encontrado en el templo
¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo tenía que estar en las cosas de mi Padre? (Lc 2, 49)

Reflexión 

Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien enseña. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, no comprendieron sus palabras.
(San Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 20)

 La fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos, su gracia obra en nosotros, nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la oscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre.
María, Madre nuestra, Auxilio de los cristianos, Refugio de los pecadores: intercede ante tu Hijo, para que nos envíe al Espíritu Santo, que despierte en nuestros corazones la decisión de caminar con paso firme y seguro.
(San Josemaria Escrivá)

Pidamos al Señor que nos ayude a comprender cada vez más profundamente este misterio maravilloso, a amarlo cada vez más y, en él, a amarlo cada vez más a Él mismo. Pidámosle que nos atraiga cada vez más hacia sí mismo con la sagrada Comunión. Pidámosle que nos ayude a no tener nuestra vida sólo para nosotros mismos, sino a entregársela a él y así actuar junto con él, a fin de que los hombres encuentren la vida, la vida verdadera, que sólo puede venir de quien es el camino, la verdad y la vida.
(Benedicto XVI. Homilía del Jueves Santo, 5 de abril de 2007)

Reflexiones recogidas en la web: boletinrosario.blogspot.com

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - sábado, mayo 18, 2019

17 de mayo de 2019

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La Iglesia, madre y maestra

NOTAS PARA EL RETIRO
Mayo 2019





La Iglesia, madre y maestra


“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,25-27). La maternidad de María, no sólo sobre Jesús, sino sobre toda la Iglesia, ha sido reconocida por la misma invocando pasajes como el de la traditio en la crucifixión. Si Judas es modelo de una mala entrega del Señor, María es modelo de la entrega buena. Desde aquella hora, la entrega de Jesús a la Iglesia en María, se convierte en el principio de que aquella misma asuma la maternidad y la enseñanza propias de la mujer.

Sin duda que la contemplación de este pasaje atraviesa la pura temporalidad: en la entrega a la Iglesia de María como madre ya se anuncia la entrega de la Iglesia como madre a cada uno de nosotros. Su maternidad está en germen en esa entrega que manifiesta además cómo aprende el cristiano a seguir a su Señor: por medio de la cruz. En ningún otro sitio la enseñanza es tan honda y la maternidad tan viva como al pie de la cruz. Por eso, cuando el cristiano quiere entender su relación con la Iglesia, no puede hacerlo sin estas dos cualidades y sin esta condición: Así, nosotros podemos preguntarnos: 

¿Me dejo enseñar junto a la cruz? ¿Acepto como enseñanza el misterio de la cruz del Señor? ¿Entiendo las enseñanzas de la Iglesia como una forma de vincularme con Cristo y con su madre, o dudo? ¿Recuerdo en las dificultades que el Señor “aprendió, siendo Hijo, a obedecer”?

Ya en el siglo II, encontramos un testimonio en Eusebio que se refiere a la Iglesia como “nuestra madre virginal”. Infinidad de testimonios se refieren así a María. En la liturgia hispánica encontramos un texto precioso que establece ese mismo paralelismo y que nos sirve para el retiro de hoy; en el prefacio de la misa de Navidad dice así: “María engendró la salvación de los pueblos, la Iglesia a los pueblos. Aquella llevó en su vientre a la vida, ésta el bautismo. En los miembros de aquella Cristo tomo carne, en las aguas de ésta nos revestimos de Cristo. Por aquella el que ya existía nació, por ésta el que se había perdido ha sido encontrado. En aquella el redentor de los pueblos recibió la vida, en ésta los pueblos reciben la vida. Por aquella vino el que iba a quitar los pecados, por ésta ha quitado los pecados por los que vino. Por aquella nos lloró, por ésta nos ha curado. En aquella se hizo niño, en ésta gigante. Allí hubo llanto, aquí triunfo. Por aquella se manifestó como criatura, por ésta ha subyugado a los reinos. A aquella le encantó la alegría del niño, a ésta la enamora la fidelidad del esposo”.

En ese juego de poner en paralelo a la Virgen María y a la Iglesia, encontramos suficientes comparaciones como para este retiro: la capacidad de engendrar por la acción de Dios en una y otra, por el vientre y la fuente bautismal, para la salvación. La maternidad de la Iglesia, por tanto, queda iluminada por la de María: ella ha engendrado al Salvador, la Iglesia nos lo da hoy y, por tanto, nos hace partícipes de su salvación. Esta salvación se realiza, además, por la encarnación del Hijo. La dinámica de la encarnación nos muestra la forma en la que nosotros, hoy, acogemos lo que Él hizo: Él se hizo pequeño, y se manifiesta su grandeza.

¿Cómo vivo mi ser en la Iglesia? ¿Contemplo la experiencia de Jesús y María para elegir su forma de servir, siempre como camino de abajamiento y humildad? ¿Vivo mis responsabilidades en la Iglesia con más motivo como causa de “hacerme pequeño”? ¿Me fío del cuidado que la Iglesia ejerce conmigo, como madre providente?

El cuidado de María es maternal porque ella da al Hijo de Dios todo lo necesario para nacer, para hacerse hombre, para propiciar una madurez humana; el cuidado de la Iglesia es maternal porque ella proporciona, no solamente la vida divina, sino también el don del Espíritu para crecer siempre por ese camino de santificación. Así, el prefacio, al recordar cómo Dios Padre ha adornado a María para ser Madre de Dios con todo tipo de virtudes, también advierte de estos dones de santificación que el mismo Cristo, el Esposo, ha dejado en la Iglesia, para que ella pueda ser considerada madre también por darlos a sus hijos, los cristianos: “El esposo, es decir Cristo, ha dado a su esposa, la Iglesia, el don las aguas vivas, para que se lavase en ellas una sola vez para agradarle. Le ha dado el óleo de júbilo, como oloroso ungüento de crisma con que ungirse. La ha llamado a sentarse a su mesa, la ha alimentado con flor de harina, la ha saciado con el vino agradable. La ha vestido con el manto de justicia, y con ropajes dorados por las diversas virtudes. Ha entregado su vida por ella, y el que ha de reinar vencedor le ha otorgado como dote los despojos de la muerte que asumió y a la que venció. Él mismo se ha dado a ella como alimento, bebida y vestido; le ha prometido que se le dará como reino eterno y le ha ofrecido como recompensa sentarla a su derecha como reina”. 

Todo esto es un misterio a contemplar: a veces buscamos ir demasiado rápido a nuestra vida, sin pararnos primeros en el marco con el que Dios la ha preparado, y ese marco es un marco familiar, donde experimentar el calor de la maternidad y del magisterio, de ser cuidados con la palabra y el gesto en la liturgia, con la palabra y el criterio de la Tradición eclesial. En la Iglesia Cristo ha dejado todo lo necesario para que podamos vivir la vida en ella como camino de santidad. Ciertamente, no todo en ella es santidad, sino que la santidad se va haciendo en ella, de una forma misteriosa, pues en ella vemos cada día la debilidad de los hijos engendrados a la fe. Para poder valorar bien estas debilidades que nos vienen a la mente, que nos hieren el corazón, que nos ponen en duda lo mejor de nuestra casa, tenemos que tener presente el ámbito tan rico de amor y de dones que Cristo ha previsto: 
¿Agradezco el cuidado de los sacramentos, el don del Espíritu como fruto pascual de la entrega amorosa de Cristo por mí? ¿Valoro cuándo la Iglesia administra con cuidado y rectitud, como hace una buena madre, los dones –sacramentales- que se le han entregado, o busco sólo mi propio beneficio? ¿Me dejo cuidar, me dejo formar, cuando el Señor busca tocar mi corazón por la fe de la Iglesia?

Ver cómo Cristo ha adornado a la Iglesia, como la ha preparado para mí, no debe dejar lugar a dudas, cuando las cosas se me hacen más difíciles, en medio de tremendas dudas o paradojas. A veces, cuanto más necesitamos el bien, más razones nos aparecen para dudar, cuanto más nos estamos esforzando por el crecimiento del Reino de Dios, en nuestro grupo, en nuestra parroquia... menos frutos captamos.

Entonces, en medio de la contradicción, la Iglesia tiene que aparecer desde su fundamento para serenarnos y vencer nuestras resistencias. Así, el Señor “ha concedido a la Iglesia cuanto había concedido a su Madre: ser fecunda, sin ser violada; dar a luz, permaneciendo intacta, a él una vez, a los demás siempre; recostarse como esposa en el tálamo de la belleza y multiplicar los hijos en el seno amoroso; ser prolífica por sus hijos sin haberse manchado por la concupiscencia”. Ciertamente, Dios provee, cuidad de nosotros, sus hijos, y lo hace por medio de nuestra madre, que es la Iglesia, madre con debilidades, pero con todo lo necesario para que podamos crecer en ella con confianza y alegría.

Dios concede a la Iglesia, en todas las circunstancias, lo que esta necesita. Y tenemos una garantía de que hace así: lo ha hecho en María. Todo lo que Dios ha dado a María era un anuncio de lo que iba a conceder a la Iglesia, de lo que iba a poner a nuestra disposición. Incluso cuando me cuesta verlo, cuando la debilidad del pecado oscurece el poder de Dios, la belleza en los dones con los que Dios ha revestido a María, está también adornando a la Madre Iglesia. Así, el mismo adorno hace de ella no sólo madre, sino también maestra, que nos enseña hasta dónde llega, y cómo, el poder de Dios. Por eso la Iglesia acoge siempre, porque en la debilidad encuentra el adorno bello de la acción divina, y recuerda las palabras del Señor: “Conmigo lo hicisteis”. El amor a la Iglesia, entonces, refleja el amor con el que Dios la ha preparado, y ayuda al creyente a dar un paso adelante en su relación con Dios, descubriendo la necesidad del agradecimiento para poder vivir en la Iglesia, para poder sentir con la Iglesia, para poder entregarse a la manera de la Iglesia... y de María.


¿Qué he recibido de la Iglesia? ¿Quién se ha entregado a mí, ha dispuesto para mí lo mejor que ha sabido, que ha podido, tantas veces? ¿Dónde he ido a encontrar, de la forma más insospechada, el consuelo y el alimento necesario en ella? ¿En qué situaciones me cuesta más creer, más hacerme fuerte en ella, y cómo venzo mis reticencias? ¿Pido el don de la fe y el de la caridad para aceptar sus debilidades, pero a la vez buscar cómo mejorarla, agradecido por todo lo que me da?
Publicado por: Acción Católica General de Madrid - viernes, mayo 17, 2019

15 de mayo de 2019

Rosario Meditado. Misterios Dolorosos. Jesús muere en la cruz



Misterios Dolorosos
Jesús muere en la cruz
Dijo:"Está cumplido". E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (Jn 19, 30)

Reflexión 

Siervo del Padre, Primogénito entre muchos hermanos, Cabeza de la humanidad, transforma el padecimiento humano en oblación agradable a Dios, en sacrificio que redime. El es el Cordero que quita el pecado del mundo, el Testigo fiel, que capitula en sí y hace meritorio todo martirio. (San Juan Pablo II: Angelus del 30 de octubre, 1983).

 La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana.
Ante las pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque —después del pecado original— forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.
La escena del Calvario proclama a todos, que las aflicciones han de ser santificadas si vivimos unidos a la Cruz.
(San Josemaría Escrivá)

En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán.
(Benedicto XVI Mensaje para la Cuaresma 2007)


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Publicado por: Acción Católica General de Madrid - miércoles, mayo 15, 2019

Rosario Meditado. Misterios Luminosos. El anuncio del Reino, invitando a la conversión



Misterios Luminosos
El anuncio del Reino, invitando a la conversión
Jesús les dijo:"venid en pos de mi y os haré pescadores de hombres". Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.  (Mc 1, 17-18)

Reflexión 

Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión, perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe, iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 21).

Si te decides —sin rarezas, sin abandonar el mundo, en medio de tus ocupaciones habituales— a entrar por estos caminos de contemplación, enseguida te sentirás amigo del Maestro, con el divino encargo de abrir los senderos divinos de la tierra a la humanidad entera. Sí, con esa labor tuya contribuirás a que se extienda el reinado de Cristo en todos los continentes. Y se sucederán, una tras otra, las horas de trabajo ofrecidas por las lejanas naciones que nacen a la fe, por los pueblos de oriente impedidos bárbaramente de profesar con libertad sus creencias, por los países de antigua tradición cristiana donde parece que se ha oscurecido la luz del Evangelio y las almas se debaten en las sombras de la ignorancia... Entonces, ¡qué valor adquiere esa hora de trabajo!, ese continuar con el mismo empeño un rato más, unos minutos más, hasta rematar la tarea. Conviertes, de un modo práctico y sencillo, la contemplación en apostolado, como una necesidad imperiosa del corazón, que late al unísono con el dulcísimo y misericordioso Corazón de Jesús, Señor Nuestro.
(San Josemaría Escrivá)

¿Qué es en realidad convertirse? Convertirse quiere decir buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, Jesucristo; convertirse no es un esfuerzo para realizarse uno mismo, porque el ser humano no es el arquitecto del propio destino. Nosotros no nos hemos hecho a nosotros mismos. Por ello, la autorrealización es una contradicción y es demasiado poco para nosotros. Tenemos un destino más alto. Podríamos decir que la conversión consiste precisamente en no considerarse en «creadores» de sí mismos, descubriendo de este modo la verdad, porque no somos autores de nosotros mismos. (...) Conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadero Creador, que dependemos del amor.
(Audiencia del miércoles, 21 de febrero de 2007)


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Publicado por: Acción Católica General de Madrid - miércoles, mayo 15, 2019

Rosario Meditado. Misterios Gloriodos. La asunción de María al cielo



Misterios Gloriosos
La asunción de María al cielo
La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo. (Pío XII, Constitución Munificentisimus Deus, 1 de noviembre de 1950)

Reflexión 

En la gloria de la Virgen elevada al cielo, contemplamos entre otras cosas la sublimación real de los vínculos de la sangre y los afectos familiares, pues Cristo glorificó a María no sólo por ser inmaculada y arca de la presencia divina, sino también por honrar a su Madre como Hijo. No se rompen en el cielo los vínculos santos de la tierra; por el contrario, en los cuidados de la Virgen Madre elevada para ser abogada y protectora nuestra y tipo de la Iglesia victoriosa, descubrimos también el modelo inspirador del amor solícito de nuestros queridos difuntos hacia nosotros, amor que la muerte no destruye, sino que acrecienta a la luz de Dios.
(Juan Pablo II, Angelus del 6 de noviembre de 1983).


María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos. Hay alegría entre los ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece querer saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima. La fiesta de la Asunción de Nuestra Señora nos propone la realidad de una esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos. Y ante nuestra petición no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud maternal.
(San Josemaría Escrivá)


Al contemplar a María en la gloria celestial, comprendemos también que la tierra no es nuestra patria definitiva y que, si vivimos constantemente orientados hacia los bienes eternos, un día compartiremos su misma gloria. Por este motivo, a pesar de las miles dificultades cotidianas, no tenemos que perder la serenidad ni la paz. El signo luminoso de la Asunción al cielo resplandece todavía más cuando parece que en el horizonte se agolpan sombras tristes de dolor y de violencia. Estamos seguros: desde lo alto, María sigue nuestros pasos con dulce trepidación, nos da serenidad en la hora de la oscuridad y de la tempestad, nos da seguridad con su mano maternal. Apoyados en esta convicción, continuamos con confianza nuestro camino de compromiso cristiano allá donde nos lleva la Providencia.
(Benedicto XVI Audiencia del miércoles, 16 de agosto de 2006)


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Publicado por: Acción Católica General de Madrid - miércoles, mayo 15, 2019

14 de mayo de 2019

Rosario Meditado. Misterios Dolorosos. Jesús cargado con la cruz



Misterios Dolorosos
Jesús cargado con la cruz
Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz salió al sitio llamado " de la Calavera" ( que en hebreo se dice Gólgota). (Jn 19, 16 - 17)

Reflexión 

En el camino doloroso y en el Gólgota está la Madre, la primera Mártir. Y nosotros, con el corazón de la Madre, a la cual desde la cruz entregó en testamento a cada uno de los discípulos y a cada uno de los hombres, contemplamos conmovidos los padecimientos de Cristo, aprendiendo de El la obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz; aprendiendo de Ella a acoger a cada hombre como hermano, para estar con Ella junto a las innumerables cruces en las que el Señor de la gloria todavía está injustamente enclavado, no en su Cuerpo glorioso, sino en los miembros dolientes de su Cuerpo místico.
(Juan Pablo II: Angelus del 30 de octubre, 1983).

Es necesario que te decidas voluntariamente a cargar con la cruz. Si no, dirás con la lengua que imitas a Cristo, pero tus hechos lo desmentirán; así no lograrás tratar con intimidad al Maestro, ni lo amarás de veras. Urge que los cristianos nos convenzamos bien de esta realidad: no marchamos cerca del Señor cuando no sabemos privarnos espontáneamente de tantas cosas que reclaman el capricho, la vanidad, el regalo, el interés... No debe pasar una jornada sin que la hayas condimentado con la gracia y la sal de la mortificación. Y desecha esa idea de que estás, entonces, reducido a ser un desgraciado. Pobre felicidad será la tuya, si no aprendes a vencerte a ti mismo, si te dejas aplastar y dominar por tus pasiones y veleidades, en vez de tomar tu cruz gallardamente.
(San Josemaría Escrivá)

Asumió nuestra pobre y frágil carne para compartir con nosotros el fatigoso camino de la vida terrena. Con todo, en compañía de Jesús este fatigoso camino se transforma en un camino de alegría. Caminemos juntamente con Jesús, caminemos con él.
(Benedicto XVI, Audiencia general del 3 de enero de 2007)


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Publicado por: Acción Católica General de Madrid - martes, mayo 14, 2019

13 de mayo de 2019

Rosario Meditado. Misterios Gozosos La presentación de Jesús en el templo.



Misterios Gozosos
La presentación de Jesús en el templo
Según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo a Señor (Lc 2, 22)

Reflexión 

(…) ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será «señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre. 
(Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, 2)


La primera persona que se asocia a Cristo en el camino de la obediencia, de la fe probada y del dolor compartido, es su madre, María. (...) su papel en la historia de la salvación no termina en el misterio de la Encarnación, sino que se completa con la amorosa y dolorosa participación en la muerte y resurrección de su Hijo. Al llevar a su Hijo a Jerusalén, la Virgen Madre lo ofrece a Dios como verdadero Cordero que quita el pecado del mundo; lo pone en manos de Simeón y Ana como anuncio de redención; lo presenta a todos como luz para avanzar por el camino seguro de la verdad y del amor.
(Benedicto XVI. Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor, 2006)
 Es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor. Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?
¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.
(San Josemaría Escrivá)



Reflexiones recogidas en la web: boletinrosario.blogspot.com

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, mayo 13, 2019

6 de mayo de 2019

Rosario Meditado. Misterios Gozosos.Nacimiento de Jesús en Belén.



Misterios Gozosos
Nacimiento de Jesús en Belén
Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada (Lc 2, 7)

Reflexión 

María, Madre por excelencia, nos ayuda a comprender las palabras claves del misterio del nacimiento de su Hijo divino: humildad, silencio, estupor, alegría.
Nos exhorta ante todo a la humildad para que Dios pueda encontrar espacio en nuestro corazón. Éste no puede quedar obscurecido por el orgullo y la soberbia. Nos indica el valor del silencio, que sabe escuchar el canto de los Ángeles y el llanto del Niño, y que no los sofoca en el estruendo y en el caos. Junto a ella, contemplaremos el pesebre con íntimo estupor, disfrutando de la sencilla y pura alegría que ese Niño trae a la humanidad.
(Juan Pablo II, Angelus, 21 de diciembre de 2003)

El Niño que yace en el pesebre posee el verdadero secreto de la vida. Por eso pide que lo acojamos, que le demos espacio en nosotros, en nuestro corazón, en nuestras casas, en nuestras ciudades y en nuestras sociedades.
(Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 3 de enero de 2007)

Es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor. Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. ¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?
¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.
(San Josemaría Escrivá)



Reflexiones recogidas en la web: boletinrosario.blogspot.com

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, mayo 06, 2019

Rosario Meditado. Misterios Gloriosos. La venida del Espíritu Santo




Misterios Gloriosos
La venida del Espíritu Santo
Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividian, posándose encima de cada uno de ellos (Hch 2, 3)

Reflexión

Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno de ellos (Hch 2, 2-3)
Al infundir el Espíritu Santo en Pentecostés, dio a los discípulos la fuerza de amar y difundir la verdad, pidió comunión en la construcción de un mundo digno del hombre redimido y concedió capacidad de santificar todas las cosas con la obediencia a la voluntad del Padre celestial. De este modo encendió de nuevo el gozo de donar en el ánimo de quien da, y la certeza de ser amado en el corazón del desgraciado.
(Juan Pablo II, Angelus del 6 de noviembre de 1983).

El Espíritu pentecostal imprime un empuje vigoroso, para asumir el compromiso de la misión de testimoniar el Evangelio por los caminos del mundo. Es como decir que el Espíritu Santo, es decir, el Espíritu del Padre y del Hijo, se convierte como en el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, del que no podemos ni siquiera precisar los términos. El Espíritu, de hecho, siempre despierto en nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas. Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender de este modo a rezar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo.
(Benedicto XVI, Audiencia del miércoles, 15 de noviembre de 2006)

La tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita, a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón. El Espíritu Santo realiza en el mundo las obras de Dios: es —como dice el himno litúrgico— dador de las gracias, luz de los corazones, huésped del alma, descanso en el trabajo, consuelo en el llanto. Sin su ayuda nada hay en el hombre que sea inocente y valioso, pues es El quien lava lo manchado, quien cura lo enfermo, quien enciende lo que está frío, quien endereza lo extraviado, quien conduce a los hombres hacia el puerto de la salvación y del gozo eterno.
(San Josemaría Escrivá)



Reflexiones recogidas en la web: boletinrosario.blogspot.com

Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, mayo 06, 2019

Rosario Meditado. Misterios Dolorosos. La flagelación



Misterios Dolorosos
La flagelación
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar (Jn 19, 1)

Reflexión

En los misterios dolorosos contemplamos en Cristo todos los dolores del hombre: en El, angustiado, traicionado, abandonado, capturado aprisionado; en El, injustamente procesado y sometido a la flagelación; en El, mal entendido y escarnecido en su misión; en El, condenado con complicidad del poder político; en El conducido públicamente al suplicio y expuesto a la muerte más infamante; en El, Varón de dolores profetizado por Isaías, queda resumido y santificado todo dolor humano.
(Juan Pablo II: Angelus del 30 de octubre, 1983).

Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: "Señor mío y Dios mío". Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.
(Benedicto XVI, Mensaje de Pascua, 8 de abril de 2007)

Jesús se entregó a Sí mismo, hecho holocausto por amor. Y tú, discípulo de Cristo; tú, hijo predilecto de Dios; tú, que has sido comprado a precio de Cruz: tú también debes estar dispuesto a negarte a ti mismo. Por lo tanto, sean cuales fueren las circunstancias concretas por las que atravesemos, ni tú ni yo podemos llevar una conducta egoísta, aburguesada, cómoda, disipada..., y —perdóname mi sinceridad— ¡necia! Si ambicionas la estima de los hombres, y ansías ser considerado o apreciado, y no buscas más que una vida placentera, te has desviado del camino... En la ciudad de los santos, sólo se permite la entrada, y descansar, y reinar con el Rey por los siglos eternos, a los que pasan por la vía áspera, angosta y estrecha de las tribulaciones
(San Josemaría Escrivá)



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Publicado por: Acción Católica General de Madrid - lunes, mayo 06, 2019